The Town That Dreaded Sundown (1976/2014)

La pervivencia del Mito

Los mitos más perdurables son aquellos que, gracias a su simplicidad de concepto, mejor se adaptan, mutan más fácilmente a través del tiempo. La clave de lo incombustible de las leyendas urbanas reside, precisamente, en cómo van acomodándose a los cambios sociales y tecnológicos, variando lo anecdótico de su narración pero conservando incólume su esqueleto básico —ahí tenemos, hace bien poco, la (falsa) noticia de las naranjas infectadas con SIDA procedentes de Libia, variación islamofóbica de las clásicas «agujas escondidas con SIDA»—. Algo que Charles B. Pierce, quizás por mera intuición, aplicó al aproximarse, desde la ficción, a los llamados «Texarkana Moonlight Murders» con The Town That Dreaded Sundown (1976), optando por construir un (pre)slasher que omite voluntariamente a su asesino, dejándole en segundo término durante la mayor parte del metraje —solamente reclama su protagonismo en las secuencias de acoso, en las que el director lo retrata como una especie de fuerza de la naturaleza, un ente de perversidad casi telúrica— para centrarse, fundamentalmente, en las consecuencias de sus acciones, y en el miedo y la paranoia que estas provocan en la pequeña ciudad del condado de Bowie en la que se sitúa la acción. Pese a recuperar, en parte, las formas de documental que ya había empleado en su anterior The Legend of Boggy Creek (1972) —incluida la monótona, inexpresiva voz en off de Vern Stierman—, Pierce no intentó, en realidad, proyectar sobre la pantalla los hechos reales, sino cómo estos, a través del tamiz deformante que supone el tiempo, se convirtieron en un cuento de terror que le asustó durante su infancia, igual que la cercanía geográfica y temporal al «Hijo de Sam» y al «Asesino del Zodíaco» empujó a Spike Lee y a David Fincher a rodar, respectivamente, Nadie está a salvo de Sam (Summer of Sam, 1999) y Zodiac (Id., 2006).

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En realidad, cada vez que el «Asesino Fantasma» irrumpe, infecta narrativamente la acción, desplegando a su alrededor tropos de género —hay que pensar que, en aquella época, ya se habían estrenado películas tan seminales como El pájaro de las plumas de cristal (L’uccello dalle piume di cristallo; Dario Argento, 1970) o La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre; Tobe Hooper, 1974), que el director demuestra haber visto— que tensan la placidez casi fotográfica del resto del metraje, rompiendo la coherencia estilística de la película. De esa manera, el Mito, personificado en el psychokiller que interpretara el stuntman Bud Davis, se impone frente a lo (aparentemente) real, transmite su violencia y la expande hasta la propia planificación, como si, en realidad, perteneciera a una película que transcurre de forma paralela a la que estamos viendo, y se colara en ella de forma inesperada. Una idea que recupera y multiplica, con sorprendente complejidad conceptual, The Town That Dreaded Sundown (2014), en la que director, Alfonso Gómez-Rejón, y guionista, Roberto Aguirre-Sacasa, desdibujan las líneas entre secuela, remake y homenaje para construir lo que, tras sus formas genéricas, en realidad es una reflexión, si se quiere un ensayo audiovisual, sobre la imposibilidad de construir un relato tan puro, tan vacío de referentes genéricos, como la versión original de Charles B. Pierce. No hay lugar para semejante candor en el resabiado contexto del cine de terror contemporáneo, de ahí que el largometraje se adapte de forma mucho más fiel a las formas del slasher, igual que su versión del «Asesino Fantasma», mucho más sádica, más violenta, más tremendista —cfr. el acoso a Kendra (Morganna Bridgers), planteado como una serie de planos cortos, agitadísimos, que transmiten más violencia que los detalles gore—, porque bebe de los Jason Voorhees y los Michael Myers de los 80. Ya no es que los cineastas, inevitablemente, proyecten sus referencias personales sobre la pantalla: lo que Gómez-Rejón y Aguirre-Sacasa nos explican, yendo más allá de la posmodernidad nineties de Scream. Vigila quién llama (Scream; Wes Craven, 1996), es que los psychokillers tampoco pueden eludir esa influencia a la hora de planificar y ejecutar sus crímenes.

