La mala educación de las películas

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Es desagradable tener que escribir mal de una película cuando se intuye el tremendo esfuerzo que hay detrás de ella. Más todavía al contemplar el cuidado con el que se han compuesto ciertas imágenes, o la respuesta razonablemente favorable con que la taquilla recompensa las aproximaciones al género fantástico en nuestro país. Pero, a veces, es necesario tomar la película como antagonista para poder reivindicar la posibilidad de un diálogo más inteligente entre cine-espectáculo y espectador.

En primer lugar, hay un problema de base cuando un creador no confía en su público. No confía en la inteligencia media de esos anónimos seres humanos que pagan su entrada y se dejan caer en la butaca, pongamos, un sábado por la tarde. A estas alturas uno ya sabe a los cinco minutos de la proyección si el film piensa —porque los films, en efecto, piensan— que su interlocutor no es brillante, no sabrá atar los cabos o se quedará perdido a mitad de camino. Al igual que ocurre con el diálogo entre humanos, una película se hace merecedora de nuestra admiración cuando refuta, sorprende, argumenta, emociona, nos pone en duda.

Ahora bien, en las proyecciones ocurren cosas asombrosas —otro motivo, aunque sea tangencial, para reivindicar siempre el visionado en sala y con público—. Por ejemplo, en El secreto de Marrowbone, a los quince minutos de comenzar la película, durante la primera escena de amor —insoportablemente forzado— entre los dos protagonistas, toda la fila cinco de mi sala —yo siempre me siento en la fila seis—, compuesta por adolescentes y tardoadolescentes —en principio, el público objetivo de la película— saca el móvil y se pone a consultar pacientemente el whatsapp y a mandar besos, flamencas, mierdas con ojos.

Podría hacer la —por otra parte— proverbial crítica apocalíptica sobre la mala educación del público y su falta de respeto en la sala. Pero, por una vez, me van a permitir hacer un ejercicio de humildad y sospechar que todos esos adolescentes son, en el fondo, mejores críticos y analistas que yo mismo. A los quince minutos han decidido, silenciosamente, en un gregario pero clarísimo acuerdo tácito, que la película no les interesa en absoluto. Pasarán más tiempo de proyección mirando su teléfono que mirando la pantalla de cine. La explicación, en este caso, se me antoja clara: saben que la película les toma por imbéciles, que les ha robado nueve euros, y que al final, probablemente, forzará un truco de magia para intentar sorprenderles.

Y claro, jaque mate.

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Toda la película está dividida entre la tensión de engañar al espectador (preparando una gran sorpresa final, inscrita incluso en el título: un “secreto” vinculado a la esfera de lo familiar) y el pánico por explicarle después, largo y tendido, que lo que ha visto tiene sentido y no es, en fin, el desliz de un guion escrito demasiado rápido y sin posibilidades de cierre. Podría ponerme pedante y decir que, desde el análisis narratológico la cosa ya huele a chamusquina desde el comienzo: basta con pensar en la gestión del punto de vista (de los tres hermanos, únicamente uno puede hablar con otros personajes “del mundo exterior”), en los trucos forzadísimos de la puesta en escena (entradas de personaje en plano desde posiciones sin sentido, movimientos de cámara —como en la escena de la bañera— para hurtar y ofrecer datos contradictorios), y sobre todo, el truco del vendedor de crecepelos profesional: no saber cómo cerrar una escena y, en fin, todo era un sueño. Todo eso no resulta especialmente insultante —si acaso, simplemente poco inspirado—, si no fuera porque al final la película incorpora una desesperante explicación de diez largos minutos que incluye, aunque no lo crean, un señor mayor haciendo de psicólogo con bata blanca y voz cavernosa. En 2017, quiero decir.

Luego el problema no es querer jugar a hacer una mezcla entre El club de la lucha (Fight Club, David Fincher, 1999) y Suspense (The Innocents, Jack Clayton, 1961), sino diseñar todo el planteamiento argumental no como un secreto —que es lo que propone el título—, sino como una abierta mentira contra el espectador y, posteriormente, preparar una papilla de escenas explicativas que bajarnos por el gaznate por si alguien, en un acto de absoluta lógica, decide pegarse una pequeña y reparadora siesta de, digamos, noventa minutos de metraje. Pero hay algo más.

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Decía antes que resulta desagradable tener que hablar mal de una película, porque en general las películas tienen esfuerzo, amor y expectativas. Sin embargo, lo que me ha llevado a rematar el texto no es tanto el aburrimiento —uno, afortunadamente, no tiene que escribir de todas las películas con las que se aburre—, sino el problema ideológico, casi diría ético, de su conclusión.

La película, que a veces quiere ser un cuento de hadas, cierra con la redención de un enfermo mental por la vía del amor romántico. La chica guapa de turno —una Anya Taylor-Joy que podría postularse como seria aspirante al Razzie de este año— decide que la fuerza de su límpido amor sin trabas puede mantener feliz y operativo a su enamorado —sumido, a su vez, en un delirio constante—. La cosa sería de mofa si no fuera, en el fondo, de un peligro desgarrador. Desde luego, desconozco si alguno de los miembros del equipo se ha acercado alguna vez a un enfermo mental. Esto no tiene nada que ver con la broma de Deleuze y Guattari cuando afirmaban que nunca se habían enfrentado con un auténtico esquizofrénico para escribir el AntiEdipo. Pero hay que tomarse muy en serio cuando una película de horror cierra su trayecto proponiendo la supresión de la medicación y la (ultramachista) abnegación de una señorita para mantener un delirio, se supone, hasta que la muerte les separe.

Y aunque sea mirando de refilón al Dolan de Mommy (2014) hay que volver a dejarlo escrito: el amor no salva de la enfermedad mental, ni las curas milagrosas de la autoayuda y el bienestar sirven para tratar con éxito las disociaciones y las psicopatologías. La visibilización de la enfermedad mental en la gran pantalla —repito, en pleno 2017— no puede clausurarse con un gesto de cuento de hadas, por mucho que la película intente respirar ese hálito romántico y bobalicón de fantasía light adolescente. Digámoslo claro: la lucha del familiar, del cuidador, del amigo que se mantiene al lado del enfermo es realmente la película que debe contarse, y con el respeto y el cuidado que la problemática exige. Cuando G. Sánchez cierra ahí su película, en el umbral de la enfermedad mental y el cuidado, comete el mayor pecado que pueda imaginarse, y no es —queda dicho— tomarnos por idiotas. Es sublimar y culpabilizar negativamente a aquellos familiares que, con todo su amor —un amor que nada tiene que ver con traumas de diván barato ni retornos de padres asesinos— se enfrentan cada día con sus manos —y con la ayuda de equipos médicos que saben manejar la ayuda psicofarmacológica y las también necesarias terapias alternativas— el problema concreto de la esquizofrenia, de la angustia, de los trastornos de la personalidad. Ellos se merecen otro lugar en el relato, y no un fundido a negro.

En fin, la película termina y mis adolescentes de la fila cinco se guardan sus móviles y salen del cine tirando las cocacolas vacías en el cubo de la basura. Quizá no sean tan maleducados. Quizá tengan más suerte con sus próximos nueve euros.