No hay lugar para los héroes

Hay situaciones en las que redactar un texto sobre una obra resulta especialmente difícil: la premura de una crónica periodística, el arrebato emotivo durante su visionado, la absoluta falta de referentes hacia el autor o el contexto en el que se ha elaborado la película… Aunque tal vez ninguna de estas situaciones resulta tan compleja como cuando el contexto en el que se exhibe es una guerra mediática entre fans y haters del director. Si además me identifico con un bando, el equilibrio entre la pasión y la objetividad resulta, cuánto menos, comprometido.

Christopher Nolan impresionó a todo el mundo con su segunda obra, Memento (íd., 2000). Sentó las bases de un nuevo cine de superhéroes con Batman Begins (íd., 2005) y sentó cátedra con El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008). Origen (Inception, 2010) deslumbró con su arquitectura argumental, pero su estructura de laberíntico concéntrico levantó ya algunas ampollas. El final de la trilogía de Batman (que aun siendo inferior a la anterior mantenía un gran nivel artístico) y las disquisiciones científicas de Interstellar (2014) dieron pie a una pugna de los fans y los haters, dividiendo a un público ansioso de bronca. No sólo por ello esperábamos pues con ansia (con temor también) el que parecía ser un giro en su carrera. También esperábamos Dunkerque para ver cómo adaptaba Nolan a esta historia sus elaboradas puestas en escena, por su grandilocuencia visual, por su deslumbrante imaginación para crear mundos que oscilan entre lo real y lo fantástico, por su indagación del subconsciente, del ego y de otros mundos… No podemos sentirnos decepcionados.

En 1940, tras una catastrófica campaña, las tropas nazis arrinconaron en las playas de Dunkerque a alrededor de 400.000 soldados aliados. Perderlos era perder la guerra. Pero invertir más tropas y medios para rescatarlas era un sacrificio ante los bombardeos de los Heinkel y Stuka y los torpedos de los U boot que también podía implicar la derrota definitiva. Gran Bretaña optó por un rescate tardío en la llamada Operación Dinamo en la que colaboraron naves civiles, más capaces de navegar hacia la playa en aguas poco profundas y que resultaban un blanco menos apetitoso para el Tercer Reich que los acorazados o destructores. Fue una derrota que se metamorfoseó en pírrica, dando pie a un propagandístico espíritu de Dunkerque, ensalzado por el famoso discurso de resistencia de Churchill, en pro de la unión de todo el reino, civiles, políticos y militares, para aumentar la resiliencia ante los nazis.

Leslie Norman plasmó la historia en Dunkirk (1958) mezclando las peripecias bélicas de un pelotón atrapado tras las líneas enemigas y las de unos civiles, en ambigua actitud hacia el conflicto, confluyendo todos en la playa y en el citado espíritu de Dunquerke. Belmondo dudó entre huir o enfrentarse a los nazis en Weekend in Dunkirk (Week-end à Zuydcoote, Henri Verneuil, 1964). Joe Wright usó efectos digitales para culminar el viacrucis del protagonista de Expiación, más allá de la pasión (Atonement, 2007) según la novela de Ian McEwan en un soberbio plano secuencia que retrataba la playa como si fuera un cuadro de El Bosco, con sus personajes y sus terrores.

¿Cómo podía trabajar el director de Origen e Interstellar este material? ¿Podía poner los pies en la tierra? ¿Qué ha ofrecido pues, finalmente, Nolan? Ciertamente, un cambio de registro, pues se ha ceñido a la historia de la evacuación. Y lo ha llevado a cabo sin superhéroes, trucos mágicos ni viajes por otras dimensiones. En Dunkerque hubo hombres a las puertas de la muerte que se asieron angustiados a la esperanza de un escape in extremis. Y eso es, precisamente, lo que Nolan ha querido recoger en sus imágenes. Cuenta en las entrevistas que la fascinación que le producía este episodio histórico se acrecentó cuando leyó historias diversas de algunos supervivientes y, de modo muy especial, cuando comprendió que todo el suceso se desarrolló durante más de una semana en varios kilómetros de playas, dando pie a toda una comedia humana de ambiciones, envidias, traiciones, amistad, heroísmo, terror y solidaridad, según los casos y las experiencias individuales. Ya no cabe espacio para los superhéroes, ni tan solo para los héroes.

