Tanna, de Martin Butler y Bentley Dean

El paraíso… ¿perdido?

Romeo y Julieta en Vanuatu

Se puede vivir en el paraíso y estar en el infierno. En la pequeña isla de Tanna, cerca de Vanuatu, hay una tribu, los Yakel, que persiste en su modo de vida tradicional, que mantiene su cultura, evitando un progreso que le es espacialmente próximo (en la costa opuesta de la isla), evitando la degradación de la tierra y la contaminación los manantiales y disfruta de los productos de una Naturaleza que les cuida y a la que respetan con conciencia medioambiental. No estamos en la época de Cook o de la Bounty, aunque se preserva la memoria de aquellos tiempos, cuando llegaron los hombres blancos. La tribu, no obstante, se mantuvo fiel a sus principios y sigue preservando sus costumbres, sus antiguas normas, el Kostum. El Kostum, que rige a las diferentes tribus de la isla, la tradición ancestral que organiza su sociedad y que, no obstante, limita sus decisiones. El Kostum, necesario, inherente a ellos, aunque rígido y castrante. El Kostum, que separa a dos amantes puesto que un compromiso solemne, acordado entre tribus, determina el enlace de una joven con un representante de una tribu rival para preservar la paz. El Kostum transforma entonces el Paraíso en una cárcel, en un infierno, en el que el amor carece de sentido y dónde el libre albedrío queda supeditado a los intereses de la comunidad.

Estamos en los años ochenta y estamos, también, en la actualidad. En los ochenta, tan solo hace tres décadas, tuvo lugar una singular historia de amor al estilo de Romeo y Julieta. Su trágica historia pervive hasta hoy en forma de canción tradicional. Los emotivos hechos obligaron a los patriarcas de las dos tribus a replantear las viejas normas. En 2015 la leyenda es reproducida en cine, interpretada por los descendientes de aquellos personajes y dirigida y producida por occidentales que convivieron con ellos durante ocho meses. Tanna es, por una parte, el testimonio de un mundo idílico que tuvo capacidad de adaptarse a nuevos tiempos, aunque fuera demasiado tarde. Es por otra, el testimonio de una comunidad que mantiene sus tradiciones y sabe convivir con el mundo occidental. El resultado es una obra que supera la sensación de déjà vu mediante bellísimas imágenes y una insólita sensación de naturalismo. Martin Butler y Bentley Dean han conseguido captar el día a día, el modus vivendi y la integración de tribu y naturaleza con unas imágenes próximas al documental: la preparación de la fiesta, el baño de las mujeres, el paseo por la selva (dónde Selin, como si nada, se come un insecto)… El estatismo de las secuencias de grupo o los saltos narrativos durante la acción final quedan superados por las impecables interpretaciones que sólo se entienden como resultado de un proyecto comunitario, sentido por la propia tribu, más allá de los intereses y orientaciones de producción y dirección.

Innisfree

Sin embargo, más allá de la belleza palpable en sus imágenes o de la admiración que pueda suscitar el esfuerzo comunitario, tras el visionado de Tanna surgen diversas dudas en torno al efecto que la producción de la película haya podido tener sobre los nativos (dando por hecho, claro está, que es cierta la información facilitada en el sentido de que hoy en día se mantiene la misma dinámica tribal que vemos en la película). Y se podrían mezclar en la discusión diversos referentes, algunos clásicos, como la manipulación de la realidad que Flaherty utilizó con los esquimales, a los rodajes de películas de aventuras que Jean Rouch hizo en Africa con africanos o a referentes más próximos.

El más cercano sería la fascinante Socotra, la isla de los genios (Jordi Esteva, 2016), una obra ignorada que constituye sin embargo una de las mejores opciones del documental de los últimos años. Una visita a un lugar tan remoto como fabuloso (en el sentido literal) que mezcla en documental de viajes con los propios cuentos fantásticos narrados por los porteadores que acompañan al equipo de rodaje y que tienen numerosas coincidencias con los de Las mil y una noches. Una fusión de realidad y fantasía plenamente lograda, al mejor estilo de Werner Herzog, en la que los nativos del lugar participan integrando su cotidianeidad (tanto laboral como de tradición oral) sin ser utilizados como comparsas ni cambiando identidad. Una obra tan creativa como respetuosa con el contexto.

Está también la reciente Kalo Pothi, un pueblo de Nepal (Kalo Pothi, Min Bahadur Bham, 2015) en dónde autores locales recreaban la historia de dos niños en una zona remota del Nepal de hace un par de décadas.

Y, reflexionando sobre pros y contras de rodar en países lejanos, tenemos la frustración que se refleja en Mapa (Elías León Siminiani, 2012), dónde el director se angustia por el enfrentamiento entre el deseo de rodar el exotismo y la sensación de violar intimidades, de cambiar realidad, de introducir en lo filmado una falsa realidad. Algo que plantea y sobre lo que desarrolla su trabajo, en sentido opuesto, Los pasos dobles (Els passos dobles, Isaki Lacuesta, 2011). Lacuesta crea una obra nueva a partir de orígenes que resultan tan complementarios como enriquecedores, fusionando la tradición oral indígena con los esquemas del cine de aventuras hollywoodiense, dando pie a una obra rica en su mestizaje, abierta a múltiples lecturas.

Retrocediendo más, encontraríamos una otra obra seminal, la experiencia de Innisfree (José Luis Guerín,1990) enfrentando a una comunidad con sus recuerdos, con una suerte de leyenda local, transmitida durante tres generaciones, en torno a las anécdotas del rodaje de El hombre tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952). Guerin hurga en las imágenes de la memoria, las complementa con la proyección pública de la película y funde realidad y cine, personajes reales y ficticios, actores y testimonios. Innisfree se permitía estructurar lo que había sido hasta entonces una tradición oral en una obra de arte, a la vez documental de un entorno y consolidación de un conjunto de anécdotas que se acabaran configurando en una única leyenda de tradición popular.

Las dudas acerca del efecto de Tanna en la comunidad surgen por el origen de la propuesta. Si bien la recreación es próxima al experimento que hizo Guerín, no había en este caso riesgo alguno de choque cultural, puesto que comunidad y producción tenían orígenes similares. En al caso de Lacuesta, por el contrario, se buscó precisamente el contraste, para obtener un resultado nuevo. En Khalo Poti producción, interpretación e historia comparten identidad. En Tanna, sin embargo, Butler y Dean son dos foráneos que recogen una leyenda local. Es en este choque de identidades, en esta representación de la realidad dónde surge la sospecha… Si tan “virgen” es la comunidad, tan alejada de la otra orilla en cuanto a preservación de costumbres o modo de vida, ¿no ha afectado en absoluto el rodaje? Tras unos meses de preparativos, con un equipo mínimo, han expuesto a unos “alienígenas” sus credos. Tal vez no sea tan desestabilizador. Pero tras el rodaje, parte de la tribu (aquellos que tuvieron roles protagonistas) tomaron múltiples vuelos para acompañar la presentación de la película en Venecia y Estados Unidos… ¿No cambia ello el destino, no sólo de algunos, sino de la comunidad? Quizás no sea así. Quizás la tribu Yakel pueda mantenerse tras un rodaje y la promoción consiguiente (Tanna ganó el Premio del Público en el Festival de Venecia y fue nominada para representar a Australia en los Oscar) pero tal vez merece la pena un nuevo documental en un par de años, al estilo de Innisfree, para valorar los efectos que la experiencia haya podido tener sobre la comunidad y saber si los límites entre el cine y la realidad todavía se mantienen y para saber si la vida indígena sigue preservada o fue, definitivamente, cambiada mediante el cine.