Asimilable al video arte, la obra de Mauro Herce levantó ampollas y despertó pasiones. Obra surgida de una deriva creativa, tiene su origen en la fascinación del director por los barcos mercantes y en su conocimiento casual de un grupo de marinos filipinos a los que pretendió convertir en protagonistas de una ficción. Como si el propio Herce fuera un personaje de otra película, el azar (o un arrebato de wishful thinking) determinó que él y un sonidista se embarcaran en el barco pero que no hubiera acuerdo para crear la ficción y los marinos ejercieran de protagonistas. Tras un prolongado viaje y con 180 horas de rodaje, el material evolucionó hacia un documental clásico hasta que, por algún motivo, acabó en la forma en que se exhibe. Comenta Herce que la banda sonora, basada en sonidos y música electrónica, se incorporó en la fase final del proyecto. Dead Slow Ahead (2015), de resonancias futuristas, presencia la vida humana supeditada a la gran bodega vacía y semiinundada, a las interminables paredes metálicas, escotillas y tuberías y, sobre todo, a una gigantesca, omnipresente, biela, cuyo ritmo equivale al corazón de una bestia mecánica.

El resultado es hipnótico, destacando imágenes difusas del desierto y el mar confundidos en la niebla, las luces de refinerías en la noche o los movimientos del trigo en el agua, por encima de las idas y venidas de los humanos, sus llamadas telefónicas o sus instantes de asueto. Mauro Herce es un soberbio director de fotografía y, tal vez por ello, los colores y las imágenes de este mesmerizante audiovisual contienen mucho cine, muchas imágenes seminales (mal que le pese ya que manifestó no querer hacer ninguna obra que recordara a otras). Están las estéticas de Stanley Kubrick y Ridley Soctt, están Tsai Ming Liang (de nuevo) y Apichatpong Weerasethakul, está Leviatán (Leviathan, Lucien Castaing-Taylor & Véréna Paravel, 2012; la más odiosa comparación para Herce) y está la mirada alucinada del Herzog de Fata Morgana (íd., 1971), de Lecciones en la oscuridad (Lektionen ins Finsternis, 1992) o de The Wild Blue Yonder (íd., 2005), obras todas ellas en las que la cámara parece rodar autónomamente espacios inanimados o desprovistos de vida humana. En definitiva, una obra exigente que constituye una experiencia insólita en el panorama español.

… Y una curiosidad, una duda. Tratándose de un ensayo audiovisual surgido de un proyecto de ficción, de una obra protagonizada por una máquina, en la que la música que le otorga la identidad fue añadida avanzada la postproducción, ¿cabe plantearse que Herce es el autor o bien hay que pensar que Dead Slow Ahead se engendró a si misma?