Cuerpos

El viaje a la vida de los otros que propuso la 66ª edición del Festival de Cine de San Sebastián tuvo un fuerte componente físico, con la idea del cuerpo humano como catalejo desde el que dirigir una mirada a la historia, la identidad de género, el arte o las relaciones interpersonales.

Es el caso de Girl (íd.,Lukas Dhont, 2018), cuya trama gira en torno a una adolescente transgénero que aún no ha realizado la cirugía de reasignación de sexo. El debutante belga Lukas Dhont filma la piel de la protagonista ­­—interpretada con gran sensibilidad por el actor cisgénero Victor Polster— como si fuera un lienzo en blanco que se pega a los huesos contra su voluntad, que escuece, que la sociedad ha pintado a su antojo y de la que Lara tratará de liberarse a toda costa. El espectador se hace cómplice de la incomodidad con la que la protagonista tiene que afrontar el día a día a través de una narración intimista que muestra los claros y los oscuros, la tolerancia y la discriminación, en lugares tan reconocibles como la casa, la escuela o las clases de danza. La mirada del director se aproxima al personaje con candor pero eso no le impide ser gráfico a la hora de mostrar el dolor de una persona en lucha constante con su cuerpo. Las ansias de Lara por lograr la reasignación le llevan a tomar decisiones que castigan al cuerpo con el que nació y que van elevando el nivel de tensión a medida que avanza el metraje.

Another Day of Life, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow

Si en Girl el cuerpo se filma como una tela áspera en fricción con la mente, en otra de las propuestas del Zinemaldia se presenta como elemento simbólico para mostrar la fragilidad de la memoria. El film polaco-español de animación Un día más con vida (Another Day of Life, Raúl de la Fuente y Damian Nenow, 2018) mezcla cine documental y ficción basada en hechos reales para adaptar las memorias del periodista Ryszard Kapuściński durante el conflicto bélico en Angola tras la descolonización de Portugal. El horror de la guerra se eleva a la belleza artística —y es más fácil de digerir— gracias a las ilustraciones, que representan el trauma del periodista con escenas oníricas en las que el plano terrenal se descompone en mil pedazos y la piel de los personajes se convierte en papel fino, carne de trituradora. Las sugerentes imágenes hablan de lo difícil de amarrarse a los recuerdos más dolorosos, aun cuando queremos hacerlo por el bien de la memoria histórica. Pero si hay algo que hace que Un día más con vida se quede anclado en el corazón del público y no lo suelte durante semanas es su enfoque humano, pues la película es ante todo un sentido homenaje a los hombres y mujeres que lucharon por la dignidad de un pueblo, más allá de las estrategias políticas en despachos.

En el biopic Yuli (2018) el cuerpo es por sí mismo una herramienta narrativa, un pergamino lustroso, superviviente al humo y al fuego de la edad. Sobre él escriben la directora Icíar Bollaín y el guionista Paul Laverty la historia de la Cuba negra, desde el esclavismo del pasado hasta el racismo actual, a partir de la vida de Carlos Acosta, primer bailarín negro en protagonizar roles en compañías como el Houston Ballet o el Royal Ballet de Londres. El relato fusiona los flashbacks más impactantes —interpretados por actores— con un presente ficcionado en el que es el propio Acosta, haciendo de sí mismo en la edad adulta, quien rememora su pasado mediante la danza, convertido en artista internacional obsesionado por no olvidar su identidad.

High Life, de Claire Denis

En la propuesta de la directora francesa Claire Denis, High Life (2018), donde un grupo de prisioneros son coaccionados para participar en un cruel experimento en el espacio, a años luz del planeta, todo atisbo de identidad queda eliminado. El héroe (Robert Pattinson), la nigromante (Juliette Binoche) y un carismático bebé protagonizan esta historia sobre la violencia que aflora del deseo en situaciones límites. A diferencia de otras ciencias ficciones del cine de autor reciente, Claire Denis no busca aquí contrastar el intimismo con grandilocuentes planos del universo —lo hacía Alfonso Cuarón en Gravity (íd., 2013) y Christopher Nolan en Interstellar (íd., 2014) al superponer traumas, culpas y otras dinámicas familiares con una espectacular epopeya galáctica—, sino que se recrea en espacios interiores y, por supuesto, en el cuerpo de los personajes, dejando fuera de plano los misterios que hay fuera de la nave espacial. Y es que en High Life las estrellas están demasiado lejos, han abandonado a los protagonistas y los han reducido —simbólica y literalmente— a ser recipientes para el uso de otros. Solo escarbando entre los fluidos y las máquinas perturbadoras que pueblan la embarcación descubriremos que Denis no hace otra cosa que apelar a la inocencia y al amor como única forma de supervivencia humana frente al apocalipsis.