Sitges Experience

Un nuevo año ha pasado, un año protagonizado por la misma crisis del año anterior, por el Fin del Mundo anunciado por los mayas… Un año en el que la realidad ha ido ahogando nuestros sueños hasta dejarnos sedientos, deseosos de huir… En la mitad de ese desierto, encontramos un oasis de diez días; unas jornadas revitalizadoras por su efecto en nuestro ánimo. Llega el festival de Sitges, nuestro particular Brigadoon —como lo describe una de nuestras firmas invitadas— o el Paraíso —como lo llama otra—. Ese lugar de hermanamiento, la casa de Morfeo que nos ayuda a seguir, a soñar y a volver, años tras año, a sus garras, empieza en unos días. Esta es la 45ª edición del Festival de Sitges y, tras tantas buenas experiencias vividas en sus salas y calles, hemos querido rendirle un sentido homenaje compartiendo algunas de las anécdotas y vivencias más memorables que allí hemos pasado.

Gerard A. Cassadó (Fotogramas, Caiman. Cuadernos de Cine, GoMag, Transit)

Hace apenas dos años, gracias a mi inclusión en ese Jurado Joven por el que hemos pasado muchos de los que ahora nos dedicamos profesionalmente a escribir de cine, tuve la oportunidad de disfrutar del Festival de Sitges desde dentro. Fue una experiencia inolvidable, una de las mejores de mi vida. Entre las múltiples anécdotas que me llevé en la maleta, recuerdo con especial cariño la ceremonia de clausura. Mis compañeros de jurado y yo le dimos nuestro premio a Rubber (Quentin Dupieux, 2010) y para marcarnos un punto subimos al escenario con un neumático destartalado que nos habían traído de Vilafranca aquel mismo día. La reacción del público no fue la esperada, y mucha gente nos abucheó, no sabemos si por pasarnos de guays o porque no les había gustado nuestro fallo. Un poco descolocados, decidimos seguir la ceremonia entre bambalinas, aprovechándonos de las virtudes del catering que se sirve a los invitados tras el escenario. Allí coincidimos con un tailandés bajito y muy simpático que no dejaba de retratarse, con su propia cámara, con todo aquel que se cruzaba en su camino, sin importarle si se trataba de un productor, de una camarera o de unos alucinados miembros del jurado joven. Aquel tipo tan campechano  acababa de ganar la Palma de Oro de Cannes con Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas y se llamaba Apichatpong Weerasethakul, Api para los amigos.

Roberto Alcover (Miradas de Cine)

Aquellos que crecimos con pocos vínculos a los que agarrarnos buscamos eternamente un lugar y un grupo con el que rellenar ese abismo. Yo encontré ese grupo en mi “familia” de Miradas y ese lugar en el Festival de Sitges, entre sesión nocturna en el Auditori, siesta en los Sunway, baño en la playa, bocata en el Retiro y copa en el Paddys. Por eso Sitges, más que una vivencia, es un fragmento de vida; diez días que son un paraíso (masculino), una peli de Howard Hawks, una comedia de Ben Stiller y una fantasía a lo John Carpenter. Y por encima de todo, es el momento para reunirme con ese hermano que nunca tuve y ese padre que pude haber tenido. Mi “hermano”, hombre sabio y paciente, honesto y humilde, esa clase de personas que sabes que ya nunca te va a faltar. Mi “padre”, culto y circunspecto, tímidamente reforzante, distante en el tacto pero cercano en su voz; una fuerza de la naturaleza que siempre posee la palabra correcta. Son dos simples conversaciones, dos charlas que cierran un verano y abren un nuevo curso…Esto va por vosotros, por JD, Lolo, Sergio(s), Salva, Javi, Raúl(es), Óscar, Pedro, Roberto, Pablo(s)… pero sobre por T.L.A y a A.J.N. Sin vosotros, Sitges es un vocablo vaciado de todo significado. Gracias.

Manu Argüelles (Cine Divergente)

En mi larga experiencia en el Festival de Sitges, quiero rescatar del olvido la proyección en la edición nº 33, año 2000, de la película Psycho Beach Party. Bajo el mandato fantasma de Roc Villas al frente de la dirección y en un año que el certamen arrastraba una crisis de identidad, aquel pase en el cine Retiro se ha erigido en mi memoria como símbolo del sentimiento de pertenencia que siempre he tenido arraigado al certamen desde hace 20 años. Lo que en otros festivales hubiese supuesto la ruina, con desincronizaciones entre imagen y sonido, intercambio de rollos, desajustes de subtítulos y paradas continuas en la proyección, aquella noche a través del humor paródico y camp del film me sentí miembro vitalicio de una comunidad desprejuiciada y jubilosa, los parroquianos incondicionales del cine fantástico. Ese momento grindhouse fue un auténtico gesto del fervor y el entusiasmo que siempre he sentido ante una pantalla, desde que descubrí en el cine que un hombre podía volar.

