Cuando la estrella es el productor

Si algo ha quedado claro a estas alturas es que la saga Misión Imposible es el vehículo con el que Tom Cruise pretende pasar a la Historia del Cine, su contribución personal al Olimpo audiovisual del que, se diría que más que encantado, forma parte activa. Un empeño que comenzó a tomar cuerpo en 1996 y que en la última década ha cogido velocidad de crucero, conforme la filmografía del intérprete se ha orientado, de manera evidente, hacia el entertainment puro y duro. Sea por decisión propia, sea motivado por una coyuntura adversa a roles más potencialmente oscarizables, lo cierto es que la apuesta por repetir sucesivamente, desde ópticas diversas, su caracterización de action hero ha posibilitado que de la mano de cineastas tan capaces como Doug Liman o Joseph Kosinski —por no hablar, evidentemente, de Christopher McQuarrie— hayan surgido varias obras cuya contribución al debate actual acerca de la autoría en el cine comercial resulta incuestionable; y en las que, no lo olvidemos, la labor de Cruise no se ha limitado, ni mucho menos, a lucir su envidiable forma física.

El protagonista de Misión Imposible (Mission: Impossible; Brian de Palma, 1996) encarna en la actualidad una figura añeja del viejo Hollywood, que ni entonces ni ahora gozaba de buena prensa: la de la estrella/productor con capacidad para tomar decisiones creativas, en detrimento del director devenido, supuestamente, en mera correa de trasmisión de los designios del verdadero factótum del asunto. Basta echar un vistazo a la filmografía del susodicho, de una calidad media envidiable, para darse cuenta una vez más de hasta qué punto la versión más maniquea de la política de autores —la que triunfa, ni que decir tiene, entre la crítica más exquisita— niega el pan y la sal a esta figura, cuando el acervo cinematográfico está plagado de obras maestras surgidas en una coyuntura donde la equidistancia obligada, entendida como un acercamiento de visiones acerca del producto creativo, fue garantía de éxito. Claro que aceptar este hecho pasa por tragar con que el cine, en sus diversas facetas, es el feliz resultado de una suma de miradas; una polifonía autoral. Y no todo el mundo parece dispuesto a aceptarlo.

Algo de lo que Tom Cruise es tan consciente que, ya a finales de los 90, una vez saldada la operación Misión Imposible de manera exitosa, su secuela le fue ofrecida nuevamente a Brian de Palma, ejemplo de cineasta con personalidad propia y, por ello mismo, no precisamente sumiso a las imposiciones de despacho. Su negativa a repetir en labores de dirección es la que conduce, tras pasarle (efímeramente) el testigo a Oliver Stone, a que Misión Imposible 2 (M:I-2, 2000) recaiga finalmente en las inquietas manos de John Woo, que factura un espectáculo total, rabiosamente dionisiaco, en las antípodas de la meticulosa disección del cine de espías clásico de su predecesora. Fuese o no el resultado final del agrado de la estrella, confiar a Woo un proyecto de tal magnitud constituye una muestra inequívoca de amplitud de miras, con la vista puesta en dotar a la franquicia de una relevancia creativa mayor que la del grueso de producciones de entretenimiento facturadas en aquellos años. Claro que tanto empacho autoral hacia recomendable poner algo de pausa; para proseguir con la estrategia a largo plazo nada mejor que volver la vista atrás, hacia los orígenes televisivos.

¿Y quién mejor que el Rey Midas de la pequeña pantalla? J.J. Abrams fue el elegido para debutar, ahí es nada, en la dirección cinematográfica con Misión Imposible 3 (M:I:III, 2006), ubicando de manera inteligente la película en las coordenadas de Alias (íd.; 2001-05) que ya tenía, a su vez, al Misión Imposible (íd.; Bruce Kessler, 1966-73) original como uno de sus referentes más identificables. Pese a la pérdida evidente de poderío audiovisual, las frenéticas correrías de Ethan Hunt se adaptan con brillantez a la estructura serial, añadiendo una profundización verosímil en el trasfondo del personaje, al que vemos sufrir por las consecuencias que sus temerarios actos reportan a sus seres queridos: una de cal, otra de arena; claro que en desigual contienda contra el modelo de espía encarnado por Jason Bourne y la redefinición bondiana orquestada a partir de Casino Royale (íd.; Martin Campbell, 2006) la batalla por la taquilla se saldo con el (relativo) fracaso de la apuesta… lección aprendida. Lejos de tirar la toalla, transcurridos cinco años de barbecho Cruise reubica a Abrams —vía Bad Robot— en labores de producción, validando su visión sobre la serie, ofreciendo por añadidura a Brad Bird la oportunidad de debutar en el cine de imagen real. ¿El resultado? Un merecido éxito que posibilita, en último término, que hoy estemos hablando de Misión Imposible: Fallout (Mission: Impossible – Fallout, 2018)

