La playa sin deseo

Al final de Baywatch, un cameo sin diálogo de Pamela Anderson sirve para articular el chiste favorito de esta comedia de Seth Gordon. Los nuevos miembros de la unidad de socorristas de Emerald Bay señalan que su nueva y voluptuosa jefa se mueve a cámara (demasiado) lenta. Acto seguido, los miembros del equipo desfilarán sus cuerpos esculturales, también en slow motion, en una carrera junto al mar. La accidental caída de Matt Brody (Zac Efron), junto a la previa aparición de Anderson, habla a las claras de la intención desmitificadora y burlona de la película de Gordon, pero al mismo tiempo señala su incapacidad para superar la condición de mero chiste. Si el remake debiera aspirar a trascender su original y proponerse con identidad propia, aquí no hace más que regodearse en la banalidad que hacía de la serie un blanco fácil. Mantener una distancia jocosa. Negarse a mirar a los ojos a su referente.

En esencia, la playa de Baywatch sigue siendo una playa sin deseo. Las epifánicas, ralentizadas carreras de Pamela Anderson y Carmen Electra en la serie televisiva eran la expresión del deseo ocultado en el movimiento. Las anatomías espectaculares de su elenco danzaban pesadamente frente a los espectadores de los últimos 80 y los primeros 90, pero lo que podría haber sido la puerta de acceso a sueños húmedos con neumáticas socorristas tostadas al sol quedaba reducido a una ficción blanca e inmovilista que poco podía hacer más que servir de escaparate. Desde su rincón habitual de la parrilla, Los vigilantes de la playa (Baywatch, Michael Berk, Gregory J. Bonann y Douglas Schwartz, 1989-2001) creó un imaginario tan superficialmente exuberante como yermo en el fondo. En sus imágenes, pronto motorizadas por sus propios lugares comunes, se refrendaba una limitación del deseo bien acorde al clima conservador que había impregnado la ficción norteamericana durante esa década. En tiempos de conquistas neoliberales, los cuerpos de infarto embutidos en bañadores rojos quedaban relegados a una fantasía irrealizable, en la que la sugestión nunca deja paso al sexo y las tramas de policiaco de segunda se repiten para prolongar la fórmula sin fin.

Esta actualización de los vigilantes sabe bien las limitaciones del original. De hecho, y volviendo al chiste del slow motion, es esa consciencia pop a la que intenta aferrarse como a un flotador salvavidas en medio de un naufragio, cuando el hundimiento es inevitable. Baywatch podrá erigirse como broma sobre algo que en principio no lo era, pero esencial y estructuralmente no puede dejar de seguir el mismo programa punto por punto. Dicho de otra manera, el humor desmitificador que exhibe no la exime ni de la pereza narrativa ni de su falta de riesgo. Introducir un gag farrelliano o hablar abiertamente del pene de uno de los protagonistas de nada sirve cuando el filme acaba transitando por cauces acostumbrados de socorristas persiguiendo redes de narcotráfico y corrupción que quedan fuera de sus competencias. Sus héroes creen a medias en esas derivas de thriller descafeinado y playero, pero igual las siguen dirigiendo media sonrisa cómplice al espectador. Explotar la vis cómica de Dwayne Johnson o Zac Efron tampoco es garantía de nada si finalmente esta se pone al servicio de cansinos tópicos sobre los peligros de la individualidad y la loa a la solidaridad y el trabajo en equipo, máxime cuando ese discurso lo enarbola un relato tan poco interesado en transgredir los límites de lo ya dado. Lo que desprende esta película con mera vocación de comentario jocoso, por tanto, es una falta de fe en sus personajes o su narrativa, a los que renuncia para refugiarse al amparo que falsamente proporciona el reconocimiento de su propio sentido del ridículo. Saben bien cineastas mainstream tan sólidos como Peter Berg que incluso el argumento menos inspirado —como es el caso de su Battleship (2012)— puede dar pie a obras tan ligeras como llenas de convicción. No es el caso que nos ocupa. Gordon tiene escaso interés en exprimir las posibilidades del producto pop en cuestión, y el resultado acaba relegado al mismo rincón pasajero e intrascendente que la serie.

Exterminado el componente dionisiaco, despejada cualquier esperanza puesta en el relato, ¿qué nos queda? Una reafirmación inquietante. Un remake que prolonga la castidad a las puertas de placeres frugales, que dibuja cuerpos monumentales a los que niega el acceso, y en el que el único que acaba satisfaciendo sus deseos es el secundario patoso y extirpado de masculinidad (Jon Bass). Que el socorrista segundón acabe conquistando el amor y el cuerpo de la Venus de la playa (Kelly Rohrbach) nos invita a pensar hasta qué punto nos hemos sumergido en un reino utópico de promesas inalcanzables y hedonismo de postal. En un casto beso que da por resuelta la tensión sexual entre dos explosivos protagonistas (Zac Efron y Alexandra Daddario), lo que se acaba confirmando es la prolongación del conservadurismo de las ficciones neoliberales de antaño. Aquí, cualquier sospecha de corrupción sistémica es rápidamente aislada y neutralizada, y el discurso en torno a la necesidad de la colaboración acaba significándose en el mezquino reverso por el cual ningún individuo puede sobresalir más allá de su espacio asignado. En el hipertrófico cuerpo de Dwayne Johnson corriendo junto a la orilla, alfa incuestionable, el capitalismo indestructible encuentra su perfecto recipiente para seguir avanzando en las imágenes.