Un futuro ya vivido, un traje que oculta la verdad

«En el futuro, la violencia se transformará sin duda en una valiosa forma de cohesión social.»
Extracto de la novela Rascacielos de J. G. Ballard (High-Rise, 1975)

En cuanto me lo pude permitir, accedí a ocupar uno de los cinco edificios más emblemáticos de la que será nuestra ciudad. Vivir en el rascacielos me otorga, de cara a mi clientela, a mis amigos, a todos, el status que necesito. El que me corresponde, más bien. Estoy en el piso veinticinco de cuarenta, más allá de la mitad, pero justo el que limita con la mejor zona… me hubiese gustado estar más arriba, la verdad. Pero pienso que rápidamente seré aceptado por los que ocupan los habitáculos superiores. De hecho, yo debería estar allí. Ese es, y será, mi sitio, cueste lo que cueste. Sólo tengo que saber jugar bien cartas: ser amable, ser complaciente. Ser transparente.

No obstante, no puedo olvidar llevarme bien con las familias de pisos inferiores. Al fin y al cabo, son los que más me pueden ayudar y, aunque no me guste admitirlo, me siento mucho mejor entre ellos, puedo ser yo mismo… Pero no. No puedo sucumbir a eso. Tengo que saber adaptarme… sin dejarme arrastrar. ¿Qué dirían los de arriba? No me aceptarían nunca. Pero si me adapto… llegará mi momento. Todos me reconocerán. Así que conseguiré mi meta, aunque no sea por méritos propios. Aprovecharé la oportunidad. Tendré momentos de flaqueza, alabando el talento en otros, pero aprenderé pronto. Aprenderé de mi entorno.

¿Miedo a un futuro ya vivido?

Permitidme la sinopsis anterior, en boca del Dr. Laing, que resume en gran medida las intenciones de J.G. Ballard con la que formó parte de su ciclo de novelas apocalípticas, Rascacielos (y con temática muy relacionada por ejemplo con La sequía —1965— o Crash —1973—) [1]. Junto a la historia y esperanzas de Laing, Ballard cierra el triángulo de intenciones y miedos (individuales y sociales) con los del “creador”, el arquitecto Royal, “la mente” que habita en el mejor y más alto piso del edificio, y Wilder, el trabajador activista padre de familia. El autor describe cómo, independientemente del estrato social, todos quieren lo mismo: ser aceptados, ser relevantes, ser pseudo-dioses para los suyos… con excusas de partida muy distintas. Y Ben Wheatley sabe captar la esencia de la novela de Ballard, centrando el film también en estos tres personajes y haciéndolo avanzar, precipitadamente eso sí, hacia el inevitable caos que revela la novela. El director juega tanto con el formato narrativo como con una arrolladora estética visual para conseguir lo que el autor también conseguía con sus palabras: si la lectura del libro nos sumerge en una paulatina zozobra, el film consigue el mismo efecto a través de una secuencia casi inacabable de planos que muestran el sinsentido de los acontecimientos que han llevado a la comunidad a su aislamiento y autodestrucción. Y quizá éste sea el único logro del film de Wheatley por encima del libro de Ballard: que nosotros, espectadores, reconozcamos en la barbarie en la que se ha convertido la convivencia de los distintos (y borrados) estratos sociales una pauta incluso lógica. Aquí reside el terror, y el verdadero sentido de la adaptación cinematográfica: acabamos pensando que lo que ocurre es, sencillamente, natural. No nos sorprende ni el anunciado desenlace (“el futuro ya vivido” mostrado a modo de flashback), ni el cómo se ha llegado a él. Causas y consecuencias son fácilmente reconocibles, compartidas y asimiladas. Absolutamente desalentador, cuando nos damos cuenta de ello, antes o más tarde, mientras “disfrutamos” de la proyección.

Si es que nos damos cuenta.

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El traje de Laing, el traje social

Wheatley sitúa estéticamente el film en la década de los setenta, cuando se publicó la novela. Pero la mezcla de este conocido estilo con la planificada “austeridad moderna” de su puesta en escena, reconocible en los colores o en los ángulos del edificio (tal y como se imaginaba en esos años sería el futuro tecnológico en las casas), sumado a la mezcla musical (coronada por la composición de Clint Mansell, auténtico protagonista de la película de Wheatley que encuentra un sonido vibrante, emotivamente naïf pero por encima de todo turbador), y a la teatralidad de todas las actuaciones (menos, conscientemente, la de Hiddleston/Liang), convierte el film en atemporal. El a propósito caótico montaje, desde la mezcla de momentos en distintos planos temporales hasta sueños nunca vividos de Liang, por ejemplo, acaba por formar un conjunto sinsentido que se revela como el más sentido de todos… porque ya lo hemos vivido. Un futuro vaticinado tramposamente por Ballard, porque ya se ha dado en nuestra Historia. ¿O es que cualquier Guerra no ha hecho derrumbar a la sociedad para volver a erigirse sobre sus escombros? Violencia y cohesión social, ya lo decía el autor.

