Jaco Van Dormael. Fabulador humanista (II)

Los ojos de la inocencia

El Thomas niño de Totó, el héroe y el George de El octavo día tienen mucho en común entre sí. Ambos están descubriendo el mundo que les rodea y de una u otra manea aprenden a relacionarse con él. Los ojos con que ellos miran están desprovistos de malicia y son susceptibles de sorprenderse ante cualquier menudencia. Son unos ojos abiertos al misterio, ávidos de conocimiento y llenos de curiosidad. Ojos que viajan a través de la imaginación y del universo de lo tangible, escudriñándolo milímetro a milímetro, que se detienen en las fantasías y las ensoñaciones pero que terminan topándose de bruces con la crudeza de una realidad que no son capaces de asimilar y que los condena a una perpetua inadaptación.

Todos hemos tenido a lo largo de nuestra vida encontronazos directos con esa realidad que nos han obligado a reconfigurar nuestra existencia tal y como nos la habíamos planteado. La pérdida de un ser querido, el primer desengaño amoroso que tanto dolió, el fracaso de nuestras expectativas frente a algún hecho que considerábamos de plena trascendencia… nadie está vacunado frente a la decepción y el sentimiento de vacío, de incomprensión.

Hay personas que se muestran más fuertes a la hora de enfrentarse a las adversidades. A otras, desde su fragilidad, les resulta imposible sobreponerse ante ciertos reveses de la vida.

En los filmes de Jaco Van Dormael no impera precisamente la ley del más fuerte. Sus criaturas son delicadas y sobre todo muy sensibles. En la actualidad estamos asistiendo a una pérdida total de las emociones. Parece que tengamos que estar inmunizados ante cualquier tipo de barbarie que nos llegue a través de los estímulos, cualquier manifestación de tristeza  es considerada como una muestra palpable de debilidad y si nos compadecemos de nuestras propias miserias, estamos apelando al victimismo. Nuestra sociedad no nos permite caer en el desaliento, además, parece no haber tiempo para ello.  Nos encontramos en un periodo inestable en el que resulta de lo más sencillo sentirse excluido si no se siguen a rajatabla las normas dictadas por esa sociedad que alienta la  urgencia y la competitividad. La velocidad es el signo de los tiempos y por eso quizás es que Van Dormael haya introducido en sus trabajos a personas discapacitadas que se encuentran al margen de esta destructiva espiral de aceleración impulsiva y frenética.

Ellos no tienen que ser esclavos de las ataduras que impone la vida moderna, ni están sometidos a las obligaciones que se derivan de ella. Son libres, y esto les proporciona una manera muy particular de relacionarse con su entorno.

Para Van Dormael se han convertido prácticamente en los únicos seres del planeta incontaminados por la mezquindad de los nuevos tiempos, siendo su pureza una cualidad a preservar. Esa misma pureza es la que les hace también ser más sensibles hacia las percepciones que les proporciona su entorno tanto natural como humano y entender mejor que nadie, gracias a su naturaleza intuitiva, las emociones más básicas de los seres humanos, aquellas que precisamente nosotros hemos aprendido a aislar dentro de un caparazón protector para que no salgan a la luz, por miedo a que nuestros sentimientos nos delaten dentro de este hábitat inhóspito en el que debemos a la fuerza endurecernos si queremos sobrevivir, aunque para ello tengamos que terminar pagando el precio de no creernos ni siquiera a nosotros mismos.

Van Dormael cree que podemos aprender mucho de los discapacitados y no oculta la simpatía que les profesa en cada uno de sus films. Por ejemplo, cuando se le pregunta acerca de su personaje favorito en Totó el héroe no duda en responder que ese es Célestin, el hermano mongólico de Thomas: «Célestin tiene la sabiduría necesaria para vivir, y no la pierde al crecer. Cuando llega a adulto, conserva el talento de disfrutar del aire que respira, de sentir la caricia del sol en sus mejillas y de tocar a la gente que ama. Célestin vive siempre aquí y ahora, al contrario que Thomas, que se pregunta sin cesar de dónde viene y adónde va».

Es además curioso comprobar de qué forma se encuentra confrontada esta entidad a la de los otros dos protagonistas que conforman estos dos films. Tanto Thomas en Totó el héroe como Harry en El octavo día envidian profundamente la libertad con la que viven Célestin y George, la falta de responsabilidades y sobre todo la naturalidad con la que se enfrentan ante los problemas más triviales. Mientras, tanto Thomas como Harry se encuentran encerrados en unas existencias opacas y profundamente infelices, Célestin y George son capaces de disfrutar con cualquier pequeña gratificación que les ofrezca la naturaleza. Para ellos son inexistentes los problemas ante los que nos hundimos la mayor parte de nosotros y que, en cierto modo, hemos de reconocer, carecen de la más mínima importancia.

Van Dormael recuerda cómo se acercó a ellos: «Mi primer contacto surgió casi por accidente. Antes, de niño, mi madre solía reconvenirme en la calle para no mirarles, pues podían sentirse ofendidos. Tras mi primer trabajo, que fue muy agradable de hacer, descubrí, sobre todo, que no sólo disfrutaban mucho al ser mirados y filmados, sino que ellos me abrieron los ojos a mí a un mundo de un exotismo inesperado y alucinante, a una vida de una riqueza abrumadoramente apabullante. Desde entonces, mi vida, mi mirada, mi manera de hacer cine cambió. Como actores son formidables, fuertes y poderosos, todo emoción y verdad innatas. Como amigos son verdaderos, libres y desinhibidos y saben consolar como nadie con las manos, los abrazos y sus caricias cálidas. Sienten la felicidad a raudales y poseen unas dosis de locura que me ayudan a no volverme loco».

Otros dos pares de ojos inocentes que aparecen en El octavo día corresponden a los de las dos hijas pequeñas de Harry, que curiosamente están interpretadas por las propias hijas del director, a las que también dedica la película: «Al principio pensé en dedicar la película a Stan Laurel y Oliver y Hardy, en quienes me inspiré para crear los personajes de Harry y Georges (son el mismo tipo de pareja que el Gordo y el Flaco), pero finalmente se la ofrecí a mis dos niñas, Alice y Juliette. Ellas son las que más se la merecen, porque sufren las ausencias de su padre en los rodajes. Además, muchos de los hallazgos de Georges me los inspiraron ellas. No he encontrado a nadie que se lo merezca más».

Alice y Juliette (que también se llaman así en el film) a pesar de ser muy pequeñas tienen contenida en su mirada un matiz reprobatorio hacia el comportamiento de su progenitor. Lo juzgan y le recriminan directamente las faltas que tiene como padre, sus olvidos, sus ausencias, su poca atención y sus escasos cuidados. Su actitud es ya el primer signo del sentimiento de orfandad paterno. El mismo que siente Thomas y también George. Seguramente han tenido que madurar antes de lo que les correspondía, han tenido que aguantar las peleas de sus padres y sufrir el progresivo distanciamiento hasta su definitiva separación. Por eso la mayor se siente responsable de la pequeña y casi ha aprendido a valerse por sí misma. Cuando se ve sola en la estación no se asusta y cuando cree que ya ha esperado el tiempo suficiente es capaz de tomar sola la decisión de regresar a casa de su madre en el próximo tren.

Son seres indefensos, pero también fuertes, que han tenido que fortalecerse sin remedio para poder sobrevivir.


©  Jaco Van Dormael: Fabulador Humanista, en Sobre el cine belga. Entre flamencos y valones. Diputación Foral de Álava- Festival de cine de Vitoria (2008), págs. 55-78. ISBN: 978-84-7821-699-4