Sandra Astor (Jurat Jove, Almas Oscuras)

Durante 10 días, Sitges se convierte en la meca del fantástico y cada rincón del pueblo costero rezuma la magia del cine. Son muchas las sensaciones, pero recuerdo con especial emoción la Màquina del Temps entregada a Jaume Balagueró en la edición de 2011. Hijo pródigo del festival, recibía con lágrimas en los ojos el reconocimiento de un público que le ha visto crecer como cineasta. Él dedicaba un pedazo del premio a su amigo Paco Plaza, presente en el auditorio, mientras recibía una intensa ovación. Si pienso en Sitges, me vienen a la mente el Prado, el Retiro, el hall del Melià, Brigadoon…, pero sobretodo pienso en Balagueró, Plaza, Cerdá, Dante, Nicotero, Romero, y todos los nombres que nos llevan al límite de nuestra imaginación cuando se apagan las luces del Auditori y suena eso de: “Benvinguts a la 45ena edició del Festival de Cinema Fantàstic de Catalunya…”

Miguel Blanco (Lumière, Transit)

Iba a elegir Sex & Zen 3D y hablar de pollas. Pero luego recordé que si iba a hablar de pollas, era mejor citar L.A. Zombie, la película de Bruce La Bruce donde un zombie negro con un pene gigantesco cuyo glande tiene forma de cola de escorpión se dedica a resucitar muertos a base de eyacularles encima. En su día, para una crónica, la nombré la primera película porno gonzo zombie gay interracial. No sé si es la nomenclatura correcta, pero dudo que el orden de factores altere el producto. En la última escena, nuestro protagonista resucita a uno metiéndole la polla, literalmente, hasta el cerebro. Como esto es Sitges, y no hay que arrepentirse de nada, cogí mi cámara para inmortalizar el momento. Lo curioso es que inmediatamente otras personas empezaron hacer lo mismo y al final toda la sala se llenó de flashes. Dos filas detrás mío estaba Pumares relamiéndose. Este espíritu de histeria colectiva viendo películas es sin duda lo que diferencia a Sitges de cualquier otro festival.

Óscar Brox (Miradas de Cine, Détour)

Últimos minutos de Melancholia. El planeta avanza determinado a colisionar contra la tierra. Las butacas del Auditori, uno de esos lugares donde ver una película siempre es una experiencia única, comienzan a temblar, como si toda la sala formase parte del perímetro de destrucción del planeta Von Trier. Ni siquiera la insistente banda sonora es audible, tal es el grado de colapso que está sucediendo en la pantalla. De pronto, la butaca deja de temblar y eres tú quien tiembla. Toda esa emoción parece arremolinarse en tu estómago, a medida que la onda expansiva de Melancholia pulveriza hasta la última partícula de vida de la tierra. En silencio, con el fundido a negro, aún notas ese cosquilleo en el estómago y la marca de tus dedos sobre los reposabrazos. Respiras, y te dices a ti mismo que esta clase de experiencias solo son posibles en Sitges.

J.D. Cáceres Tapia (Miradas de Cine)

Aquel día dormí dos horas, quizá menos. Me desperté obligado, en cierto modo, por esos mis amigos (los que están ya casados, los que lo harán pronto y todos los demás) y por mi eterna lucha interna con Morfeo. Debían ser las 7 de la mañana. La película comenzaba a las 8.30. Fuimos en taxi (quien no conozca Sitges puede pensar que hay grandes distancias… pero en hora y media creo que podríamos haber ido y vuelto varias veces, o al menos dos). Llegamos al Auditori. 7.20, quizá 7.30 (tardamos un rato en ver coches… y encontrar un taxi). Desayunamos, supongo, no lo recuerdo bien, en el Meliá. Charlaríamos de algo intrascendente, también de algún tema importante. Me imagino la escena con uno momento clave de silencio repentino y natural. Esperábamos. Entramos en la sala, aguantando estoicamente la emoción, soportando la falta de sueño con algo más que cafeína. Suena la campana, habitual de los festivales, que anuncia el inminente comienzo de la película. Se apagan las luces… John Carpenter’s The Ward.

Gerard Casau (Rockdelux)

Difícil tarea, la de escoger una sola experiencia de entre todas las vividas en Sitges. Las epifanías cinematográficas son demasiado numerosas, y me da cierto pudor rememorar anécdotas que atañen a lo estrictamente personal. Sin embargo, hay un instante que une ambos planos, y cuyo recuerdo no solo se mantiene vivísimo, sino que ha ido ganando capas con el tiempo. Remontémonos a 1999. El festival dedicaba una retrospectiva a Dario Argento, y quien esto firma (que por aquel entonces contaba con 14 imberbes años) llegó a la Blanca Subur con la firme intención de conocer mejor la filmografía de un cineasta al que solo había podido acceder a través de poco recomendables VHS. Podría hablar de la honda impresión que me causaron La sindrome di Stendhal y Suspiria, pero me centraré en el momento en que descubrí Rojo oscuro, quedando cautivado por lo que ocurría en pantalla, por cómo ocurría y, sobre todo, por dónde ocurría. Los personajes de Argento vivían (y morían) en las avenidas y plazas, heladas y solitarias, de una urbe que respondía al nombre de Turín. Cuando volví a mi ciudad, busqué sin éxito sitios como aquellos, rincones donde sentirse embargado por, parafraseando a Giorgio De Chirico, la nostalgia del infinito manifestándose tras la precisión geométrica de una plaza. Pasó el tiempo, y perdí el hábito de búsqueda, pero seguía sintiendo un escalofrío cada vez que revisaba la película, anhelando poder estar allí y brindar bajo la atenta mirada del Po. Hasta que, hace poco más de un año, finalmente fui a Turín. Paseando de noche por sus calles, bajo una luz que parecía suspender el tiempo, comprendí que aunque apenas habían pasado unas horas desde mi llegada, hacía muchos años que llevaba esa ciudad en mi interior. Desde aquella noche en que vi Rojo oscuro en un cine llamado Casino Prado, que se encontraba a miles de quilómetros de allí pero que, en aquel momento, sentí más cerca que nunca.