Pero, no obstante, el detalle efectivamente arrollador, aunque criticable por simplista en su concepto, lo encontramos en el traje de Laing…

Visualmente, el traje de Laing no es sólo el hilo conductor, sino el centro crítico de novela y film: Laing se escudará en su traje chaqueta desde casi el inicio: de corte clásico pero sin olvidar la moda del momento (esos pantalones sutilmente acampanados), le abre las puertas tanto a la clase trabajadora, que le ve como alguien cercano aunque superior a ellos, como a la élite del “edificio”. Ese traje se convertirá en la identificación inequívoca del “queda-bien” que es Laing, pero también de la coraza en la que se esconde, como muchos de nosotros, para que los demás no le conozcan. Para pasar desapercibido, o para hacer lo que le plazca a la vista de todos pero sin que se den cuenta de ello.

El personaje de Laing es el más terrorífico de todos, porque es el que utiliza la rabia sentida tras la humillación para desencadenar todos los despropósitos en los que caerá la comunidad/sociedad.

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Este traje únicamente se lo quitará Laing en tres ocasiones: la primera, al inicio del film, cuando está tomando el sol en su terraza, ajeno a la mirada de los vecinos. Cuando no le ven, puede ser él mismo. Pero pronto se dará cuenta de que no puede bajar la guardia… más cuando cambie el traje gris por uno algo más atrevido, y sus intenciones queden a la vista del cruel estrato elitista. De esta forma, y sólo adaptando su imagen una vez más, en la sala de squash, Laing decidirá, sin hacerlo evidente, que el traje le protege del juicio de los demás (y seguramente del suyo propio). Incluso que le ayuda a no ser considerado de ningún bando y, por tanto, librarse de ser atacado (genial momento en el que hace gimnasia cuando a su alrededor no hay más que ruina y descontrol). Sin el traje, Laing es una persona perdida, humilde y vulnerable. ¿Es eso malo? Sí en esta sociedad. De hecho, en un gran momento del metraje, la sincera vecina del piso de arriba le dice algo así como “eres de las pocas personas que gana estando desnudo”. Sin el traje Laing es mejor persona. Pero eso no le trae ningún bien. Así que esconde tras su apagada pero elegante vestimenta sus ansias de prosperar, seguramente debidas a ese pasado que no se acaba de explicar abiertamente en el film, así como sus inseguridades y heridas…

El significado del traje se acaba extendiendo a la expresión facial del doctor, imperturbable, e incluso a su propio piso: qué mejor color que el gris blanquecino. Limpio, impersonal y difícil de interpretar. Al igual que el inquilino del piso que lo ha escogido, y que acaba pintándose él mismo del mismo color.

Al fin y al cabo, es lo que quiere.

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Crítica al individuo y a la sociedad. La visión de Ballard y Wheatley

Decíamos que el director ha sabido transformar en imágenes la novela, sí.

No obstante, Wheatley se precipita en la lógica de la caída a los infiernos de sus protagonistas. Parece tenga prisa en filmar el caos en la que acaba sumiéndose la sociedad, sin dejar paso a los motivos por los que la utopía se convierte en distopía. De esta forma, las imágenes exageradas se entremezclan con las causas y acciones de sus protagonistas (que los suministros empiecen a fallar llega demasiado pronto y, por el contrario, se muestra tarde la rebelión de la fiesta en la piscina), de forma que los sucesos se desencadenan sin que su verdadero sentido penetre en nuestra mente, llegando al caos absoluto con una innecesaria rapidez que se vuelve en contra del film. Porque a media película casi ya se ha explicado todo, y el resto… es ya regocijo en bucle. De esta manera, el mensaje del film pierde fuerza, aburriendo en los momentos en los que el terror debería estar apoderándose de nosotros. Esto, sumado al remate de los últimos treinta segundos (una explicación sobre la sociedad capitalista y sus peligros tan innecesaria como absurda), sacan a High-Rise, película, del olimpo de las distopías de culto y, no obstante, es imperativo su visionado para amantes del subgenéro.

[1] Y, hablando de Crash, llevada a la gran pantalla por David Cronenberg (1996), no podemos obviar tampoco las similitudes argumentales de High-Rise con Vinieron de dentro de… (Shivers, David Cronenberg, 1975), curiosamente lanzada en el mismo año de la publicación del texto de Ballard. Si bien los años sesenta regalaron al actual cinéfilo grandes superproducciones catastrofistas muy vinculadas al desarrollo tecnológico y miedo a los avances que éste podía llegar a aportar a la sociedad (véase El coloso en llamasThe Towering Inferno, 1974— como uno de los filmes más representativos también adaptando una novela de Richard Martin Stern del 73), las inquietudes de Cronenberg en esta primera etapa de su carrera fílmica tienen muchos puntos en común con las denuncias de un Ballard que, escudándose en el apocalipsis, también supo hurgar en la psicología individual cuando se ve arrastrada por los miedos sociales.