Reducir La orilla (Beira-Mar) (Beira-Mar; Filipe Matzembacher, Marcio Reolon, 2015) a una historia de amor homosexual —que lo es, pero en un sentido diferente a, por ejemplo, Weekend (íd.; Andrew Haigh, 2011) o Theo y Hugo, París 5:59 (Théo et Hugo dans le même bateau; Olivier Ducastel, Jacques Martineau, 2015)— es hacerle un flaco favor a una obra que aspira a expresar algo más complejo, más matizado. Cierto es que, a lo largo del metraje, siempre está presente la tensión sexual que se produce entre sus dos protagonistas, Martín (Mateus Almada) y Tomaz (Maurício José Barcellos), pero es solamente uno de los varios elementos que sirven para expresar el bloqueo emocional y la confusión existencial que están ahogando al primero de ellos. De alguna manera, pues, el viaje a la casa vacacional de la niñez de aquél es también una mirada atrás con la esperanza de reencontrar su propia esencia, de lograr reconocerse en el postadolescente en el que se ha convertido —de ahí la inclusión en la banda sonora, hay que reconocer que no muy sutil, de My Life is Starting Over Again, de Daniel Johnston—, y distanciarse de una vez por todas de la alargada sombra de un progenitor inflexible, asfixiante. Aunque solamente aparece en un plano, y además de espaldas, su presencia se deja sentir a lo largo y ancho del relato, no solamente porque bloquea la conexión de Martín con su auténtica esencia, sino también por cómo condiciona su relación con los demás, incluida una parte de la familia alejada —las miserias del mundo adulto— por desacuerdos económicos.

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Pero, más allá de la narración de una trama muy sencilla y directa, sus directores, Filipe Matzembacher y Marcio Reolon, hablan de la evolución íntima de su joven protagonista a través de metáforas. No es casual, en ese sentido, que mantengan la presencia del mar —a pesar del título del largometraje, y de la ambientación en la costa sur de Brasil— en off visual hasta la última secuencia, cuando el personaje de Almada se baña en tejanos: se trata de un elemento que corporeiza su miedo a dejarse llevar, a salirse de los estándares socialmente marcados. Y ese gesto climático que, igual que la consumación de su atracción hacia Tomaz, sirve para cerrar (en abierto) la historia, representa también una liberación íntima que va más allá de lo meramente sexual. De la misma manera, si, durante gran parte del largometraje, Matzembacher y Reolon usan el desenfoque como elemento expresivo fundamental, es porque —por encima del naturalismo que le imprime a las imágenes— les permite transmitir a nivel visual la incapacidad de Martín para aceptar la realidad que le rodea, lo ciego que está hacia su propia complejidad emocional.

Los autores de La orilla (Beira-Mar) han querido construir un relato que crece a partir de sus propios márgenes, a través de unos tiempos muertos que esbozan, pero no dibujan en su totalidad, la idiosincrasia de sus dos protagonistas —de ahí que la cámara siempre esté pendiente de ellos, atento a sus gestos, pero también a la sensualidad de los propios actores: ahí se intuye la influencia del cine de Gus Van Sant, reconocida por los propios directores, en las formas del largometraje—. Viejos amigos obligados a reconectar, de forma mucho más íntima de la que esperaban inicialmente, fuera de su ámbito habitual, en un escenario desconocido, casi lunar, para ambos. De ahí ese retrato mucho más apagado, más grisáceo de lo que estamos habituados, que Matzembacher y Reolon hacen del sur de Brasil: se trata de un entorno playero adormecido por culpa del invierno, casi abandonado, lo que hace que la acción sea mucho más íntima, más minimalista, y sobre todo dota a la imagen de un tono melancólico que encaja mucho mejor con aquello que los directores nos están contando.