Rosendo Chas (Miradas de Cine)

Mi primera vez en el festival, en 2006, me alojé en Barcelona. Y ya aquel primer fin de semana quería ver tantas películas y charlas que no había forma de ir y volver cada día de Sitges…, así que no lo hice: simplemente permanecí allí tres días, sin alojamiento, sin dormir más que un par de horas en total tirado en la playa de San Sebastián (con gripal resultado). Y a partir de aquella experiencia la privación de sueño pasó a ser para mí un componente crucial del festival. Y a mis espaldas me llamarán loco, pues la bulimia cinéfaga se ve mal de por sí y más si es sonambulista…, me acusarán de desgastar obras maestras con los párpados rendidos…, pero sé que ellos también duermen de sala en sala, porque razones para renunciar a la vigilia hay muchas: yo he elegido esta.

Javi Cózar (Contrapicado)

1992. En uno de los paseos entre la estación de Renfe y el Melià me encontré con un tipo alto, feo y delgado, un guiri que me pregunta si sé dónde está el Melià. “Claro”, respondo en inglés, “voy para allá, ven conmigo si quieres”. El guiri no paró de hablar en todo el camino, ametrallaba el aire delante de su boca, tuve que echar el resto para entenderle. De lo poco que comprendí, retuve que era un director de cine que presentaba su primera película aquella misma noche. El encuentro me dejó indiferente. Vale, sí, era un director de cine, pero yo aquel año iba con mi cámara buscando a gente como Wes Craven o Bruce Campbell, para qué voy a decir otra cosa. Por la noche le vi presentar su película. Ni yo ni (casi) nadie le conocíamos. La película se llamaba Reservoir Dogs. Sin embargo, uno de los momentos vividos en Sitges que más me han afectado, no ya como periodista sino como persona, fue en la visita de Clive Barker en 2009. Vino para dar una masterclass, y en vez de eso, nos explicó la muerte por sobredosis de un joven soldado americano al que había ayudado a dejar el ejército y a destapar su vena creativa. Barker, emocionalmente hundido, aprovechó su tiempo para lanzarnos, o más bien para implorarnos, un mensaje: no desaprovechéis vuestro tiempo, haced lo que queréis hacer. Barker lo repitió una y otra vez: no tengáis miedo a la vida ni al fracaso. Y eso lo decía un hombre que ha conseguido aterrorizar a millones de personas en todo el mundo. No tengo la menor duda de que aquella sí que fue una auténtica master class, probablemente la mejor master class posible. Thank you, Clive. 

Víctor de la Torre (Miradas de Cine)

Para todos los que hemos tenido la posibilidad de vivirlo, Sitges no es un festival de cine más, con sus consabidos pases, ruedas de prensa y eventos de toda índole. Sitges es ante todo una experiencia única a medio camino entre el paroxismo y el hartazgo, tan intensa como agotadora y, precisamente por ello, absolutamente imprescindible. De entre el nutrido anecdotario de pasadas ediciones, hay una que me parece sumamente ilustrativa: era un día cualquiera en el que, tras haber asistido a unas cuantas proyecciones de películas que no recuerdo —habiendo dormido mal y comido peor— me encaminé a toda velocidad a la última proyección de la jornada, en un estado cuasi-febril producto del cansancio acumulado y el conglomerado de experiencias límite, más o menos sanguinolentas, vividas en la evocadora oscuridad de los Cines Prado y Retiro. Cual sería mi sorpresa al descubrirme, conforme me acercaba a la proverbial cola de entrada, flanqueado por una sucesión de personajes de torvas miradas, rostros desfigurados y churretones rojizos salpicando sus ropajes que conversaban animadamente sobre esto y aquello… tarde aproximadamente un segundo en darme cuenta, tranquilizándome a mi mismo, que debían ser los restos de la famosa Zombie Walk, uno de los eventos fandom más señeros de la programación paralela. Pero las nueve décimas de segundo precedentes, la sensación de sofocante irrealidad fue tal que a punto estuve de dar de bruces contra el suelo. En el Festival de Sitges tan importante es lo que sucede en el interior de las salas como fuera de ellas.

Jorge-Mauro De Pedro (lavanguardia.com)

“Kitano matando adolescentes”. El sueño húmedo de cualquier profesor de secundaria, oye. Y no, no era exactamente eso, pero el argumento nos pareció tan profundo que decidimos hacer novillos y dejarnos caer por la isla de Battle Royale. Parafraseando a José Luis Garci, “arrancaba el primer año del nuevo siglo y una asfixiante sensación de melancolía y morbidez crónica sobrevolaba la sala”. Efectivamente, se trataba de un pase matutino para la crítica. Hay que estar muy mal de lo tuyo para imaginarte un Japón donde se elija cada año un curso, se abandone al alumnado a su suerte y se aguarde con cachaza y recochineo a que se hayan exterminado entre ellos. Que tienes razón… pero déjate ya de intelectualizar el disfrute. ¿Qué me dices de esa plenitud y abandono que provoca el caos, la mala leche institucionalizada y las hemorragias imparables? Decenas de tarados aplaudiendo en la oscuridad no podíamos estar equivocados. ¡Habemus clásico!

