La gitana bruja, el compás en los sesos

Con el sentimiento amarrado al compás es como La Chana nos da acceso a su visión embrujada del baile. “Es un laberinto cuando estás dentro de ti y sientes lo máximo que tú quieres, tus deseos íntimos —dice— se forma un laberinto con muchas puertas: en una hay perlas, en otra zafiros, en otra hay brillantes”. Sobre los compases de un espejismo de Chana, una aparición de otro tiempo que jadea con el pelo en la cara y el sudor en los ojos, habla una Chana ajada y serena. Una sabiduría antigua que intenta enseñarnos los misterios del compás flamenco: sus herramientas son unas manos enigmáticas que se expresan por sí solas, unos pies decididos que conocen el recorrido del taconeo y un popurrí de ruidos y gañidos con los que ilustra recuerdos de su vida de estrella.

Lucija Stojevic, directora del documental La Chana (2017) retoma la idea del laberinto para abrir las distintas puertas de entrada a la vida de la Chana. Desde su castillo blanco en la cima de una montaña, la vieja emperatriz nos deja asomarnos a su juventud: primero, el orgullo de sus raíces gitanas y su capacidad natural para el taconeo; más tarde, el patriarcado que atraviesa todos los pueblos y comunidades y que resultó ser su perdición, como la de muchas otras; finalmente, su éxito pasado y su vejez presente que le pesa a la Chana más que cualquier otra cosa. Stojevic va abriendo y cerrando estas puertas con calma armando poco a poco la imagen de la bailaora. La cineasta croata tiene, como La Chana, herramientas propias: combina grabaciones de bailes presentes con fotografías pasadas que adquieren tal velocidad que se asemejan al vídeo, montajes siempre al ritmo del taconeo que contrasta con largas escenas de calma donde La Chana abre su corazón, recortes de periódicos sobre reinterpretaciones actuales de la artista… Stojevic crea un continuo diálogo pasado-presente que nos ayuda a comprender mejor el baile repleto de sufrimiento de la protagonista. Un baile que transmite una verdad profunda.

El documental explora los sentimientos de la artista cuando se alejó del flamenco. “Tú a callar y a obedecer” le dijo su primer marido que por pura envidia y celos la arrancó del baile y le partió las costillas. Y a ella, que como afirma, “ha nacido para bailar”, aquello la dejó sin horizonte en la vida. La Chana tiene una fuerza interior que le permitió volver a los escenarios y convertirse de nuevo en Diva en lo alto de la fama, sin embargo, su espectáculo ya no recibía el nombre protagonista de “La Chana presenta”, sino que era anunciado como “La cumbia presenta”. La reina se iba quedando sin reinado. Ahora, la bailaora ha dejado el flamenco por una razón mucho más irreversible: la vejez. La delicadeza de Stojevic para grabar la madurez de la mujer es más que valorable. La realizadora propone situaciones que enfrentan a la Chana a artistas más jóvenes, con más vida en el cuerpo y con piernas que se mueven a la velocidad del rayo. Chana educa a una joven bailaora, le enseña pasos con los que la chica se maravilla y que le cuesta mucho aprender, después de unos minutos la joven repite el taconeo con soltura. La Chana, caída, observa las piernas de la otra e intenta repetir sus movimientos en vano, sus rodillas destrozadas no se lo permiten. El equipo de rodaje la levanta de la silla y la ayuda a bajar las escaleras en una escena en la que la fragilidad anunciada de la artista se hace visible en imágenes.

La Chana dice que cuando bailaba se iba a otros mundos y esos mundos pasados perviven como fantasmas reflejados en su casa. Una mansión de paredes blancas en lo alto de una colina del pueblo catalán de Premià de Mar. La casa de la Chana es su castillo, la mayor parte del rodaje tiene lugar en esta jaula de cristal que contiene a una leyenda viva tanto en carne y hueso como en recuerdo. La Chana vive rodeada de versiones de sí misma en otros tiempos: cuadros que la retratan en todo su arte, fotografías de juventud y madurez, collages y montajes con sus fotografías, recortes de periódico, arcones y armarios llenos de vestidos y zapatos… Antonia vive en un mundo a su medida que la protege, pero al mismo tiempo la asfixia. Las imágenes le ayudan a recordar, pero también suponen sombras con las que compararse continuamente.

Stojevic acierta cuando da un papel fundamental a los lazos afectivos de La Chana fuera del mundo del baile, su marido, un hombre calmado que parece apoyarla decida lo que decida hacer; su hija, una mujer fuerte que recuerda una madre ausente en el escenario. Ambos son ajenos a ese mundo de arte y flamenco y, como parece querer decirnos Stojevic, ambos salvan un poco a La Chana de las huellas de su sufrimiento. Como Stojevic ha dicho en varias entrevistas, nunca esperaba que una diva como La Chana se dejase grabar en la intimidad: las largas escenas de conversaciones familiares en las que vemos una mujer mayor, sin maquillar y en pijama desarman nuestros prejuicios ante una estrella que alberga, sin embargo, una gran humildad. Una mujer que es al tiempo anciana y joven, opulenta y sencilla.

Nada nos enfrenta más a la realidad de nuestra pérdida de una increíble bailaora nacional como la escena en que la Chana se calza un vestido negro, un chal y unos zapatos de taconeo. El espacio: un salón que reconocemos como el lugar en que Antonia ve la televisión junto a su marido y su perro, ahora se reinventa en un tablao flamenco. Una silla en medio de la estancia y La Chana comienza su zapateado. Ya os pusimos en preaviso, la mujer se va a otros mundos y deja de ser anciana: es brava y valiente. Stojevic nos enfrenta a fotografías antiguas que corta como si pertenecieran al baile actual. La Chana acaba sin aliento, como en las increíbles grabaciones que vimos durante el documental: por unos segundos ambas respiraciones se coordinan y pertenecen a un mismo tiempo. Antonia le confesó a Stojevic durante el rodaje de La Chana que ella no quería ser olvidada como lo fue la danza salvaje de Carmen Amaya. Stojevic, con este documental, le devuelve la voz y la palabra y la convierte, justo a tiempo, en la leyenda viva que merece ser.