Blockbusters en guerra: Marvel, DC y el futuro del cine de superhéroes

En el rumbo de la cultura popular la figura del superhéroe ha devenido tradicionalmente la viva representación de una identidad firme, de hecho un exceso de identidad que alimentaba y alimenta las fantasías de la masa que lo consume. Dejando a un lado tiempos de inquisición impelidos por los venenosos discursos de Frederic Wertham, es difícil cuestionar la enorme fuerza referencial de los superhéroes y su lugar como mitos en una imaginería social siempre ávida de relatos extraordinarios. Paradójicamente, esas identidades rotundas y convertidas en iconos habrían de sobrevivir al tiempo mutando, adaptándose, reinventándose para ser aceptadas por una generación más y no poner en peligro su inmanencia. Es inútil recordar una vez más la evolución de Batman de detective de serial a afeminada estrella pop para acabar tornando en epítome del justiciero oscuro de ásperas esquinas morales. Es conveniente, sin embargo, no olvidar que por definidos que estuvieran sus trazos, ningún superhéroe está a salvo de una relación más o menos compleja con la cultura pop.

Oscuridad vs. Fruición pop

Es precisamente Batman el personaje más determinante a la hora de identificar las tendencias del cine de superhéroes en el siglo XXI. La trilogía del Caballero Oscuro firmada por Christopher Nolan supuso un reajuste de las líneas maestras de la creación de Bob Kane y Bill Finger a partir de la revisión que a su vez Tim Burton había llevado a cabo desde la deriva grim and gritty que Frank Miller proponía en los 80. Nolan limó aristas góticas y convirtió Chicago en una Gotham llena de ansiedades post-11S, tomando como referencia al Miller de El regreso del Caballero Oscuro, sí, pero también al de Año Uno y al Alan Moore de La broma asesina. Su Batman hablaba con tono grave e intimidante, apartaba de un manotazo cualquier atisbo de diversión hedonista y se desenvolvía en relatos con deliberado afán de trascendencia. Como consecuencia, el Batman de Nolan se ganó el favor de su público, pero encontró el rechazo de una parte de la crítica que no recibiría bien esa ambición. Entretanto, el mismo verano que El Caballero Oscuro reventaba taquillas y se imponía como estandarte del nuevo canon, la división cinematográfica de Marvel dejaba atrás escisiones y reorganizaciones corporativas para nacer como Marvel Studios y lanzar el MCU (Marvel Cinematic Universe) con Iron Man (Jon Favreau, 2008) y El increíble Hulk (The Incredible Hulk, Louis Leterrier, 2008). Bajo la batuta de Kevin Feige, el MCU encabezó una opción más lúdica, un modelo con menos visos traumáticos en el que se avistaba todo un horizonte de crossovers, secuelas, spin-offs y series adyacentes en televisión prestos a reproducir la enorme complejidad del universo de la editorial. En definitiva, aquel verano de 2008 resultó capital en el futuro blockbuster de superhéroes, y el punto de partida que nos lleva al actual estado de la cuestión. Mientras DC se amparaba en Warner Bros. y en la pretendida autoría de Nolan para prolongar el éxito de la franquicia del Hombre Murciélago —huelga recordar otros esfuerzos aislados poco convincentes, caso de Superman Returns (Bryan Singer, 2006), o directamente catastróficos, como Catwoman (Pitof, 2004)—, Marvel ya había previsto todo un tejido de adaptaciones que aseguraba sus sinergias industriales durante largo tiempo.

La insoportable levedad del cómic

Casi diez años después, Aquaman (Jason Momoa) ensarta pandemonios con su tridente a lo largo y ancho del campo de batalla, ya sea enganchándose al vuelo de Cyborg (Ray Fisher) o sobre el Batmóvil. Su golpe de melena al viento al aterrizar es indicativo de lo que La Liga de la Justicia (Justice League, Zack Snyder, 2017) supone en la dirección de DC: el gesto pop desprejuiciado, el guiño lanzado al aire que desvela hasta qué punto la liga busca divertirse más de lo que El hombre de acero (Man of Steel, Zack Snyder, 2013) y Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice, Z. Snyder, 2016) podían permitirse. Cuando Warner/DC acometió el reinicio de una futurible saga del héroe de Metrópolis lo hizo sin perder de vista la trilogía del Hombre Murciélago, pues serían el propio Nolan y David S. Goyer los encargados de darle forma a una historia llamada a conciliar la pompa y épica del primero con la fuerza plástica de la que Zack Snyder había dado fe en 300 (2007), Watchmen (2009) y Sucker Punch (2011). Las lecturas mesiánicas y la búsqueda de una identidad por parte de Superman/Kal-El (Henry Cavill) dieron pie a una película tan irregular como fascinante, que se debatía entre un pasado definido y un futuro incierto. Con Snyder como creador central DC podía escoger su propio camino frente una Marvel que ya había alcanzado su segunda fase.