Jorge Endrino (Asiateca)

Sitges 2006, el primer año que asistía al festival. El diluvio caía en Sitges, eran las 23:00 y faltaban 2 horas para que empezara la película animada Paprika. La carpa situada en la cola del Meliá voló y los que estábamos refugiados en la carpa restaurante casi bajamos navegando al puerto deportivo. Así, empapados, entramos a la sala, a la 1 de la madrugada, y allí estaba Satoshi Kon, uno de mis animadores favoritos, presentando su película el día de su cumpleaños; incluso le cantamos el cumpleaños feliz con tarta incluida. Hace unas semanas que se cumplía el aniversario de la muerte de Kon por un cáncer hace 2 años, y en estas fechas siempre recuerdo con cierta nostalgia cómo un día de madrugada, calado hasta los huesos, le canté el cumpleaños feliz en Sitges…

Sergi Fabregat (Cineuá)

El año 2009 fui Jurado Joven del festival y, como tal, nos tocaba visionar y juzgar la locuela y noctámbula sección Midnight X-Treme, cuyas sesiones comienzan sobre la 1 de la mañana, así que ya os podéis imaginar a qué horas volvíamos al hotel, de las 3 para adelante. Una de esas noches, cruzando el hall de un Hotel Melià ya casi desierto, oímos juerga en una de las terrazas de las habitaciones que venía del jardín. Nos juntamos algunos del jurado en la habitación de uno de los compañeros para tomar unas cervezas en la terraza y, una vez allí, vimos de dónde venía la juerga: unos pisos más abajo, Gaspar Noé y unos cuantos más ponían en práctica la filosofía Enter the Void. Iban mal, para entendernos. Al vernos, nos invitaron a bajar con ellos, invitación que un servidor declinó al grito de «¡No, que la segunda mitad de tu película me ha parecido una mierda!». Desde ese día, siento pánico ante un posible encuentro futuro con el señor Noé.

Tomás Fernández Valentí (Dirigido por…)

Trabajé en el Festival durante cuatro años, como redactor del catálogo y miembro del comité de programación. Y me he pasado por el certamen en multitud de ocasiones. La mayoría de mis recuerdos son buenos: buenas películas, malas películas divertidas, buenas comidas, buenas conversaciones y, sobre todo, muy buenos amigos (en la organización: Hernán Migoya, Carolina López, Rubén Lardín, Marta Tomás; y fuera de ella: el gran Chus Parrado). Un muy modesto Quentin Tarantino presentando Reservoir Dogs (quién le ha visto y quién le ve). Ray Harryhausen dando charlas bajo una cutre lona de Brigadoon sin que se le cayesen los anillos. David Cronenberg recibiendo con timidez los halagos de los admiradores. Paul Naschy en el crepúsculo de su existencia. También tengo malos recuerdos, pero esos ya los he olvidado.

Covadonga G. Lahera (Transit)

Ácidos. Cuando me senté sobre la butaca por sexta ocasión aquella jornada, sentía mis ojos ácidos y dudaba de si soportarían dos horas más de imágenes o si directamente entrarían en efervescencia. Claro que podía haber desistido, modificado mi ruta y haber girado la primera a la derecha antes de continuar por la calle que conducía a los Prado, pero ya era demasiado tarde y alguna fuerza absurda rechazaba todavía mi desvanecimiento. Estaba ya tocada por la inercia festivalera y poco o nada podía hacer salvo depositarme ceremoniosamente en la sexta butaca del día, derramar unas cuantas lágrimas artificiales sobre mis córneas y aguardar, aguardar esperanzada. Tras dos minutos de prólogo, ante mis resucitados ojos, se revelaba ya Amer como un milagro. Pocas veces mi parte racional se había apagado tan decididamente mientras yo seguía viendo desde un espacio inconsciente. Para entonces, el patio de butacas era “un racimo de ojos” y nuestro visor, el minúsculo orificio de una cerradura. Era 9 de octubre. Aún recuerdo aquel colirio. Quedaban tres años para la edición del fin del mundo y la cama podía seguir esperándome.

Silvia Grumaches (Prensa D’A Festival de Cinema d’autor de Barcelona)

Aunque no soy mitómana, es verdad que el Festival de Sitges no ha sido nunca un lugar fácil para ir de estoico y fingir que no te impresiona ver a determinadas estrellas, porque a muchas de ellas te las encuentras en cualquier esquina o en cualquier bar. Así que es inevitable que recuerde como un gran subidón el día que tenía en la mesa de al lado a Kiyoshi Kurosawa, que es uno de mis directores favoritos desde que vi una de sus primeras películas en Sitges, que creo que era Cure. Así que, muerta de vergüenza, me acerqué a su mesa —estaba comiendo fideuá, ¡me acuerdo!— y le pedí un autógrafo, que muy amablemente, me firmó. Y juro que es el único autógrafo que he pedido en mi vida y que aún lo tengo.

