Sitges 2010. Crónicas II

Resumen Palmarés

  • SOF Mejor Película: Rare Exports: A Christmas Tale, de Jalmari Helander
  • SOF Premio especial del Jurado: We Are the Night, de Christian Gansel
  • SOF Mejor Cortometraje: The Legend of Beaver Damm, de Jérôme Sable
  • SOF Panorama Mejor Película: Tucker & Dale vs. Evil, de Eli Craig
  • NV Mejor película: Simon Werner a disparu (Lights Out), de Fabrice Gobert
  • Casa Asia Mejor Película: Cold Fish, de Sion Sono
  • Anima’t Mejor Película: Jackboots on Whitehall, de Edward McHenry y Rory McHenry
  • Anima’t Mejor Cortometraje: Une nouvelle vie (A New Life!), de Fred Joyeux
  • Premio del público: 13 Assassins, de Takashi Miike
  • Gran Premio de la crítica José Luis Guarner: Uncle Boonmee who can Recall his Past Lifes, de Apichatpong Weerasethakul
  • El palmarés completo puedes consultarlo en sitgesfilmfestival.com

 

Volumen 7: Election 3

Un  festival  consiste en el arte de saber elegir. Siempre tenemos aciertos inesperados y pérdidas irrecuperables. Pero como le decían a Mayra Gómez Kemp los concursantes más atrevidos cuando ésta les ofrecía dinero para no leer la tarjeta del premio: aquí hemos venido a jugar. El que juega pierde las mismas veces que gana al no ser que pase algo raro. Muchas veces salimos triunfales y otras veces nos arrepentiremos por un tiempo de haber  elegido el jueves por la noche la película equivocada. Hoy ya es viernes, aunque esto salga el sábado o el domingo,  hace un buen mal día, nos duelen los ojos de ver cine de todo tipo y elegimos, un poco a tientas,  4 películas muy diferentes para esta sexta entrega.

The housemaid, de Im Sang-soo (Corea del Sur)

No seré yo el que diga haber visto la película original sin haberla visto, porque si realmente la hubieran visto los que dicen  haberla visto,  estaría luchando por ser la películas más taquillera de la historia junto a Lo que el viento se llevo o Avatar. Pero no negaré es que me han entrado unas ganas locas de verla tras disfrutar de la nueva versión de Im Sang-soo, un filme ácido y elegante que parece estar inspirado tanto por el original de Kim Ki-young como por las mejores obras del recientemente desaparecido Claude Chabrol. Porque lo que nos viene a contar el director de La esposa del  buen  abogado (2003) es una/otra disquisición sobre las mecanismos de poder de la burguesía, sobre su conservación y perpetuación y sobre la pérdida de la moral a manos de la dominación social basada en elementos económicos incontestables. Sang-soo no se corta un pelo y disecciona, con convicción y con un sugerente sentido de la puesta en escena, todo un muestrario de mala leche y buena sangre que puede servir tanto como parábola social como melodramatic ghotic donde paradójicamente dominan los tonos claros. La locura y los celos se encarnan en unos personajes que no necesitan hachas para cortar las cabezas que le impiden conservar el status y el oremus: la manera de rodar las escenas sexuales permiten leer en diagonal ciertas claves para entender qué le pasa al mundo (y al país y a la razón y al público). Además recordando lo que escribíamos el otro día sobre Somos lo que hay, Sang-soo da una lección magistral de cómo se ha de cerrar una película que se abre de manera insuperable.

La doppia ora, de Giuseppe Capotondi (Italia, 2009)

En ocasiones uno se siente raro cuando en un festival de cine de género ve una película de género que merezca la pena. Tanta experimentación y tanto mestizaje, tanta innovación y tanto minimalismo (tanta metáfora y tan poca vergüenza, que dirían los chicos de Astrud), hacen que las obras más fieles a sus propios códigos sean pasto de las secciones nocturnas (hoy zombies, mañana vampiros) o de una calidad cuestionable que es perdonada por el único mérito de respetar a esos mismos códigos. La doppia ora es un thriller como la copa de un pino, una muestra genérica que desafía nuestra propensión a buscar segundas lecturas con unas dosis de honestidad y coherencia que por momentos llegan a abrumar. La historia de una camarera eslovena y un ex-policía italiano, que se enamoran y se ven metidos en un robo de antigüedades, no se limita a dar pinceladas sobre el destino, la desigualdades económicas o la fatalidad que esos dos elementos suelen llevar consigo, sino que se dedica a la elaboración de un mecanismo cinematográfico que mezcla lo ocurrido con lo imaginado sin ningún afán de engañarnos, sino de que reflexionemos sobre la magnitud de nuestra propia mirada. Aunar y cohesionar la capacidad intelectual del propio discurso con el sano entretenimiento que destila sus cortísimos 94 minutos, hacen de la propuesta de Capotondi una joya rara y humilde pero decidida y plena en su propia concepción genérica.

