Familia y cine: una especie de fragilidad

Algunas de las películas proyectadas en el 65 Festival de Cine de San Sebastián mostraron una fijación por escudriñar el tema de la familia como frágil construcción social. Una especie de familia (Diego Lerman, 2017), film argentino sobre adopciones ilegales, acompaña a una radiante Bárbara Lennie, obstáculo tras obstáculo, en su lucha incondicional por formar una familia. El guion de Lerman, ganador de la Concha de Plata, lleva a sus personajes hasta los recodos más oscuros pero les ofrece a la vez la oportunidad de lograr su propia catarsis y (una especie de) luz al final del túnel, sin que ello signifique salir de los márgenes de su propia miseria. Se trata de una decisión autoral, la del final feliz relativo, que aporta ternura al estilo crudo y realista del resto del film y que lo acerca a otra película argentina del festival, Alanis (Anahí Berneri, 2017). Es además, un recurso que Lerman ya exploró en su anterior trabajo, Refugiado (Diego Lerman, 2014), con el cual comparte también temas como la mujer en aislamiento, la fuga o la psicosis.

Si Una especie de familia retrata personajes que ven la formación de la familia como una necesidad, un fin que justifica los medios, la griega Love Me Not (Alexandros Avranas, 2017) presenta una lógica inversa, un macabro juego de intenciones que arranca con una premisa engañosa —una pareja que contrata a una madre de alquiler— para revelar una realidad mucho más perversa, relacionada con la avaricia y las apariencias. Y es que Avranas no quiere hablar tanto de la familia como de la violencia, siempre la violencia —no en vano su ópera prima lleva por nombre Miss Violence (Alexandros Avranas, 2013)—, un tema que trata con morbo y gratuidad y con una extrema fijación en la mujer como objetivo de las vejaciones. Love Me Not pretende castigar la avaricia en una sociedad individualista, pero acaba hostigando solo a la mujer y aplicándole una pena que tiene más que ver con su género que con los actos que le llevaron a ser escarmentada.

De apariencias e hipocresía quiere hablar también la nueva de Michael Haneke, Happy End (2017), que retrata la decadencia de una robótica familia burguesa del norte de Francia. El realizador austríaco busca una polémica que no logra, pues lo hace con una historia dispersa que toca varios temas sin explotarlos del todo y que tal vez solo se salve por el tierno personaje del abuelo, las constantes autorreferencias a la preciosa Amor (Amour, Michael Haneke, 2012) y la hilarante (y agridulce) escena final.

Pororoca (Constantin Popescu, 2017)

Pororoca (Constantin Popescu, 2017)

La rumana Pororoca (Constantin Popescu, 2017) explora la caída en desgracia de una familia perfecta que ya ha logrado construir esa institución social que es para unos fin y para otros medio. La desaparición de una de las hijas en una tranquila mañana en un parque infantil hace descender a los infiernos, durante dos horas y media, al progenitor que debía estar a su cargo. La escalofriante interpretación de Bogdan Dumitrache (Concha de Oro al Mejor Actor), solo ante la culpa y atrapado en una espiral de violencia, y la precisa dirección de Popescu —que destaca sobre todo por el plano secuencia inicial en el parque pero que mantiene la tensión durante todo el film— hacen de Pororoca una experiencia desgarradora que se pega en la piel días después de su visionado.

De la pérdida de una hija, a la pérdida del compañero de vida: La Doleur (Emmanuel Finkiel, 2017) narra el via crucis emocional de la escritora francesa Marguerite Duras en el final de la Segunda Guerra Mundial mientras espera a que su marido vuelva de la guerra. El director se aparta del relato realista y hace uso de una fotografía difuminada, un montaje fragmentado y una (a ratos excesiva) voz en off para contarlo todo a través de la memoria fatigada de la protagonista. Una decisión coherente con la fuente original: unas memorias que Duras aseguró haber encontrado en un cajón y no recordar haber escrito jamás.

Handia (Jon Garaño y Aitor Arregi, 2017)

Handia (Jon Garaño y Aitor Arregi, 2017)

Handia (Jon Garaño y Aitor Arregi, 2017), historia épica sobre un gigante en el siglo XIX y el hermano que lo lleva de gira por el mundo, se presenta como una superproducción “a la vasca” con efectos visuales apabullantes, grandes localizaciones y una fotografía y banda sonora grandilocuentes. Sin embargo, los directores no han perdido en el camino la sutileza que los hizo inmensos en Loreak (íd., Jon Garaño y José Mari Goenaga, 2014): Handia quiere ser ante todo una historia humana sobre dos hermanos que se quieren; sobre ascenso y caída; y sobre lo grotesco de la ambición en jaque con lo supuestamente grotesco en el aspecto físico. Como telón de fondo, la pérdida (y constante búsqueda) de la figura materna: los potentes personajes femeninos de Loreak y En 80 días (80 egunean, Jon Garaño y José Mari Goenaga, 2010) están ausentes en Handia pero su carga psicológica en la trama es igual de (o más) importante.

El punto de humor en la temática familiar lo pone la desternillante Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón, 2017). El documental sumerge al público en el mundo de la extravagante Julita, matriarca de la nada convencional familia de Gustavo Salmerón, director del film. Además de comprimir en hora y media una sucesión de escenas a cada cual más surrealista, la película da una lección de humanidad y honestidad. Salmerón logra hacer una de las comedias más divertidas de los últimos años y le da tiempo a retratar, a lo largo de catorce años y cámara casera en mano, a la sociedad española desde la crisis económica, las dinámicas familiares, la muerte o la memoria histórica.