La misión que nunca acaba

Misión Imposible: Protocolo fantasma (Mission: Impossible – Ghost Protocol, 2011) ejemplifica a la perfección el nuevo camino a seguir, con cineastas de menor pedigrí autoral pero con la suficiente personalidad propia para dotar a cada entrega de un acabado brillante, inclusive arrebatador, y un Ethan Hunt progresivamente más acorralado/cuestionado, pero no por ello menos socarrón; de vuelta de todo tras dos décadas de misiones (a cual más) imposible. Tras la lección de frenesí visual orquestada por Bird la noticia de que Christopher McQuarrie se haría cargo de Misión Imposible: Nación secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation, 2015) generó ciertas dudas acerca de su idoneidad para mover adecuadamente la cámara, pero el firmante de Jack Reacher (íd.; 2012) se descuelga con un espléndido entretenimiento, tan vibrante en sus espectaculares set pieces como pletórico de belleza en su vocación recapituladora hacia el cine de espías más escapista, devenido en fascinadora fantasmagoría. Su destreza obra el milagro de que, transcurridos apenas tres años, volvamos a encontrarle a los mandos de la nave, finiquitando en virtud de sus propios méritos una de las reglas no escritas de la franquicia… si bien, y no constituye precisamente un demérito, nadie diría que estemos hablando del mismo cineasta.

En el muy recomendable artículo escrito por Tonio L. Alarcón para el número de verano de Imágenes de Actualidad, McQuarrie aclara que lo que le atrajo precisamente del proyecto fue la posibilidad de «hacer algo completamente distinto a lo que había hecho antes […]». Pese a que en muchos aspectos Misión Imposible: Fallout sea una continuación al uso, retomando personajes y sucesos acaecidos en su inmediata predecesora —y en otras anteriores— se aleja tanto de esta en lo narrativo y estético que se diría dirigida por otro realizador. Hay algo sumamente gozoso, liberador, en la manera en que la meticulosa narrativa erigida en torno a la trama de espionaje preexistente es reemplazada por una vertiginosa sucesión de secuencias de acción, a cual más desmelenada, conforme la confrontación que articula la estructura dramática del filme se vuelve más visceral, enrarecida. A fin de cuentas hablamos de una venganza macerada durante años, no por previsible menos estimulante una vez explicitada. El éxito de la apuesta radica, en definitiva, en la feliz constatación de que el virtuosismo de su director se enseñorea nuevamente del metraje pese a que las decisiones creativas marcan poderosamente las distancias: quizá el ejemplo más evidente sea la sustitución del estilizado cromatismo de Robert Elswit por el decolorado poroso que Rob Hardy imprime a las imágenes, toda una declaración de intenciones estilística.

La renovación del grueso del equipo artístico permite marcar la anhelada distancia con Misión imposible: Nación secreta, pero el revalidar la confianza en el montador Eddie Hamilton se rebela igualmente como un enorme acierto, haciendo gala una vez más de su maestría a la hora de imprimir a las imágenes una métrica vibrante, que eclosiona en unas secuencias de acción memorables. Quizá el mejor ejemplo de su labor lo encontremos en la frenética sucesión de peripecias ambientadas en París, dotadas de tal dinamismo que el espectador tiene la impresión de ser literalmente transportado de una fiesta de postín a un secuestro imprevisto, para terminar envuelto en una impresionante persecución automovilística —de ajustadas resonancias cinéfilas; a Ronin (íd.; John Frankenheimer, 1998) sin ir más lejos— con la que Tom Cruise se da el gustazo de poner patas arriba la ciudad más fotogénica del mundo. Toda una oda al trabajo en equipo, pues esta misión es, sin ninguna duda, la más hawksiana de todas: la convivencia obligada por las circunstancias —entreverada, no lo olvidemos, de desconfianza mutua— ha dado paso a un jovial compañerismo, y este a un remedo de vínculo fraternal, que se impone a los requerimientos del trabajo. Ethan sigue siendo un héroe competente donde los haya, pero entre salvar al mundo libre y sacrificar a sus colegas… decide salvarnos a todos.

Con una maquinaria tan bien engrasada, la saga Misión Imposible se ha ganado a pulso el derecho de reivindicarse a sí misma, dejando de mirar de soslayo a sus otrora directas competidoras, definitivamente amortizadas (Bourne) o de futuro más que incierto (Bond). Es por ello que cuando la contienda se torne rabiosamente personal en un clímax que riza el rizo de lo hiperbólico, a nadie debería extrañar que la acción se rinda con pleitesía a la confrontación a cara de perro al estilo John Woo —un acto de restitución, sea o no consciente, cargado de justicia poética— helicópteros y puñetazos mediante. Transcurridas sus dos horas y media de metraje en lo que tarda una mecha en consumirse, Misión Imposible: Fallout deja el espectador tan exhausto como deseoso de una nueva dosis de escapismo de autor. Toda vez que la cercana sesentena no parece amenazar la primacía de Cruise como gran luminaria del actioner contemporáneo —que tantos réditos económicos y creativos le está reportando—, la misión de su alter ego heroico por antonomasia parece lejos de terminar.