Hay una cierta imprecisión en las obras de Marc Recha que contribuye a la creación de una mitología propia y le permite al director una reescritura personal de la geografía catalana. Algunas películas, como Un dia perfecte per volar (2015), omiten cualquier mención explícita al tiempo y el espacio; y otras, como Dies d’agost (2006), recubren lugares identificables de una pátina de extrañeza.

La última película de Recha, La vida lliure (2017), nos sitúa en Menorca, en el año 1917. Sin embargo, estas coordenadas concretas se acaban diluyendo también en la atemporalidad característica del cineasta. Esto se debe en parte a la isolación del espacio y a la preponderancia de la naturaleza. Menorca se nos presenta como una isla salvaje, asolada por la gripe y la miseria: un lugar que oscila entre la fantasía y la hostilidad. Allí viven Tina y Biel con su tío, “es Conco”, con la esperanza de poder seguir pronto a su madre, emigrada a Algeria.

La desolación de la isla contrasta con la mirada fantasiosa de los niños, que habitan un mundo de cuentos y leyendas. Esto permite a Recha filmar un mismo espacio desde dos ópticas muy distintas: pasamos de la tierra agreste y difícil, llena de campos que se agotan y de ganado hambriento, a la luz de la playa, abierta a un horizonte que parece prometer el único futuro posible. La playa es también el hogar de Rom, un forastero enigmático que pronto se convierte en una figura paterna y alimenta la fantasía de los niños con infinidad de historias; a veces, sin embargo, el rostro se le ensombrece y en sus ojos brilla una cierta desazón. Con su capacidad para transitar entre la sensibilidad de la infancia y la gravedad de la madurez, y gracias al talento de Sergi López, Rom se mueve en un territorio ambiguo y vertebra la mirada dual sobre la isla.

Ecos y correspondencias

La presencia de algunos elementos recurrentes enriquece la filmografía de Recha y sugiere una serie de vínculos y diálogos entre las diferentes películas. Sin ir más lejos, la figura de Rom aparece ya, aunque bajo otro nombre, en Un dia perfecte per volar. La distancia temporal entre las dos historias no es ningún problema: esa imprecisión a la que nos referíamos absorbe el personaje en un tiempo y lo escupe en otro sin que parezca extraño. No hay nada distinto en él, salvo la indumentaria. Se trata del mismo hombre afectuoso e imaginativo que desapareció en la oscuridad de una gruta y que ahora reaparece y desaparece otra vez en la inmensidad del mar, llevándose consigo la intuición de un oscuro secreto.

Estas pequeñas correspondencias van trazando la poética personal de Marc Recha. Su cámara se detiene a menudo en los árboles y las plantas, y en el viento sobre los árboles y las plantas, para explorar la conexión del ser humano con la naturaleza. La tierra rezuma a veces una fuerza telúrica, como sucede con los páramos de esta Menorca cansada, agonizante y neblinosa que, bajo la lumbre de las hogueras que arden para alejar la epidemia, se erige como un lugar hostil que miniaturiza a sus habitantes. Así veíamos también la tierra en Dies d’agost (para retomar el otro ejemplo del principio), cuando las voces resonaban por las orillas vacías de un Ebro que parecía haberse tragado a Marc. Sin embargo, la naturaleza también puede mostrarse humana y apacible, y así es como la descubre Tina en La vida lliure, mientras la cámara transmite la candidez de su mirada con una óptica delicada y sugestiva, de brisa suave, que a ratos recuerda la erótica de la naturaleza de Terrence Malick.

La naturaleza es el espacio idóneo para la fantasía y ocupa siempre un lugar central en las leyendas orales que se repiten una y otra vez en la obra de Recha. Es a través de esta fascinación por el elemento mágico —o simplemente incierto— que se modela el paisaje y los lugares conocidos se revisten de un carácter irreal. Los ejemplos más claros se esconden bajo la superfície del agua: se dice que las corrientes del Ebro albergan un pez gato gigantesco y esqueletos de muertos que merodean sin descanso. Esta última imagen resuena en La vida lliure, donde Rom habla de hordas de esqueletos danzantes bajo el mar de Menorca; las mismas aguas que albergan bancos inciertos de submarinos alemanes, tan ausentes de la pantalla como el pez gato.

El uso de la voz en off remarca el carácter oral de estas historias, que nos remite a la tradición y a un tiempo primordial en que las leyendas explicaban el mundo. Esa mirada original, tan cercana al mito, es la que Marc Recha concede a sus protagonistas infantiles, a la vez que enfrenta su atavismo a las vicisitudes de la madurez; porque el descubrimiento de un tesoro es sin duda una aventura, pero el tesoro es dinero, y el dinero trae consigo la posesión y la desconfianza. Y así nos preguntamos: ¿puede la fantasía sobrevivir al hallazgo de un tesoro?