Ferdinand Jacquemort (Détour)

Nunca fui mitómano. Quizás porque a estas edades, los mitos ya no pueden convivir con uno, y encontrarse con Jeanne Moreau o Anna Karina sería encontrarse con estas de ahora y no con aquellas de entonces. Sin embargo, mis fugaces encuentros en las proyecciones de Exiled, de Johnnie To, permanecerán. Venía a presentarla Anthony Wong, seguramente en un error de percepción, dada su manera de ser, para decir, lacónicamente, que se lo habían pasado muy bien. Fue al salir, durante los créditos, pasando fugazmente a unos metros de mí, cuando sentí durante unos instantes que era la vez que más cerca había estado de saltar sobre alguien. Al día siguiente, segundo pase, un viejo pidió permiso para sentarse junto a mí: era Alejandro Jodorowsky. El aire acondicionado del Retiro lo espantó y acabó con aquel momento psicomágico en el que Topor y Arrabal, de algún modo, hubieran estado ahí, conmigo…

Mónica Jordan (Miradas de Cine, Transit)

Por amistad se pueden hacer muchas cosas. Ocurrió un año en el que una de mis amigas cubría el festival para un medio diario, y se le juntaron varios textos que no veía cómo entregar. Ni cortos ni perezosos, una servidora y otro compañero nos ofrecimos para hacerle de negros, por lo que en una de las famosas colas de prensa de las 4 de la tarde, y con un netbook maltrecho, fuimos escribiendo, mano a mano, un texto a turnos. Yo me ocupaba de escribir un párrafo, luego le pasaba el ordenador a él, a continuación él repasaba lo que yo había escrito y así sucesivamente. Otro día, probablemente al siguiente, pudimos ver publicado nuestro texto, pero más emocionante fue ver que, entre las letras de uno de los artículos de aquella amiga, había un agradecimiento en forma de guiño secreto; esa es la esencia de Sitges, reunirse con quienes comparten tu afición y tu amistad.

Toni Junyent (Miradas de Cine, La Paz Mundial)

Podría hablar de películas y de mucha gente e incluso de setas alucinógenas, pero algo que nunca olvidaré fue la expresión de aterrado estupor en las caras de Pablo Vázquez y de su amigo Mariano cuando les puse, frente a frente, con la pensión en la que les había ayudado a alquilar una habitación. Semanas atrás me habían pedido que les dijera de alguna pensión en Sitges. Busqué en Google y, prácticamente sin mirar el texto, les dije el nombre de la primera que salió. Espalter. Luego llegamos allí, avanzamos por la calle, dejando atrás algún bar de aspecto lóbrego, neones aquí y allí, y nos plantamos frente a la pensión Espalter, con sus acogedores balconcitos. En un letrero, en mayúsculas, se leía SAUNA. La recepción estaba iluminada en rojos y azules, y atendida por un muchacho fornido en camisa de tirantes. En un papel en la pared informaban de una fiesta de la espuma que tendría lugar esa noche. Ya en nuestra planta, fotografié una butaca en la que había una misteriosa mancha blanca. Yo me estaba riendo mucho, e iba filmando, a ratos, con la cámara digital. Enfoqué a Pablo, que gritó: “¡Esto no tiene ninguna gracia!”. Pero supongo que, si he acabado contándolo aquí es porque, con el tiempo, sí que tiene su gracia. Mis amigos pasaron dos noches en aquella pensión gay y luego se cambiaron a otra.

Tonio L. Alarcón (Dirigido por…, Imágenes de Actualidad, Miradas de Cine)

Entrevistar a Srdjan Spasojevic y que resulte ser un encanto, y que en cambio Luis Berdejo te trate como si fueras tonto. Tener que agenciarte papel del váter de los lavabos del Melià porque el del apartamento se ha acabado. Meterte a ver Isolation para echar una cabezadita, y acabar viendo la película entera. Llevarte un bocadillo del Bocapà dentro de la mochila para sacarlo en la próxima proyección y no perder tiempo comiendo. Dormir en un colchón que se deshincha y levantarte con el culo en el suelo. Salirte de una película que no hay por donde cogerla para irte a tomar una cerveza con los colegas. Atravesar corriendo Sitges para llegar a la sesión de las 8:30… Con Óscar Brox filosofando a tu lado. Y las cenas de Miradas de cine. ¡Siempre las cenas de Miradas de cine! Eso es Sitges, amigos míos: una excusa para vivir aventuras con tus amigos.

Carles Matamoros (Transit)

Sentado frente al PC de mi casa, pocas horas después de que se pusieran a venta las entradas de una de tantas ediciones. Así empezaron mis primeros Sitges, junto a mi hermano y tres de mis mejores amigos. El azar, la intuición o los horarios determinaban la elección de las películas, pero la esencia se hallaba en el ritual: en la nerviosa adquisición de los tickets, en la apresurada llegada en coche al festival, y en la expectante sesión, siempre revestida de emoción juvenil. Los años pasarían y llegaría algo cercano a la profesionalización: las acreditaciones, las entrevistas, las crónicas, el jurado… Y, sin embargo, la ilusión inicial no dejaba de colarse en cada una de las proyecciones, en cada uno de los paseos por la playa, en cada fiesta de clausura, en cada nueva conversación con los muchos compañeros (y compañeras) que dieron (y dan) sentido al cine como una experiencia colectiva y catártica.

