11º Festival de Las Palmas

Cuenta adelante como disculpa o preámbulo

Uno le tiene mucho cariño a este certamen aunque sólo es la segunda vez que viene. El año pasado la misma crisis que estuvo a punto de dejarnos sin festival fue la que hizo que yo si tuviera la oportunidad de acercarme a comprobar el porqué de las islas afortunadas. Mi condición de parado-freelance me permitió disfrutar de una semana de buen tiempo, buen cine y buen corazón. Hoy mi condición de contratado indefinido reduce todos esos matices a la mitad o al fin (de semana) de lo que antes era un medio más (o un fin menos) de olvidar la realidad adyacente. Mañana frente a mi ordenador tendré que decidir cosas menos complicadas que qué película ver en la próxima sesión.

Dos no pelean si uno no quiere. Eso a los esquizofrénicos nos viene fenomenal porque nos permite coordinar nuestra vida de cinéfilo cronista y la de responsable trabajador por cuenta ajena.  Eso también nos hace estar de acuerdo en lamentar que nuestra cobertura no sea tan completa como la del año pasado. Escribir sobre un festival es volver a vivirlo otra vez y eso nos jode la vida este año por vivirlo a la mitad. Devuélveme la vida que le dijo Bustamante a Bisbal o viceversa que es casi lo mismo. Que me la has quitado.

Tres días no son lo suficiente para tomarle el pulso a un festival de estas dimensiones. Sirven para tomar anotaciones y ponerlas en común. Mi amigo Alejandro Díaz y yo intentaremos contar lo que hemos compartido en este largo fin de semana de encuentros y reencuentros. Unos días en que los extremos se tocan dentro de unas salas más vacías de lo que nos gustaría. Por eso os dejo con las palabras de Alejandro y sus primeras cinco impresiones intensas e intensivas. El viernes o el sábado podrán leer las mías.

Manuel Ortega, aeropuerto de Las Palmas, 15 de marzo

Contact High. Michael Glawogger, 2009. SO

Si durante la primera mitad de la pasada década Austria acogió algunos de los discursos más personales, escépticos e implacables del cine mundial (Seidl, Mader o Hausner, con la figura de Michael Haneke como faro-guía), ahora el movimiento parece haberse desfigurado y, en mi particular orden teórico de las cosas, creo que su legado ha sido recogido parcialmente por el nuevo cine rumano (Puiu, Porumboiu, Paunescu…). Glawogger, quien había contribuido al auge del cine austriaco con películas como Workingman’s Death, certifica su cambio de aires (que ya comenzaba a vislumbrarse en Slumming) y rueda una road movie ligérsico-cómica repleta de guiños y parodias (cuyo referente más evidente es Fear and Loathing in Las Vegas), que pese a las incongruencias argumentales (que los propios personajes señalan en ciertos momentos en un naftalínico ejercicio metanarrativo), a ratos consigue encontrar la solidez que en ocasiones le restan los efectos visuales, de los cuales la película termina siendo esclava en su confuso tramo final (al que, eso sí, nadie podrá acusar de ser convencional). Si bien fue seleccionado por el Cannes Market en 2009 e incluye alusiones directas a algunos tótems del cine de autor (como la recreación de los fascinantes besos a través del cristal de Piero y Vittoria en L’eclisse, de Antonioni), un producto como Contact High terminaría situándose más cerca de cierta corriente de cine de género europeo de inspiración tarantiniana.

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At the End of the Daybreak (Sham Moh).  Ho Yuhang, 2009. SO

Producción malayo-surcoreana que ha sido etiquetada como un film noir moderno, mas parece alimentarse en su composición, al menos por igual, del melodrama televisivo, género poco afortunado en el que sin embargo, y como señaló en su día el ya añorado Eric Rohmer, a veces es posible encontrar detalles de lo más sugerente. Es el caso de At The End of Daybreak, cuento moral(ista) que gira entorno a la relación entre un joven de 23 años y una chica de 15 emplazados en entornos familiares opuestos. Él vive con su alcoholizada madre, a quien el marido abandonó para fugarse con su hermana pequeña, y ante el cual terminará arrastrándose para pedirle el dinero que evite que su hijo vaya a la cárcel. La joven, por su parte, desciende de un matrimonio tradicional, va a clase con uniforme, recibe lecciones de piano y toda su vida transcurre entre conservadores algodones. Rodada con templanza durante sus primeros dos tercios, la soap opera culmina con unos epatantes (y postizos) giros de guión en los que el cineasta pierde el pulso narrativo (incluso parece tratar, sin éxito, de emular al Kiarostami de El sabor de las cerezas). Donde el film respira más autenticidad es en su descripción de las relaciones juveniles, y resulta particularmente inspirado(r) como exploración de las máscaras del personaje femenino, cuyo cuerpo, y en particular su impenetrable rostro, es estudiado cuando está en familia, en el colegio, sustrayendo ropa, conversando banalmente con su novio, o escuchando música en la soledad de su cuarto.