Cold Fish, de Sion Sono (Japón)

La diferencia de calidad en este festival entre lo venido de Oriente y lo llegado de Occidente ha sido  impresionante a favor de los que nos pillan más lejos. Nunca he estado cerca de ser un asiofilo (o como se diga) en lo referente al cine pero las mejores películas vistas este año en el Auditori y alrededores tienen casi todas una procedencia similar. Dentro de ellas, la mejor de todas, la película del festival que se suele decir por aquí, es sin duda la de Sion Sono, Cold Fish, una muestra de libertad creativa puesta a disposición de una historia terrible y aterradora y de un sentido de la narración que respeta tanto al espectador que no le da tiempo ni a respirar, ni a opinar, ni a formarse una idea aproximada de lo que vendrá después. Un auténtico huracán cinematográfico con trayectoria ascendente y con paradas programadas para limpiarnos un poco la sangre, llamemos a nuestros padres (o nuestros hijos) y replantearnos nuestro planes y nuestros peces. Al mismo tiempo, una historia real y una fabula imposible, nihilista y amoral, con conciencia de clase (aunque no sabemos de cual), poética, profética, iluminada y oscura, contundente y suave como un guante de seda en un puño de hierro, cercana a una concepción de cine como pantalla que se mueve ante gente que busca. No sabemos si es ya una obra maestra pero sí es una experiencia clave y una película imprescindible, única e inigualable.

M.O.

Monsters, de Garreth Edwards (Australia)

Primera película de Gareth Edwards, técnico de efectos especiales que había trabajado hasta el momento en documentales de la BBC, que debuta con este sorprendente relato que expone, sin alzar la voz ni cargar las tintas, un estado de cosas que tiene más que ver con la realidad actual que con el escenario fantástico inventado: en un futuro no muy lejano una invasión extraterrestre infecta una amplia zona fronteriza entre EE.UU. y México. El camino de regreso a casa que emprende la pareja protagonista desde América Central, durante el cual encuentran diversas complicaciones pero también ayuda desinteresada, refleja la separación existente entre dos mundos sobre la que ahora se ha levantado una barrera aún mayor. Lo curioso es que este viaje de vuelta no es un deseo claro: ella, comprometida e hija de papá poderoso y multimillonario, y él, reportero gráfico en busca de una fotografía que le permita salir adelante, se han aventurado fuera de sus realidades por alguna razón y su regreso a casa aparece más como una obligación pospuesta durante demasiado tiempo. Los lazos que surgen entre los dos, apenas unos desconocidos días antes, son tan fuertes que ni la gravedad que les rodea (y de la que hablan con suficiencia occidental) ni la infección alien puede con ellos, transmitiendo una emoción sincera construida poco a poco que se intensifica según descubrimos que esos monstruos de otro planeta se comportan de una manera tan cercana a la nuestra que nunca lo hubiéramos imaginado. Y es que a veces volver a casa no es la solución.

J.D. Cáceres Tapia

Volumen 6: Contrastes

Dedicaremos esta entrega a cuatro obras muy diferentes, que son la prueba perfecta de la diversidad del festival, que a veces resulta hasta excesiva. Así, os dejamos con una de polémica, una de outsider, una de vampiros postapocalípticos, y un documental sobre exploits.

A Serbian Film, de Srdjan Spasojevic (Serbia)

La película más animal del año (como ocurre casi siempre) ya estaba adjudicada antes de comenzar el festival. Y esta vez muy probablemente lo sea, aunque el motivo solo obedezca a lo aberrante de algunos de los hechos sugeridos en ella. Esto es así, a pesar de que las salvajadas mostradas se ven atenuadas por diversas circunstancias que distancian al espectador en todo momento de lo que está viendo. Por un lado, el cine dentro del cine ya otorga una distancia prudencial, más aún si lo que nos lanzan (la sodomización de un neonato, por poner un caso) es algo que el propio protagonista ve a su vez en un vídeo, y no una experiencia que vive en sus carnes, como ocurre con otros puntos álgidos del film, estos más habituales en el cine que acostumbramos a ver los aficionados a determinados géneros. Por otro, la utilización de prótesis en las secuencias pornográficas nuevamente da una perspectiva nada realista a la situación resultando paradójico lo atrevido de los hechos sugeridos al contrastarlos con cierta cobardía en su exposición. Al margen de esto, y también paradójicamente, A Serbian Film no deja de ser una película con cierto cuidado en la puesta en escena, que consigue la tensión con momentos logrados, pero que pierde mucho mérito con efectistas trucos de guión: tanto la sorpresa final, que  se ve venir a la legua, como las cintas encontradas por el protagonista, con un material cuya única razón de ser sería que él lo encontrase para autoexplicarse ciertas cosas. Una película tan prometedora como fallida y, por tanto, decepcionante.

S.V.

