1. Excurso inicial

Atender a una buena filmografía en estricto orden cronológico es, sin duda, una de las mejores experiencias para aprender a paladear los rudimentos de la imagen fílmica. Cada creador, visto en orden, va desvelando la apasionante conquista de ese territorio tan complejo de explorar en el que se encuentra la forma cinematográfica, la herencia narratológica y la precisa configuración subjetiva ante lo mostrado. En cierto sentido, cuando realizamos el esfuerzo de aproximarnos durante una cierta temporada de nuestra vida y a la obra de un director, es porque en nosotros también se entrecruza una mezcla de curiosidad por el territorio emocional y dramático que cincela, así como un necesario respeto por considerarle como un interlocutor, un amigo. O, en el límite, un insigne rival con el que compartir varios meses de nuestra vida.

Una de las grandes carencias que experimente una vez terminada mi formación académica audiovisual reglada, fue, contra todo pronóstico, el descubrimiento de la extrema dificultad con la que podía leer el cine clásico. Ahora creo que en la facultad nos prepararon más bien por dejarnos fascinar con los usos y costumbres de un cierto cine posmoderno de moda en aquel entonces, o incluso por ciertos tics de la vanguardia y de la modernidad que, uno intuye, nuestros maestros citaban más por obligación docente que otra cosa. Cada lección, al igual que cada película (y hablo desde la más absoluta honestidad y humildad como profesor) es, también, hija de su tiempo y de sus modas. De ahí mi sorpresa al descubrir, pasados los años, que mantenía una relación ambivalente, casi esquizofrénica, con las películas del Hollywood clásico. Por un lado, me habían enseñado a denostarlas como ejemplos de una puesta en escena bobalicona o como emponzoñados productos ideológicos. Por otro lado, cada vez que me sometía al visionado de un Hawks o de un Ford, tenía la sensación de encontrarme ante películas mayúsculas que barajaban tensiones a las que yo no podía, por falta de formación o de sensibilidad, acceder. Desde entonces, he arrastrado de manera más o menos consciente ese miedo que tan pocos analistas fílmicos se atreven a confesar, y que apunta a que quizá mis pequeñas herramientas no estén a la altura, sean inútiles o incluso ofrezcan lecturas directamente aberradas de las películas que uno pretende pensar. Hablamos poco de ese miedo, que en el caso del ejercicio de la crítica cinematográfica inmediata es poco menos que histeria. Quizá estamos demasiado ocupados en insultarnos y despellejarnos entre nosotros mismos como para encima ofrecerle munición gratuita a nuestros más o menos confesos enemigos.

Sirva este largo excurso para poder localizar mi encuentro con Delmer Daves, una pequeña aventura sin importancia a la que pretendo invitarles a lo largo de los próximos meses.

2. Daves, la sombra

Hacer el ejercicio hermenéutico de un cierto film al trasluz de la herencia biográfica del director de turno ha resultado ser, con el paso de los años, un interesante juego de salón para los congresos de psicoanálisis aplicado, pero también un cortapisas inevitable a la hora de extraer significados parciales a manos de lecturas torpemente apresuradas. Algo interesante del director que hoy nos ocupa es, precisamente, la notable ausencia de elementos biográficos de fuste a la alcance de la mano. Antes bien, en vez de preguntarnos por la relación con su padre o por la orientación sexual de Delmer Daves, hay una pregunta todavía más urgente: ¿por qué se ha pensado tan poco a un director al que se le pueden fácilmente acreditar, al menos, media docena de obras maestras? Hay una primera explicación histórica que pasa por la inevitable fatwa que arrojaron contra su persona los alegres chicos de la chavalada Cahiers. Una vez más, la leyenda negra arrojada inmisericordemente desde las direcciones de una cierta crítica europea, rubricó la caída en desgracia de un buen artista. En segundo lugar, sobre muchas de sus películas se dejó caer una capa de polvo, a veces desarrollada en torno al propio género del oeste, a veces motivada por la pura falta de interés de los cronistas de turno, quizá demasiado preocupados con que se les localizara ideológicamente al lado de una firma estadounidense no homologada desde los baluartes del maoísmo parisino.

Y más acá, en el territorio de la reflexión estrictamente cinematográfica, hay un problema añadido que pasa por la propia naturaleza extraordinariamente esquiva de la filmografía de Daves. Ciertamente, hay lugares comunes y rasgos escriturales determinados que permitirían hacer un cierto análisis comparativo. Sin embargo, la experiencia de su hacer cinematográfico parece partir casi siempre de presupuestos nuevos en cada película. Probablemente el ejemplo más claro se encuentre en el uso de la focalización subjetiva en la primera parte de La senda tenebrosa (Dark Passage, 1947). Sin embargo, no es un hecho aislado: su cine tiende a no repetir motivos, a no ofrecer nunca situaciones de puesta en escena paralelas. Por poner un ejemplo, el trabajo de grúa que realiza en las tomas móviles de El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma, 1957) será desechado en películas posteriores a favor de un uso más delimitado de la cámara estática —como en Cowboy (1958), de la que apenas queda separada por un año, pese a parecer que emergen de manos completamente distintas.

La manera en la que se presentan héroes y villanos, tensiones sexuales, encuentros y desencuentros, parece exclusiva de cada película, en ocasiones incluso de cada escena, siendo prácticamente imposible trazar lo que podríamos llamar un “diccionario Daves”. Por el contrario, cada cinta avanza obligándonos, por el contrario, a realizar continuamente ejercicios de micro análisis para llegar a aprender aquellos elementos concretos que realmente dispone el director en cada minuto de película. Obra, por lo tanto, extraordinariamente compleja y porosa, Ante la que cualquier intento de reducción crítica aplicará necesariamente de parcialidad y de falta de rigor.

Por nuestra parte, queremos aprovechar para realizar un pequeño acercamiento, una invitación que sin negar ese componente esquivo y estimulante, sirva para fomentar el acercamiento y la reflexión colaborativa en torno a una figura que sin duda lo merece. A lo largo de los próximos meses, repasaremos algunos de los hitos y jugaremos a trazar algunas ideas generales sobre su obra en forma de ensayos breves en Miradas de Cine.