Roberto Morato (Miradas de Cine)

El uso de tópicos suele ser el refugio del necio ante la imposibilidad de articular un pensamiento con sus propias palabras, quizás por eso, me agarro a aquel dicho popular que reclamaba que uno no sabe lo que tiene hasta que no lo pierde. Si se me pregunta por mi momentum del festival es la edición del 2010, la única en nueve años que no he asistido, aquella en que la distancia afectiva consiguió que realmente valorase el oasis que suponen los días que paso allí. Encantadora burbuja donde vivimos cinematográficamente por encima de nuestras posibilidades, 10 días donde aparcamos a un segundo plano nuestros problemas cotidianos ante la posibilidad de comprobar si la última propuesta indie que llega desde Sundance nos vuelve a decepcionar como de costumbre o debatir con otros compañeros sobre el eterno retorno del fantástico asiático. Pero por encima de todas las cosas es el lugar donde las películas son las protagonistas y se alzan sobre las voces habituales mientras que nosotros, los críticos, somos los convidados de excepción a una celebración a la que acudimos encantados y no encantados de conocernos. Sí, definitivamente mi momento de Sitges fue aquel que nunca tuve y que me enseñó a valorar mejor los que si conservo.

Manuel Ortega (Miradas de Cine)

Tantas historias, tantos amigos y cuando pienso en el encargo de Miradas siempre me veo solo. Un par de lunes o martes de años distintos viendo dos películas seguidas sin nadie con quien comentar en la cola. Cenar a las 7 y meterte en vena cine raro en un Auditori repleto. Varios años, pero hablaré del 2011 que fue ayer por la tarde. Memoria de viejo pez desmemoriado. Experiencias esenciales en butacas cómodas. La última película de Béla Tarr entre el ruido del silencio sepulcral y respetuoso de una generación que aquella tarde empezamos a morir (como Nietzche cuando descubrió en la mirada de un caballo que Dios, como Elvis, quizá no estaba muerto y sí de parranda). Arte de arte mayor y palabras contadas. Luego extraños hablando en catalán, gafitas que se cuelan, grupos animados de gente solitaria. Y un mar eterno de coreanos marginales y amarillos. Otras dos horas y medias llena de cuchillos y hachas ruidosas, y yo sentado como un niño pequeño tras vivir mi mejor momento de Sitges. Comienza flashback. Verano de 1985, Puerto Real (Cádiz), han cortado mi calle todo el verano y ya no pasan coches. Salimos a jugar. Sergio es el líder natural, es mayor que yo, tiene más éxito entre las niñas y es el más fuerte de la pandilla. Yo, que de niño ya era bastante yo, no tengo ningún problema con que él sea Mike Donovan. Además, qué cojones, yo prefiero ser Tyler que mola mucho más. Cuando dan las 8, nos vamos a cazar extraterrestres con piel de hombres. Se cierra el flashback. Y se abre el telón. Entre la última película de un húngaro raro y la segunda de un coreano nervioso, sale Michael Ironside, recoge un premio y habla con su voz. Me emociono: es parecida a la que pongo en mis sueños.

Víctor Paz Morandeira (A cuarta parede)

¿Mi experiencia más relevante en Sitges? El día que Mónica Jordan me presentó a Eloy Domínguez en la cola del Auditori en la edición de 2010. Lo que ninguno de los dos sabíamos entonces es que acabaríamos montando una revista juntos, que nos ha dado muchas alegrías. El proyecto surgió de incombustibles conversaciones cinéfilas, como las que cada año tengo con otros compañeros de butaca (y piso). Sitges es muy especial porque allí sentí por primera vez la pertenencia a un grupo, lo que con orgullo y cariño llamo “mi generación”. Regresar cada año (van solo tres, y los que quedarán) es para mí como volver a ese añorado rincón de la infancia donde uno se siente en la gloria, rodeado de gran cine —del que hace soñar— y de buenos colegas.

Álvaro Peña (Miradas de Cine, Détour)

Fue en el mundo de 2008, todavía sin Obama al frente. Mis ojos, secos de conjuntivitis, inyectados como los de un licántropo. Tras una semana alimentándolos con torturas en vídeo sin cortes ni anuncios, masacres de adultos a manos de púberes faltos de una PSP, violaciones de los derechos y la carne de muertos vivientes, psicópatas profiriendo amenazas creíbles en gayumbos increíbles, prostitutas mutiladas antes de que Richard Gere pudiese rescatarlas, parejas sacrificadas en rituales aún más espantosos que el matrimonio, ¡más violaciones a cadáveres!, y hasta Jack Bauer de hinojos ante un demonio terrorista, entonces llegó Ponyo en el acantilado, por aquel año lo último de Hayao Miyazaki. Cuando los ojos habituados a la oscuridad reciben algo de luz, es natural que se humedezcan. Todo un alivio si padeces conjuntivitis.

Antoni Peris i Grao (Miradas de Cine)

En diversas ediciones saboreé rarezas en sufrida compañía femenina. Mi pasión me impedía determinar por qué no repetía dos veces con la misma pareja. ¿Eran los zombies, las sesiones filipinas de 7 horas en blanco y negro…? Hace un par de años cayó otra víctima y le dediqué una maratón bizarre japonesa. Era una auténtica velada de Sitges, apasionada y canalla, el público ansioso de sangre. Con el teatro a rebosar, el director de la primera cinta trotó juguetón, en calzoncillos y con un muñequito en la cabeza, por el patio de butacas. El respetable rugió la ocurrencia. Mi acompañante quedó atónita. Dos horas después, la segunda cinta presentaba a Power Rangers mutantes con poderes tan sugestivos como sacar una motosierra por el ano… Pelearon hasta las 4:30h. Considerando que era insuperable, salimos de la sala. Ella se aferró a mí y me agradeció aquella experiencia. ¿Peloteo o cinismo? Era Sitges, tal vez era amor.

