Últimos días en Aceredo

Las grabación doméstica siempre ha tenido la pretensión —edificada por las clases medias que podían permitirse ocio y verano— de perpetuar los momentos de la vida que se salían de lo cotidiano, creando así un presente constante de diversión y felicidad familiar. En nuestras propias grabaciones de infancia nos reconocemos en los momentos más felices pero también los más triviales: navidades en casas familiares, baños en la playa… El deseo de crear un documento visual que nos sitúe a la altura de estrellas de cine es palpable. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo veinte, este acceso al material de grabación no sólo apeló a las clases medias sino que acabó generando toda una revolución contra-burguesa. El manifiesto por un cine militante en Mayo del 68 llamó a la toma de la cámara como arma política. La experiencia personal pasó a ser material de lucha y los recuerdos, testimonio de una opresión: ya no se graba el ocio, sino la resistencia.

Os días afogados hereda la tradición militante más castiza. Los habitantes del pueblo gallego de Aceredo luchan contra el éxodo rural forzado al que les somete una empresa portuguesa que busca lucrarse anegando su valle y hundiendo su aldea bajo las aguas. La construcción del embalse de Lindoso une a la comunidad que coge sus cámaras y comienza a grabar la opresión, la desaparición de un pueblo pero también de una forma de vida. No en vano las mujeres de Aceredo explican a los reporteros que, en la gran ciudad, ellas pasarían a ser muebles inertes y sin vida encerrados entre las paredes de un apartamento: las relaciones tejidas entre familias durante décadas estaban a punto de desaparecer.

La película, de poco más de hora y media, mezcla grabaciones originales de los años noventa con material actual sobre los habitantes del pueblo. Pretende así contraponer la fuerza de los inesperados activistas de Aceredo con la tranquilidad marcada por la tragedia que dejó en los ancianos la inundación.  Se presentan así tres realidades alternativas: la primera es la concebida por los ciudadanos, la sesgada en base a las experiencias personales pero que cuenta con una fuerte carga de lo íntimo; la segunda es la ofrecida por los medios de la época —en las grabaciones domésticas se muestra en numerosas ocasiones la actividad de cámaras de televisión que dan su propia visión de la situación de Aceredo— que constituyen un documento del tratamiento de las clases populares en los informativos en los noventa; la tercera, la protagonizan Cesar Souto y Luis Avilés, realizadores, como representantes de la televisión actual y como redentores de los medios postfranquistas: la huella de los directores gallegos es inapreciable en la acción, al contrario, ambos desaparecen dejando paso a la voz de aquellos ancianos que realmente vivieron la construcción.

El material, de fuerte contenido etnográfico, que los originarios de Aceredo documentaron en su tiempo se combina con las mencionadas grabaciones en presente de sus mismos habitantes. A pesar de la excelente labor de la editora —Cristina Liz Gaña— la verdadera acción reside en los archivos históricos y son las grabaciones actuales las que quedan fuera de lugar disminuyendo el interés del espectador. Quizás es la misma mirada certera de Liz Gaña a la hora de montar el material de archivo la que genera en el espectador la sensación de que estas grabaciones históricas se sostenían por sí solas sin necesidad alguna de la inclusión del material a modo de epílogo firmado por los directores. La mezcla del archivo con la actualidad dota al documental de una dimensión televisiva que le roba parte de su fuerza y hace que decaiga en su faceta de reportaje.

El material de los noventa deja tras de sí escenas peculiares que testimonian la relación de toda una generación con la democratización del video. Los habitantes de Aceredo parecen tener aprehendidas las peculiaridades de la actuación ante la cámara o los planos fílmicos: hombres que predicen el tiempo con pose y términos meteorológicos en la cotidianeidad de una comida familiar, o ancianos que mantienen una pose inerte a la espera de un cámara que les dé la señal para entrar en plano; primeros planos cuando la expresión es lo central,  planos medios cuando prima el contexto, generales para el embalse… La cámara y la representación cinematográfica están ya arraigadas en la sociedad española de los años noventa y así lo refleja el documental.

La historia de Aceredo dibuja tras de sí un eje de tensión que asciende poco a poco dejando al espectador sin herramientas de análisis ante la lucha de la propia tierra. La sombra del embalse subyace en la cotidianeidad de la fiesta popular, donde los más ancianos enseñan bailes tradicionales a los más jóvenes. La sombra del embalse está presente en las pequeñas presentaciones de los habitantes de Aceredo bien a través de sus comentarios, bien a través de lo que callan. El embalse se convierte ya en una realidad material cuando las mujeres gritan a las cámaras de televisión defendiendo sus derechos. Y cuando se concentran alrededor de los juzgados y plantan cara a la guardia civil. Y cuando componen canciones de lucha política, en huelga de hambre, que expresan toda la dignidad de un pueblo. Pero cuando más presente se vuelve la amenaza es cuando el agua se hace visible, cuando hombres y mujeres salen de sus casas con muebles a cuestas y los zapatos empapados, huyendo del furioso torrente fruto del cierre de las puertas del embalse. Esta escena nocturna en la que los gritos tapan cualquier indicio de palabra comprensible supone el punto más álgido del film. Tras él, la película no puede sino dejar paso a la serenidad de la pérdida. La vida tras el pueblo que se ahoga. La migración a otras patrias.

Los vecinos de Aceredo siguen volviendo —al modo de Joaquim Jordà (Veinte años no es nada, 2004), veinte años más tarde— a rememorar su pueblo donde éste solía estar. Esperan a las épocas de sequía cuando aún se pueden ver los tejados de las casas más altas y así consiguen hacerse un plano mental de lo que era la aldea. Señalan las mismas casas en las que vivieron durante años, se ríen por un momento. Al final, el recuerdo pesa más que la curiosidad y los ancianos, arrepentidos de su osadía de visitar de nuevo el embalse, vuelven a sus casas dejando enterrado un pueblo que, como muchos en España, desapareció entre las aguas para siempre.