Tres películas más tarde ese sendero parece más incierto que nunca. 2017 es el año en que Marvel se prepara para la gran traca que serán sus Guerras del Infinito, mientras que DC, sumida en las dudas, da un tardío golpe de timón hacia la fruición pop y la ligereza que han llevado en volandas a su rival. La incorporación a sus filas de Joss Whedon, artífice de las dos entregas de Los Vengadores, para co-escribir el guion de La Liga de la Justicia y encargarse de la futura Batgirl, habla a las claras de ese propósito de insuflar aires festivos y abandonar una severidad nunca bien encajada a pesar de haber dado momentos de lo más interesantes —la pelea a muerte entre Batman y Superman en Batman vs Superman—. La mentada secuencia, en la que Aquaman sirve como nexo conector de los distintos frentes de la batalla contra Steppenwolf y sus huestes remite inevitablemente al clímax que propusiera Whedon en Los Vengadores (The Avengers, 2012), al tiempo que el escenario recuerda a la Sokovia sometida a destrucción en el final de Los Vengadores: La era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, 2015). Snyder se preocupa de espantar comparaciones y prescinde de la continuidad digital del plano-secuencia de la primera —cumbre en el cine de superhéroes que, como señalara Jordi Costa en su día, se equipara a la página desplegable del cómic— para subrayar el carisma del personaje a golpe de la guitarra épica de los White Stripes y su Icky Thump. Y aunque el pasaje valga de estandarte, un vistazo basta a esta liga de justicieros para detectar que hay más descaro que pompa, más chistes que traumas con capa y antifaz. En resumidas cuentas, encabeza el filme un giro (¿determinante?) en la endeble estrategia creativa de DC, y lo hace con más dudas que nunca y con un relato que deja a la vista costuras y remedos, con la maldita irregularidad que ha hecho de casi cada entrega de su universo —exceptuando la incompetente, insalvable Escuadrón Suicida (Suicide Squad, David Ayer, 2016)— obras prometedoras pero difíciles de amar.

Y mientras tanto, en la acera marvelita todo sigue según lo previsto. Los estrenos de Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (Guardians of the Galaxy Vol. 2, James Gunn, 2017) y Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017) han certificado la comodidad del estudio en la línea más lúdica y festiva del blockbuster, practicando una sci-fi ligera en la que cabe el experimento lisérgico, la juerga con sabor retro, un toque de nostalgia y los sintetizadores como marcadores del ritmo de los fuegos artificiales. Spider-Man: Homecoming (Jon Watts, 2017), por su parte, ha incorporado a filas a la criatura de Stan Lee y Steve Ditko como nueva estrella que multiplica el potencial del MCU —pronto le podrían seguir los X-Men, a expensas de las negociaciones entre Disney y FOX— y entierra las tribulaciones dramáticas de las encarnaciones previas de Tobey Maguire y Andrew Garfield. El nuevo Spider-Man se adapta sin rechistar a las reglas del juego y agacha la cabeza ante la sinergia de franquicia, sin apenas disfrutar de la pizca de anarquía que los Guardianes y el Dios del Trueno sí han exhibido felizmente. De hecho, si algo se le puede reprochar a estas alturas al inexorable avance del MCU es la docilidad que ofrecen títulos como Ant-Man (Peyton Reed, 2015), apuntando a un universo creativo más homogéneo al que por suerte directores como James Gunn o Scott Derrickson se han empeñado en ponerle aristas.

Una nueva esperanza

Así pues, la guerra entre gigantes del actual cine de superhéroes se libra en un campo de batalla desigual, con un contendiente que ya ha tomado una ventaja decisiva y otro que se revuelve sin poder ganar el terreno perdido desde el principio. En ese escenario la aparición de Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017) ha supuesto un tanto tardío a favor de DC. La primera adaptación del personaje de William Moulton Marston le ha permitido recomponerse tomando la avanzadilla en una representación femenina que hasta entonces había permanecido como parte de un todo —la Natasha Romanov/Viuda Negra (Scarlett Johansson) de los Vengadores y su postergado proyecto de filme en solitario, la Gamora (Zoe Saldaña) de la saga Guardianes de la Galaxia—, en los márgenes románticos —Lois Lane (Amy Adams), Jane Foster (Natalie Portman) o Pepper Potts (Gwyneth Paltrow)— o en los televisivos —los casos de Peggy Carter y Jessica Jones—. La irrupción de Wonder Woman (Gal Gadot) a golpe de guitarrazo en la batalla final de Batman vs. Superman apuntaba un prometedor paso adelante en la representación de género cuyas expectativas solo se han visto parcialmente cumplidas. La película de Patty Jenkins espanta la sexualización habitual y otorga a Diana un poder sobre la narración y sobre el resto de personajes equiparable al de otras ficciones superheroicas, aunque no prescinde del interés romántico y además sitúa sus orígenes fuera de las fronteras exclusivamente femeninas de Themyscira. Ciertamente Wonder Woman podría haber dado un golpe en la mesa más contundente, pero pese a ello ha sacado varias cabezas de ventaja a una franquicia marvelita que de momento queda a la espera de Captain Marvel, al tiempo que DC lega Batgirl a Joss Whedon y proyecta Gotham City Sirens. La victoria, en cualquier caso, es pírrica, pues medio año ha bastado para que Snyder proporcionara a Diana un rol más bien aditivo en La Liga de la Justicia, limitando su intervención a una tímida vindicación y demostrando la incapacidad de la casa para creer e invertir en sus propias virtudes. En definitiva, y de cara al cine de superhéroes que está por venir, nada parece cambiar en el tablero: Marvel pone la determinación con un modelo que según el caso fagocita personalidades en mayor o menor grado, pero DC se confía a una alternativa terriblemente inconsistente en el que esas personalidades siguen colisionando violentamente con tortuosos resultados.