Jordi Revert (La Butaca)

Para mí Sitges es ese lugar de mucho cine, muchos amigos y pocas horas dormidas. No podría escoger un momento que no tuviera todo eso, así que me remontaré a una mañana de 2009, en los últimos coletazos del festival. Cumplidas las obligaciones, nos abandonamos al disfrute de una nostalgia colectiva: la proyección que conmemoraba los 25 años de Los Cazafantasmas. Recuerdo los diálogos recitados en voz alta, las carcajadas cómplices, los silbidos acompañando al tema de Elmer Bernstein en los créditos finales, el sentimiento de celebración. Para mí, fue la mejor expresión de la felicidad cinéfila que compartimos aquella semana.

Carlos R. Ríos (director D’A Festival de cinema d’autor de Barcelona)

Octubre de 1992, XXV edición del FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINEMA FANTÀSTIC DE SITGES, primera sesión en el nuevo y flamante Auditori del Hotel Melià, en aquel momento llamado Gran Sitges. Emoción por estrenar una pantalla de proyección que venía del extranjero —que pasaría a ser una de las más grandes de Catalunya— en un festival donde también muchos de nosotros nos estrenábamos, nuestro primer festival. En Sitges descubrí algunas de las líneas que han marcado mi trayectoria profesional en los últimos 20 años, eso que denominaríamos «cine de género de autor», con C’est arrivé près de chez vous, de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde, y un nuevo cine asiático con las dos entregas de Tetsuo, Tsukamoto Shinya. A partir de ahí todo fue a más: más películas, más sesiones, más festivales, más cine que ver y descubrir… Más mundo.

Nicolás Ruiz (Cineuá)

2010 albergó el nacimiento de Cineuá, el arranque de mis estudios cinematográficos y convirtió a Sitges en mi primera acreditación. Cual ansioso infante, asalté Agnosia (Eugenio Mira, disfrutando del status upgrade como si una nueva etapa diera comienzo. Al mirar hacia abajo, a la otra cola, sentía miradas que una vez fueron mías y la sensación de tener que justificarme: “los muertos de mi felicidad”. Pero la fantasmal aparición de un extra engulló las guirnaldas de mi celebración, dejándome intrigado con su difusa identidad. El habitante de la industria cinematográfica había rodado a mis órdenes, meses antes, una inocua práctica que regó de talento. La reluciente acreditación se tiñó de gris al ver que poco había que celebrar más allá de la negación de imposibles para, algún día, ocupar la tercera cola en Sitges: la de invitados. Así nació My Sitges

Joan Sala (Filmin)

Fijo mi mirada en Luis Buñuel, y por un instante, imagino que es mi ojo el que corta su navaja en plano detalle. Misma sensación de dolor, perversión y sadismo, pero también de seducción, atracción y deseo, es la que percibo cuando el Auditorio de Sitges abre sus puertas. Pero no fue en ese gran templo, sino más bien, en un entrañable Casino,  el día que mi retina se expuso a vivir la experiencia Amer, un abrumador artefacto sensorial de corte experimental que curiosamente, y no es casualidad, evocaba esa mítica imagen con un descaro capaz de fusionar el mejor giallo del originario Argento con el inconfundible existencialismo de Antonioni y el imaginario surrealista de Buñuel. Referencias, en principio tan distantes, pero finalmente tan unidas por Amer, así como por la arrolladora programación que siempre presenta Sitges, al igual que la reveladora ópera prima de Helene Cáttèt y Bruno Forzani, una inolvidable experiencia cinéfila destinada a quedar eternamente incrustada en mi retina. Y vuelvo a Luis Buñuel, mi ojo y su navaja.

Diego Salgado (Miradas de Cine, Dirigido por…)

Lo que creemos nos distingue acaba por hacer de nosotros autoparodias. Entre los cinéfilos, la predilección por un festival ayuda sobremanera a erigir la propia efigie y quedar atrapado en ella. Yo, por ejemplo, amo Sitges. Sé lo que opinan algunos colegas de ello. Me lo hacen saber. ¿Cómo contradecirles? ¡Tienen razón! Ese frikismo que Sitges alienta. Esos vítores complacientes al inicio de las sesiones. ¿Lo mejor? Obviamente, lo que festival y parroquianos se niegan: la primera proyección del día en un cine Retiro desierto; recogerse las tardes de los sábados en el hotel para escribir, mientras la chusma destruye el Auditori; aquellos maratones solitarios dedicados a Kiyoshi Kurosawa o Larry Fessenden; y el paseo hasta la estación el amanecer del último domingo, echando ya de menos el festival. Lo demás es país de pandereta. España o Catalunya. Del que prefiráis avergonzaros.

