Toda película debe sobreponer el mostrar sobre el explicar. Eso, que bien podría ser obvio para muchos, se suele saltar a la torera cuando las imágenes, siempre esquivas, siempre ambiguas, o bien se escapan o bien hacen dudar al autor del control que tiene sobre ellas. En ese caso es más fácil complementar el fracaso, o la sensación del mismo, con un diálogo o una voz en off que explique lo ocurrido. Y si bien eso podría ser lo ideal en la realidad, donde los actos son siempre ambiguos y la exposición de nuestros sentimientos el método más directo para evitar el conflicto, en el mundo del arte es sólo, y en todo caso, un fracaso.

Kubo y las dos cuerdas mágicas (Kubo and the Two Strings, Travis Knight, 2016) es una historia sobre contar historias. Sobre cómo las historias se mimetizan con la realidad, contaminándola, haciendo indistinguible la vida de la ficción. Porque incluso nuestras vidas acabarán convirtiéndose en historias. Pero antes que en un plano narrativo, la película destaca en un plano visual. Laika logra, como ya es habitual en ellos, un perfecto ejercicio de estilo donde es innegable que cada escena está cargada con la máxima belleza posible. Y es que, aunque esté hecha enteramente en stop-motion, la película consigue retrotraernos hacia la mejor tradición del cine de animación norteamericano. El problema es que ahí empiezan sus no pocos problemas.

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Es una película tan apegada a ciertos códigos visuales que su intención y su ejecución acaban chocando de forma constante. Es, a su modo, bella y delicada, pero se estrella cada vez que intenta ir más allá de las convenciones. Cuando intenta ser más fluida y poética, más japonesa —como japonés es no sólo su inspiración, sino el eco general que intenta transmitir—, fracasa por la escasa delicadeza con la que actúan sus personajes. Todo se antoja tosco, exagerado, forzado. Algo que no es un problema por sí mismo, ya que es la elección de un código estético (el americano) sobre otro (el japonés) sin que uno sea mejor que el otro, pero que resulta desconcertante en una producción que se pretende, sino epitome, si recreación de las formas propias del arte japonés.

Para entendernos, Kubo y las dos cuerdas mágicas es una película Disney travestida con ropajes japoneses. Se mueve y se comporta como una película de la multinacional americana, pero intentando parecer japonesa. Incluso si no lo logra en ningún momento.

Nada de ello resultaría particularmente llamativo de no ser porque tenemos un referente anterior en la propia Disney. Big Hero 6 (Don Hall y Chris Williams, 2014) tenía las mismas intenciones japonizantes, pero, a diferencia de la que nos ocupa, al no intentar forzar un canon estético completamente ajeno al de sus creadores tampoco chirriaba como lo hace esta. Mientras que la película de Disney asumía la influencia japonesa en aquello que tiene en común con la occidental, la película de Laika pretende trasladar su estética y su simbolismo. Y no logra hacerlo con buenos resultados.

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En ese sentido es inevitable compararla, guardando las distancias, con Thunderbolt Fantasy (Gen Urobuchi, 2016), serie coproducida por Japón y Taiwan. Aunque no es stop-motion, sino que es una serie de marionetas, tanto su historia, circunscrita en un wuxia de corte clásico, como sus marionetas, ejemplos de un arte delicadísimo cultivado con fruición en Taiwan, consigue parecer más delicada y sutil en su modo de abordar la tradición asiática, incluso si tiene menos referencias hacia la misma, que la película de Laika. Incluso si puede antojarse más «tosca» al paladar occidental. ¿Por qué? Porque no tiene necesidad de tomar prestados los códigos estéticos de otra tradición: todo lo que hay de fantasía occidental en Thunderbolt Fantasy se cruza con naturalidad con las formas clásicas de su tradición, que aparecen allí en un conjunto bien macerado. Mérito de Gen Urobuchi que no podemos encontrar en la, por lo demás, impecable técnicamente hablando película de Travis Knight.

Eso no significa que la película sea mala o esté carente de belleza. Al contrario. Como película occidental, obviando su torpeza a la hora de vestir el kimono, resulta arrebatadoramente hermosa. Y no sólo en lo técnico. Tanto en el plano simbólico como en el narrativo Kubo y las dos cuerdas mágicas está repleta de detalles y recursos capaces de inflamar la imaginación del espectador curioso. Porque, en sus mejores momentos, es todo imagen.

En otras palabras, todo cuanto ocurre se entiende sin palabras. Algo problemático cuando la película teme, por encima de todas las cosas, que algo no se entienda. Que alguien se quede fuera. Porque eso implica un guion sobrexplicado donde prácticamente cualquier circunstancia debe ser explicitada verbalmente por sus personajes. De ese modo lo único que logra es tener una película repleta de diálogo innecesario que acaba por disipar la agradable bruma del entendimiento tácito y hace insultantemente obvio aquello que ya era evidente desde un primer momento. No aclara, pero sí machaca lo que debería permanecer oscuro.

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Su necesidad de explicar todo es su mayor defecto. Mientras que su patosidad nipona se puede perdonar aduciendo que sólo es la pátina con la que se adorna la historia —opinión criminal, pero válida, si obviamos que el fondo es la forma; si sólo es pátina, igual hubiera valido situar la acción en Occidente—, sus problemas narrativos saltan a la vista. No permiten que la película se exprese por sí misma.

Kubo y las dos cuerdas mágicas está demasiado preocupada en gustarnos como para maravillarnos. Para maravillarnos de forma genuina, al menos. Puede fascinarnos la belleza que esgrime, pero lo que narra, cómo lo narra, insiste en sacarnos fuera. Como si quisiera ser una película del estudio Ghibli, con toda su belleza y sus diferentes capas de comprensión, pero al mismo tiempo no entendiera que esa belleza también debe manar del interior, que permitir hablar a las imágenes por sí mismas es el único modo de permitirles hacer su magia.

Laika no traiciona su obsesión por la belleza, por la pequeña pincelada de fascinación, pero lo hace obviando que contar una historia requiere también saber cuándo guardar silencio. Silencio que nunca guarda. Y por ello, donde querríamos frotarnos los ojos, maravillarnos con alma infantil, sólo podemos sentirnos emocionados ante un ejercicio de florecimiento. Algo bonito, pero vacío de significado.