Christopher Nolan explica que vivir una guerra es su mayor temor y que respeta a todos aquellos que la vivieron, que respeta la búsqueda de supervivencia y entiende que, en el caso de Dunkerque todo ello se vivió de modos muy distintos por aquellos que sufrieron alrededor de una semana en la playa, un día en alta mar o unas horas de combate. El riesgo radicaba mayormente en emplear la escenografía, sus queridos 70 mm (o IMAX) para narrar minuciosamente la evolución de los hechos según las experiencias vividas por diversos personajes.  Era la estrategia seguida por obras tan mastodónticas como, entre otras, El día más largo (The Longest Day, Ken Annakin, 1962),  La batalla de las Árdenas (Battle of the Bulge, Ken Annakin, 1967), La batalla de Inglaterra (Battle of Britain, Guy Hamilton, 1969), Tora!, Tora!, Tora! (íd., Richard Fleischer, Kinji Fukasaku, Toshio Masuda, 1970), Un puente demasiado lejano (A Bridge Too Far, Richard Attenborough, 1970) o La batalla de Midway (Midway, Jack Smight, 1976). Productos de gran metraje, gran pantalla, grandes estrellas y gran aburrimiento. Nolan ha conseguido la pirueta de sintetizar las tramas en menos de dos horas de película, hacerlas comprensibles y transmitir una sensación constante de angustia y tensión, ésta si, nada ajena a su cine. Se vale de tres tramas principales y media docena de personajes (en su mayor parte interpretados por actores desconocidos) que se entrecruzan en una singular y brillantísima estructura, manteniendo también aquí otra de las constantes de su cine.

Dunkerque arranca con una suerte de prólogo, una auténtica set piece de tono onírico, en el que una patrulla británica recorre las calles vacías de la población costera mientras caen amenazadores panfletos nazis. Cuando irrumpen los disparos enemigos, se materializa sensación de amenaza de un enemigo tan omnipresente como invisible (nunca veremos una figura o un rostro alemán) y Tommy, encarnación de la supervivencia, escapa al último reducto. Tommy y la propia playa de Dunkerque, los dos protagonistas principales de la película, un soldado varado en una inmensa cárcel llena de condenados a muerte. Allí, en pleno acto fisiológico, Tommy encontrará a Gibson, una suerte de alter ego, tercera constante nolaniana, (junto a las citadas estructura peculiar y tensión permanente) con el que compartirá su epopeya hasta los últimos instantes. Ni uno ni otro son héroes, simplemente pugnan por sobrevivir.

Nolan salta al segundo tiempo cinematográfico y nos presenta al Sr. Dawson, Peter y George embarcando en una misión civil de rescate a bordo de su pequeño barco. Un segundo salto nos llevará de la tierra y el mar al aire, al trío de Spitfire que van a cubrir la misión. Nolan construye con su habitual brillantez la historia global de los cientos de miles atrapados en Dunkerque y de los miles de marinos, civiles y soldados que acudieron al rescate  mediante el consecutivo cruce de tres historias particulares. Tres historias que se desarrollan en diferentes tiempos, una semana para los soldados atrapados en la playa, un día para los civiles que navegan al rescate, una hora de vuelo para los pilotos de la R.A.F. Sus itinerarios van, inevitablemente, a confluir en un instante concreto en las playas francesas.

Es tal concepción la que permite cruzar la presencia de unos y otros en distintos puntos del tiempo y del espacio. Antes del final, la trayectoria de los personajes coincide en diversas ocasiones (en el vuelo del Spitfire sobre el Moonstone de Dawson en tres momentos diferentes). Una estrategia narrativa que va más allá de la filigrana del montaje (impecable, por supuesto) para recalcar cómo las decisiones de unos influyen en la suerte de otros. Un cruce de itinerarios que nos permite ver como la solidaridad (el itinerario de Tommy y Gibson), la profesionalidad (Ferrier, el piloto, el comandante Bolton) o el heroísmo (el joven George) equilibran el egoísmo, la incapacidad o la cobardía (encarnados por el personaje aterrorizado encarnado por Cilllian Murphy o por el agresivo personaje interpretado por Harry Styles). Un montaje que no se permite moralina ni juicios políticos, sino que saca a relucir la arbitrariedad de nuestro mundo, la futilidad del heroísmo y la voluntad de supervivencia del ser humano.

A todo ello hay que añadir la combinación entre los efectos digitales (bombardeos continuos y naufragios repetidos) y el uso de cientos de naves reales, que da una consistencia a las imágenes de realidad. Otra impresionante (estresante) banda sonora de Hans Zimmer, basada en una pieza de Elgar y salpimentada con el continuo tic-tac de un reloj marca la película entera. Con todos los recursos citados, Christopher Nolan consigue sumergirnos, literalmente, en la batalla, sobre la bombardeada arena de la playa, en las aguas del Canal junto a la agonía de algunos personajes y concentra la emoción en 105 minutos sin renunciar al espectáculo ni a sus constantes autorales. Dunkerque se sitúa más allá, por encima, de las crónicas de playas rojas y puentes lejanos, aunque si algo hay que lamentar es una frialdad excesiva.

Tal vez, siendo objetivos con Nolan y con sus haters, hay que reconocer que tanta precisión narrativa y la diversidad de puntos de vista le restan emotividad y Dunkerque no supera otra obra de mensaje similar, contada ya hace años por un olvidado maestro.  El único vencedor de la guerra es aquel que la sobrevive. Nos lo había dicho, en formato más clásico, un viejo diablo en Uno rojo, división de choque (The Big Red One, Samuel Fuller, 1980)… Aunque, por supuesto, en pleno siglo XXI tenemos que medir Dunkerque por otros parámetros y seguro que reivindicar ahora una obra de cine narrativo moderno  disgustará aún más a los haters post-post modernos.