Salvador Solano (Miradas de Cine)

Si no hay una cola de 3 km y tres horas no es Sitges. La hubo para el pase matinal de Repo: The Genetic Opera. Dentro del Auditori la proyección continúa retrasándose. Aparece Ángel Sala en el escenario para anunciar que la productora ha exigido más  control antipiratería y debemos salir para proceder a un sondeo anal. Repicar de cencerros y recital de berreos en el religioso desfile hacia la puerta. Entre los participantes en la conga debe haber gente que ha venido desde Barcelona o Madrid y pagado el módico precio de la entrada, temerosos ahora que sus fechorías les hicieran acabar con sus huesos, como diría Cansado, en el calabozo del Auditori. No es quizás la experiencia más impactante que he vivido en 16 ediciones del Festival de Sitges pero los últimos acontecimientos y alguna reciente declaración me la han traído a la memoria. Rajoy estaría orgulloso de nuestra capacidad de dilatación.

Sergio Vargas (Miradas de Cine)

Creo que fue en 2007. En octubre, eso seguro. En el cine Prado se proyectaba It is Fine, Everything it’s Fine, de Crispin Glover. Estaba en el palco con mis compañeros de cama Raúl y Alicia. Hoy Raúl es un hombre casado y hace mucho que no sabemos nada de Alicia, y aquello de compartir cama eran cosas de la precariedad económica, no se vayan a pensar. No sé donde habíamos dejado al resto de los integrantes del piso: JD, Javi, Lolo, Roberto. No sabíamos lo que íbamos a ver, afortunadamente, o no me habrían dejado. Después de la película (que terminaron la mitad de los que empezaron, siendo generosos) me costó convencerles de que habíamos visto una obra maestra, pero al final lo entendieron. Porque, ¿qué de bueno podía decirse de una película compuesta por pequeñas set pieces enfermizamente planificadas donde las partituras de Tchaikovski y Beethoven servían de siniestro hilo musical para los orgasmos y los crímenes de un asesino fetichista parapléjico que no olvidaba cepillar el pelo de sus víctimas antes del sexo y el posterior estrangulamiento? ¿Qué la fotografía parecía sacada de Corazonada de Coppola?¿Qué el diseño de producción y vestuario o la composición de las secuencias no desentonarían en una película de David Lynch ¿Qué su final sorpresa era tan previsible como sorprendente? ¿Era eso posible? En Sitges, sí.

Eduard Terrades Vicens (Cineasia)

Uno de los momentos más terroríficos que he vivido en Sitges sucedió en 2003. Se respiraba un ambiente gélido propiciado por el cambio de fechas y por la avalancha de terror asiático, era un viernes por la mañana y me decidí a visionar la excelente kaidan eiga Llamada Perdida, después de haber entrevistado a Miike la noche previa. Tras la sesión, después de tanta tensión acumulada, me refresqué en el baño del Retiro, que estaba completamente a oscuras pues la instalación eléctrica no funcionaba. El pavor de la penumbra, imaginando lo que había visto en la pantalla, era solo un anticipo de lo que sucedería esa misma tarde. Justo cuando estábamos esperando para 2 Hermanas de Kim Jee-woon, unos nubarrones se acercaron al Auditori. Se vislumbraban los primeros relámpagos, pero nunca imaginamos lo que sucedería durante la proyección: la estrepitosa tormenta hizo saltar los plomos del Melià justo cuando un fantasma iba a hacer acto de presencia. El resto os lo podéis imaginar: una vez se reemprendió la sesión, después de un cuarto de hora, la histeria se apoderó de la sala al sobreimpresionarse aquella imagen sobrenatural en la pantalla. Puedo afirmar que mi trasero se elevó unos centímetros por encima de la butaca.

Manu Yáñez (Fotogramas, Otros Cines)

He aquí una aportación nostálgica para este mosaico de souvenirs made in Sitges: ese lugar suspendido en el imaginario de todos nosotros; ese paraíso que, según cuentan unos cuantos locos, se materializa físicamente (como el Brigadoon de Minelli) una vez al año, a principios de octubre, en la costa catalana. Digamos que, para mí, Sitges no son tanto algunas proyecciones míticas: I Married a Strange Person!, con Bill Plymton en la sala, o la delirante Southland Tales a las tantas de la madrugada. Tampoco las entrevistas memorables: a Kiyoshi Kurosawa o a Takashi Miike, en compañía del amigo Alejandro G. Calvo. Tampoco el recuerdo de una de mis primeras acreditaciones festivaleras, gracias a la que, en el año 2002, pude intercambiar unas palabras con David Cronenberg. Y tampoco las tres ediciones en las que habité las entrañas del festival trabajando como redactor del Diari del Festival. No. Para mí, Sitges son ante todo aquellas tensas esperas al pie de la ventanilla de entradas pre-pagadas, interrogando a los recolectores en busca de alguien a quien le hubiera fallado un acompañante: así conseguí ver Small Soldiers (1998), The Blair Witch Project (1999) y algún título más que había colgado el cartel de “entradas agotadas”. Y luego, también están aquellas carreras de aliento slapstick, a lo Buster Keaton, en las que el tramo que va del Auditori a la estación de RENFE se convertía en un precipicio que parecía no tener fin. Todo ello con el objetivo de pillar el último tren nocturno a Barcelona. Esperas, sudores, amistad y aventura: ese cóctel con aroma a elixir cinéfilo llamado Sitges. (P.d.: Un recuerdo también para mis padres, que decididos a animar una pasión incipiente, me llevaron por primera vez al festival en 1993. No entramos a ver ninguna peli, pero nos paseamos por El Retiro, El Prado y visitamos el Brigadoon… la semilla estaba plantada).