Con la misma sencillez que Pier Paolo Pasolini en El evangelio según San Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, 1964), al director británico Garth Davis solo le basta con un primer plano a la penetrante mirada de su musa para hacer sentir al espectador un universo entero. La María Magdalena (Mary Magdalene, 2018) de Davis, interpretada por Rooney Mara, y la Vírgen María de Pasolini, encarnada durante los minutos iniciales por la desconocida Margherita Caruso, se parecen en las vestimentas, en sus rostros y sus silencios. La cámara se aproxima y se detiene en dos mujeres adelantadas a su tiempo para explotar sin piedad su fuerza muda, su expresión impasible.

Lo que separa a Garth Davis de Pasolini son más de cincuenta años de historia. El realizador de Maria Magdalena —que estuvo detrás del drama nominado al Oscar de 2016, Lion—, a diferencia del polémico artista italiano, no se limita a explotar a su cautivador personaje femenino durante los primeros diez minutos del film, sino que se queda con él y le acompaña en su viaje personal. Davis es consciente de que tiene detrás toda una filmografía religiosa que ha contado la vida de Jesús desde todos los prismas posibles: no solo desde la crudeza de Pasolini, sino también el exceso gore de Mel Gibson en La pasión de Cristo (The Passion of the Christ, 2004), entre otros. María Magdalena sigue los pasos del personaje bíblico desde el momento en el que escapa de la casa familiar, que la ataba a una vida de servidumbre por el hecho de ser mujer, hasta que se convierte en testigo de la resurrección de Jesús de Nazaret.

La propuesta de Davis no tiene miedo de convertir a Jesucristo en un elemento secundario que, aunque es tremendamente relevante, está al servicio del desarrollo del personaje central. Un ejemplo es la pasión, ahorrada muchas veces a elipsis limpio. Así, la “historia más grande jamás contada” pasa a ser la de ella, una mujer bíblica históricamente silenciada por una Iglesia machista, que lo más lejos que había llegado era a plot twist polémico en la cultura popular, explotada por artistas como Lady Gaga en su video musical Judas o Dan Brown en la novela El código Da Vinci (llevada al cine en 2006 por Ron Howard). El film ofrece una renovada y tremendamente personal interpretación de la Biblia, borrando definitivamente y sin dar pie a confusiones la condición de prostituta de la de Magdala y ofreciéndole el digno rol de predicadora, confidente y, de paso, de verdadera testigo generacional de la religión cristiana.

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La visión de Davis se ocupa de alzar la imagen de María incluso por encima del heredero de la palabra de Jesús, San Pedro. En una de las escenas más impactantes —y sutiles— del film, Jesús y María se sientan a celebrar la Última Cena juntos, uno al lado del otro. San Pedro no solo no está a su lado, sino que se sienta enfrentado a ellos. Con este plano, a Davis no le haría falta decir nada más aunque, desgraciadamente, opta por dar demasiadas explicaciones hacia el final del film, con una discusión final entre apóstoles que margina a la única mujer entre ellos. Se trata de una decisión que reafirma la importancia que le da el director a que se entienda el mensaje, que llegue a todos los públicos. Su particular visión se ocupa también de levantar a otro personaje estigmatizado por la religión: Judas. A él le regala una sentimental redención, empezando por otra sencilla pero rompedora decisión creativa, la de escoger para el papel a un actor que no es feo ni bruto ni retorcido, quizás por primera vez en toda la historia de los Judas cinematográficos. El Judas de María Magdalena es simpático, bonachón y arrastra un devastador pasado que hace que el espectador empatice con él hasta el final.

Lo que separa a María Magdalena aún más de Pasolini es todo lo que hay detrás de los primeros planos de las Marías. Si El evangelio según San Mateo se apoyaba en la fuerza de los rostros en primerísimos primeros planos —relegando los escenarios a un plano casi anecdótico— y en los potentes diálogos sacados directamente de la Biblia, María Magdalena lo da todo en su dirección artística. Con una envolvente banda sonora, obra de Hildur Guðnadóttir y el recientemente fallecido Jóhann Jóhannsson —autor de las bandas sonoras de Arrival (íd., Denis Villeneuve, 2016) y Madre! (Mother!, Darren Aronofsky, 2017)—, y una fotografía magistral de Greig Fraser, Davis nos hace sentir que estamos tocando la áspera naturaleza del desierto de Jerusalén en el lino que cubre el pelo de María, en la arena que se entremezcla en los pies de Judas y en la espuma del agua donde se bautizan los creyentes.

Finalmente, un último elemento sobrevuela la película: la mirada femenina. La escritura corre a cargo de las guionistas Helen Edmundson y Philippa Goslett. Es gracias a ellas que el film abre con una exitosa cadena de —de nuevo, sutiles— secuencias que llevan a María a dejarlo todo e irse con el sanador de Judea. La determinación del personaje para no aceptar una realidad injusta, por mucho que haya existido desde siempre, resuena en la actualidad de la lucha feminista hoy.