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No es casual que tanto Pierce como Gómez-Rejón crecieran en el Sur de los Estados Unidos, uno en Arkansas, el otro en Texas. En ambas versiones de The Town That Dreaded Sundown, sus respectivos autores vuelcan su experiencia personal a la hora de retratar el lado más conservador, más retrógrado, de la cultura sureña de los Estados Unidos, que, de alguna manera, toma forma corpórea en ese asesino en serie fantasmal, desconocido —no es casual que, en la versión de 2014, no se logre desvelar su identidad: es precisamente su anonimato, y su súbita desaparición, lo que le hace más inquietante. Ya en la versión original, el «Asesino Fantasma» ejerce como una especie de represor sexual, apareciendo cada vez que las parejas de Texarkana tienen algún (tímido) acercamiento carnal, algo que potencia su adaptación contemporánea al convertirlo en algo así como una proyección del deseo reprimido de su protagonista, Jami (Addison Timlin): al fin y al cabo, el killer asoma por primera vez en la pantalla cuando está intimando con Cory (Spencer Treat Clark) —y, ojo, en el guion original de Aguirre-Sacasa, en el ataque consecuente, este último era violado analmente por el psicópata antes de morir, dando pie a lecturas muy jugosas. No es, aunque lo pueda parecer, un detalle aislado, descuidado. Porque no se trata de la única habitante de Texarkana que, en algún momento, parece imbuida por esa especie de espíritu del Mal contagioso, casi vírico: el extrañísimo Paul (Colby Boothman-Shepard) se viste como él para acabar abatido por la Policía, el Reverendo Cartwright (Edward Herrmann) le envía un e-mail a Jami en su nombre para ayudar a transmitir el terror a sus conciudadanos… No son solamente pistas falsas para confundir al público. Se trata de las consecuencias de esa infección que supone el «Asesino Fantasma» para los habitantes del pueblo, una enfermedad endogámica, irremediable, que afecta más a unos que a otros, pero que los condena a seguir repitiendo la historia una y otra vez, de forma cíclica.

Pierce terminaba The Town That Dreaded Sundown con un detalle puramente metanarrativo: un plano de los pies del asesino acudiendo al cine a ver la misma película que estamos presenciando. En cambio, en los primeros compases de la versión de 2014, se encadenan planos del filme de Pierce con lo que está ocurriendo en el presente, hasta que, en el autocine en el que se está proyectando el largometraje original, los espectadores ven simultáneamente, el icónico asesinato con el trombón de Peggy Loomis (Cindy Butler), y la llegada de Jami, ensangrentada, recién huida de las garras del killer. Con ello, Gómez-Rejón alude a esa naturaleza cíclica de los acontecimientos a lo que antes aludía, como si, de alguna manera, al rodar la película original, Charles B. Pierce hubiera logrado capturar el Mal, como las novelas de Sutter Cane (Jürgen Prochnow) de En la boca del miedo (In the Mouth of Madness; John Carpenter, 1994). Lo terrorífico no son los asesinatos del «Asesino Fantasma» o de sus imitadores, sino que realmente ni una versión ni la otra dan una auténtica solución al conflicto: el plano final de la versión moderna de The Town That Dreaded Sundown es algo más que un guiño, una referencia al original. Se trata de la constatación de que no hay cierre para la historia. No hay escapatoria. Por más que huya de Texarkana, que intente rehacer su vida lejos de allí, Jami siempre va a arrastrar consigo la maldición de haber nacido allí, en lo más profundo del Sur estadounidense. El mensaje político que subyace tras ello es, desde luego, tremendamente descorazonador.