Rua de mão dupla. Cao Guimarães, 2004. Retrospectiva

Vencedor en Las Palmas 2008 con su película Andarilho, el brasileño Guimarães es objeto de un ciclo que repasa su carrera, siempre fluctuante entre el cine y el videoarte. En Rua de Mão Dupla emplea una gramática muy precisa que, aunque pueda desconcertar en un primer momento, pronto acaba haciéndose familiar al espectador que decida darle una oportunidad. Dos desconocidos son invitados a intercambiar sus domicilios por un día y grabar en video digital lo que consideren más interesante del hogar ajeno. Luego, a partir de sus percepciones, intentan trazar un retrato físico y mental de la otra persona. El experimento socio-psicológico, que se repite por tres veces, consigue introducir al espectador en un subyugante juego de espejos que le incluye como parte indispensable del juego. En primer lugar podemos ver lo que grabaron los protagonistas, lo cual nos dice cosas sobre el habitante de la casa, aunque también sobre aquel que está tras la cámara (por la forma de manejarla y de seleccionar en qué fijar su atención). Después, los testimonios de cada cual, aunque se refieren a la otra persona, terminan ofreciendo pistas sobre ellos mismos. Por último, el uso de la pantalla partida hace que, como espectadores, tengamos que seleccionar adónde mirar, así como cuál de las viviendas (o de los videos obtenidos a partir de ellas) nos resulta más atrayente. In summa, un film que da pie a reflexiones de primer orden sobre la complejidad de la identidad humana y su fragilidad.

Perpetuum mobile. Nicolas Pereda, 2009. Sección Informativa – Panorama

Estamos ante una (otra) película que sigue los pasos de varios urbanitas entrecruzados. Pero no se asusten, pues el trabajo de Pereda resulta mucho más modesto y carece de la afectación dramática del cine de Iñárritu o Haggis, por poner dos ejemplos arquetípicos de cineastas que han convertido los Short Cuts de Carver y Altman en su reverso cínico. Perpetuum mobile gira alrededor de las vivencias cotidianas de un repartidor de muebles mexicano llamado Gabino, así como de su compañero de trabajo, su madre, su novia (o amiga especial), y también aquellas personas cuya vivienda es transitada por Gabino durante su jornada laboral. Ello da pie a pequeñas esbozos de historias con los que cualquiera que haya trabajado invadiendo espacios privados puede fácilmente identificarse, y que el cineasta nunca cae en la tentación de intentar cerrar o hacer demasiado explícitos. De hecho, el film incluye instantes provistos de una soterrada inquietud en los que apenas ocurre nada relevante desde el punto de vista del relato tradicional (como el intermitente paseo en coche con la muchacha, o ese hipnótico plano sostenido en el que los protagonistas juegan al baloncesto con un cubo, digno sucesor de la secuencia del ping-pong de 71 fragmente einer chronologie des zufalls, de Haneke). Hay algo que remite al cine de Ulrich Seidl, al primer Harmony Korine o al Javier Rebollo de La mujer sin piano: una sensación de intrascendencia, absurdez y vacío perfectamente acorde a los tiempos que vivimos.

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Rock Hudson’s Home Movies + John Garfield. M. Rappaport (1992 / 2003. Retrospectiva

La cuota de cine de apropiación del festival la cubre el estadounidense Mark Rappaport, autor de una serie de piezas levantadas a partir de films e intérpretes icónicos del siglo XX. La dedicada a Rock Hudson, concebida de manera circular, gira entorno a su condición de homosexual y a muchas de las claves que, en ese sentido, podían rastrearse en sus personajes, a menudo inmersos en producciones de corte conservador. La figura del presentador, al que da vida Eric Farr, se nos antoja como superflua y quizás hay demasiado texto para subrayar las rimas que encuentra Rappaport, pero no cabe duda de que su acercamiento, irreverente hasta el punto de poder resultar algo ofensivo o forzado, es una forma efectiva de atraer la atención sobre un cine que ofrece muchas lecturas ocultas bajo su impecable envoltorio. Tenemos sus comedias con la asexuada Doris Day, su tándem con Tony Randall, o su relación con Douglas Sirk (en films de colores pastel súper-saturados que son la antesala de Fassbinder o Almodóvar) Tenemos los gestos y las miradas equívocas. Pero, más allá de la sexualidad y la política (curiosamente, Hudson declaraba ser republicano), tenemos la presencia de un actor cuya secreta grandeza se encontraba tal vez en la particular vulnerabilidad que lograba transmitir bajo su imponente físico (hay a menudo en sus personajes una insatisfacción insaciable a la hora de buscar el amor y el cariño). El corto John Garfield, por su parte, repasa la trayectoria de este olvidado gran actor en 9 minutos haciendo hincapié en su condición de judío que se atrevía a interpretar papeles judíos, así como en su persecución durante el mccarthysmo, constituyendo una pieza tan sintética como de indudable valor didáctico.

Alejandro Díaz