En plena guerra carlista, la abuela de una familia vasca profetiza que caerá la noche sobre el caserío y bajarán los lobos a cazar humanos, pero ese mismo día sus nietos se han encontrado con una cría de lobo y la han hecho suya. Así, el cambio viene a por ellos, tal y como lo anunció la abuela, pero lo hace en forma de recién nacido, lentamente, sin que nadie pueda tener tiempo de prepararse: Martín recibe una llamada a la guerra y una mano herida; Joaquín, una anomalía que hace que el cuerpo no pare de crecer. El primero sufre la decadencia y el segundo, la efervescencia. Fracaso y éxito.

El cuento del gigante

Es una deliciosa ironía que tanto el título como el hilo argumental escogido por los chicos de Moriarti para su nueva película apele a la grandeza —handia significa “grande” en euskera y el film cuenta la historia real de un gigante vasco en el siglo XIX—, teniendo en cuenta que hasta ahora el mantra cinematográfico de la productora giraba en torno a la belleza en lo diminuto: Loreak (íd., Jon Garaño y José Mari Goenaga, 2014) era un ensayo intimista sobre el duelo y la soledad donde un (aparentemente) inofensivo ramo de flores enviado cada día a la misma casa trastocaba la vida de tres mujeres; En 80 días (80 egunean, Jon Garaño y José Mari Goenaga, 2010) contaba una historia de amor lésbico entre dos señoras mayores que se reencuentran en un hospital tras décadas sin verse; y el documental Lucio (íd., Aitor Arregi y José Mari Goenaga, 2007) recogía la vida de un estafador anarquista navarro a través de cotidianas conversaciones en su casa de París.

En su nuevo proyecto, el trío Garaño-Arregi-Goenaga ha vuelto consciente de la responsabilidad que supone hacer cine en euskera: son pocas las películas que se producen en esta lengua y aún menos las que consiguen un circuito relativamente comercial —normalmente una al año—. Los últimos ejemplos notables desde Loreak han sido la comedia social Ranas (Igelak, Patxo Telleria, 2016) y la alegoría intergeneracional Amama (íd., Asier Altuna, 2015), aunque Loreak es la película que supuso un antes y un después en la percepción estatal y mundial del cine euskaldun, con presencia en San Sebastián, en los Goya y en la carrera a los Oscar.

Para este regreso tan esperado por público y crítica, la vía a tomar por los cineastas ha sido la de la superproducción “a la vasca”. Un giro sorprendente pero muy acertado que ha querido aprovechar la carta blanca que les sirvió el éxito de Loreak para realizar la película más espectacular que han podido. Y lo han logrado. La ambientación cuidada al milímetro, los exteriores naturales y los apabullantes efectos especiales, fotografía y banda sonora hacen de Handia una propuesta formal radicalmente opuesta a lo ofrecido hasta ahora con la que sus directores han logrado poner el euskera en la primera fila del cine de 2017.

El cuento de la madre

Sin embargo, si hay algo en lo que Handia quiere reafirmarse constantemente es en que se pueden hacer grandes producciones sin sacrificar calidad en el arte de contar historias. Handia es tan sutil como Loreak a la hora de presentar las relaciones entre los personajes, especialmente entre los hermanos Martín y Joaquin Eleizegi pero también entre estos y su padre, el patriarca del caserío. La evolución psicológica se cuece a fuego lento aunque, a diferencia de Loreak, esta película da mucho peso a la acción, a los ires y venires de los protagonistas por el mundo, buscando realizar una crítica al frívolo mundo del espectáculo y a la monetización de lo diferente. De nuevo, la razón de dar tanto peso a esta parte es más una muestra de todo lo que los cineastas de Moriarti pueden hacer, aunque eso perjudique al ritmo de la película, que sería más redonda con media hora menos de duración y centrándose más en los personajes que en el espectáculo.

No solo la trama de los hermanos se dispersa con tanto trajín, también la correspondiente al personaje de Maria, la pretendienta de los hermanos, uno de los personajes más desaprovechados. Y es que, a diferencia de Loreak o En 80 días, el peso de la trama recae aquí exclusivamente sobre personajes masculinos, pues la familia Eleizegi carece de una figura matriarcal que les guíe en los momentos difíciles. La ausencia de la madre tiene una carga psicológica tremenda en Martín y Joaquín, que sin darse cuenta estarán constantemente en búsqueda de una figura materna que lidere la gestión del caserío. Este interesante punto de vista, que resalta la crisis de la masculinidad de los Eleizegi —la masculinidad entendida como objeto de grandeza y poder en el siglo XIX— pasa sin embargo a un segundo plano al servicio del cuento sobre ascenso y caída del gigante.

El cuento de la fama

Handia conmueve cuando se adentra en las catacumbas del éxito. En la primera mitad nos hace testigos del dinero, las ostentosas vestimentas y los contactos con las altas esferas. En la última parte, décadas después del inicio de las aventuras de los Eleizegi, se nos muestra a dos hermanos achacados por la edad y presos de un excéntrico estilo de vida de circo y farándula que les impide echar raíces en algún lugar. La soledad, que ha estado con ellos siempre, se hace ineludible. Es este, sin embargo, el único modo de vivir que conocen, el de carromato y manta, el de Martín impresionando a un grupo de curiosos que puedan pagar su supervivencia los próximos días, el de Joaquín escondiéndose del mundo para no arruinar la magia de ver al gigante por primera vez, aun cuando ya nadie quiere ver al gigante. Se trata de una incansable lucha por seguir adelante que parte el corazón, sobre todo porque Garaño y Arregi logran dotar a esas pobres almas de una dignidad inagotable incluso al final, cuando no les queda nada salvo ellos mismos, la nieve cayendo del cielo y la tierra bajo sus pies. Al fondo, un lobo causa una última piedra en el camino, el mismo lobo que al inicio de la aventura profetizó los cambios constantes que acecharían a los Eleizegi, y que ellos nunca pidieron. Ya lo dijo su abuela: caerá la noche sobre el caserío y bajarán los lobos a cazar humanos. Joaquín, viejo, canoso y enfermo, aceptará el cambio como poder inmutable y abrazará a su hermano y a la muerte como último reducto. Un tren pasará por al lado del caserío. El cuerpo de Joaquín desaparecerá, tragado por la naturaleza. Y vuelta a empezar.