My Joy, de Sergei Loznitsa (Ucrania, Alemania)

Se me escapan las razones que han llevado a los responsables de programación de la Sección Oficial a incluir un filme como My Joy, un interesante ejercicio de realismo social descarnado, pero en el que no se encuentran elementos vinculados al fantástico, al menos en un sentido más o menos académico. En su primera cinta de ficción, el documentalista Sergei Loznitsa propone una road-movie, o un viaje al corazón a las tinieblas de la Rusia rural que se articula en torno a la figura del conductor de un camión que se extravía durante su trayecto. En su camino encuentra personajes en pleno proceso de descomposición moral: un antiguo oficial de la II Guerra Mundial que perdió su nombre y a su amor por una traición, una joven prostituta desdeñosa, un grupo de campesinos que trata de robarle su carga o los soberbios responsables de un puesto de aduanas. Todos ellos, en otro contexto, bien podrían ser dolientes fantasmas que poblaran las cunetas de una carretera nocturna, al más puro estilo Dylan Dog, o protagonizar una pesadilla lynchiana, pero a Loznitsa lo que le interesa es reflexionar sobre el estado de miseria moral al que ha llegado lo que un día se llamó Unión Soviética. My Joy no es una película fácil que ofrezca respuestas inmediatas, porque al igual que sucede con la reciente oleada de cine rumano, se trata de un ejercicio de exorcismo para poder interpretar y explicar(se) el pasado reciente y el presente. Quizá por ello abunden los primeros planos a los ajados rostros de los miembros de esta exhibición de atrocidades, y el tempo narrativo se ralentice lo suficiente para que veamos cocer sus dramas a fuego lento.

Stake Land, de Jim Mickle (EE.UU.)

La legión de fans del género agraviados por la Saga Crepúsculo tiene al menos un par de cosas que agradecer a Jim Mickle. Desde luego, su loable empeño de despojar a los vampiros de todo glamour, devolviéndoles a un estado primigenio de bestias sin alma ni inteligencia a las que guía el más elemental instinto de supervivencia. Pero también una estructura narrativa sólida y sin concesiones que no está emborronada por el humor de sal gorda que desbarataba una idea tan interesante de partida como Zombieland (Ruben Fleischer, 2009). Stake land es una película con vampiros y no de vampiros, y el matiz es importante, porque aquí no son más que el elemento accesorio de una valiente relectura del western de espacios abiertos y pasiones más grandes que la vida. La segunda película de Mickle, tras la claustrofóbica Mulberry Street, está en realidad muy cerca del drama pos-apocalíptico en clave realista y desesperada de La carretera (John Hilcoat, 2009), con la que comparte una fotografía en tonos grisáceos y el titánico empeño de un mentor (en este caso, un lacónico cazavampiros) en devolver a su adolescente compañero a un lugar que pueda llamar hogar. De paso, como buen film de terror, además de entretener contiene una interesante lectura sociológica nada encubierta: el ascenso de los grupos de poder ultraconservadores en tiempos de crisis y pérdida de la fe.

Machete Maidens Unleashed!, de Mark Hartley (Australia)

Joe Dante se lo pasaba de miedo montando los trailers de películas como Loca escapada a Las Vegas (Ron Howard, 1977). Teniendo en cuenta que el 90% del metraje era acción pura y dura, el trabajo de edición era toda una bendición. Dante dio sus primeros pasos de la mano de Roger Corman, en la época en que éste produjo infinidad de películas en Filipinas para ahorrar costes. Durante años, localizaciones como Manila fueron el escenario ideal para rodar películas de bajo presupuesto (porque hasta el ejército local estaba encantado de aparecer de extra) y nulas pretensiones artísticas. Cine de serie Z gobernado por la santísima trinidad del exploitation: Breasts, beasts and blood (tetas, monstruos y sangre), que abordó todos los tópicos preferidos por los amantes del subgénero: monstruos de cartón-piedra, mujeres encarceladas sufriendo todo tipo de torturas y después vengándose metralleta en ristre y sexo chungo y anticlimático. Cine sexista y racista, pero que al fin y al cabo encontró su  público y rentabilidad en auto-cines y videoclubs durante tres décadas. Corman, Dante y Sid Haig (el mostacho estrella de muchas de estas películas) bendijeron con su presencia en Sitges un documental descacharrado e hilarante, pero también didáctico,  escrito y dirigido con solvencia por un Mark Hartley que se doctoró con honores en exploitation hace dos años con No quite Hollywood. Machete maidens unleashed! se consume en un suspiro porque las demenciales imágenes de cintas como Las novias del monstruo (Gerardo de León y el omnipresente Eddie Romero, 1974) encuentran su réplica en los sarcásticos comentarios de Dante o John Landis. Claro que a veces se te congela la risa en el rostro, como cuando te enteras de que el set de las despampanantes actrices implicadas en el meollo no era sino una covacha fría y oscura frecuentada por autóctonas ratas gigantes. Purito lujo y miseria.

J.P.