Eran tiempos oscuros como turbias salen las lentejas si no añades agua, tiempos en que un solo de guitarra no valía nada y la gente pensaba que Led Zeppelin era una marca de champú, tiempos en que músicas y seres innombrables emergían de las gasolineras, ferias y chiringuitos de playa, tiempos en que a Almodóvar le daban un óscar, aunábamos lo peor de las series americanas, los culebrones venezolanos y la moralina y casposidad de aquí, tiempos en que Jesús Vázquez manoseaba cucarachas en TV cuando no tenía debate, veíamos Crónicas del Mississipi, admirábamos la profesionalidad de los de profesión famosos, tiempos en que Maná sacaba su recopilatorio de dos discos Grandes éxitos, Enrique Bunbury hacía coplas, Macarena se vendía más que el Concierto de Aranjuez, tiempos en que el mundo se acababa para unos y empezaba para otros… Y nosotros… nosotros eramos unos miserables”

A. D. Carbajo

Con internet tenemos al alcance de unos pocos clicks cosas que durante mi infancia y adolescencia no podíamos ni imaginar. En el ámbito musical en particular, es inevitable sentir algo de nostalgia al recordar como llegaba a nosotros la música de fuera de nuestras fronteras, e incluso alguna de la de dentro no tan accesible. En la televisión se podían escuchar bandas extranjeras, y aunque no siempre era lo que nos interesaba más, algunos videoclips nos dejaron huellas indelebles; con la radio podíamos apuntar más hacia nuestros gustos, así como atiborrarnos de información con las revistas, pero si queríamos escuchar un disco entero y, al fin y al cabo, saber de qué estaban hablando de forma tan entusiasta esas revistas, no quedaba otra que aflojar el bolsillo, y la música nos llegaba con cuentagotas. Por supuesto, de cada cinta que comprábamos faltaba el tiempo para que saliesen varias copias para los amigos, y así cada uno compraba lo que podía y se grababa lo de los demás, mientras que para los conciertos no quedaba otro remedio que ser selectivo.

Entonces parecía más natural que una mayoría se conformase con lo que llegaba de la televisión y la radio y el resto quedábamos como los raros, que en el fondo no nos disgustaba. Ahora que hemos dejado bien atrás el siglo XX, quizá es también inevitable sentir algo de lástima viendo como teniendo al alcance de esos pocos clicks prácticamente toda la música de la historia, muchos se siguen limitando a quedarse en la superficie de lo que nos bombardean radio y televisión sin demasiado criterio, o con un criterio demasiado claro pero que casi nunca suele coincidir con la calidad musical. Los textos del checo Zdenek Primus, comisario de esta exposición y propietario de la colección objeto de la misma, que se incluyen en el catálogo nos hacen retroceder a aquella época en donde la falta de medios alimentaba las ganas de conocimiento, aquella época en la que se escuchaban los discos completos una y otra vez hasta saberlos casi de memoria, aquella época en que la gente escribía cartas, las echaba en un sobre, y a veces escribía en ellas cosas como la cita de mi amigo Carbajo que abre estas líneas, y esto era en los noventa. Primus coleccionaba ya en los años sesenta, en la antigua Checoslovaquia, entre otras muchas cosas, vinilos de Los Bravos y Los Brincos y en el texto introductorio se pregunta precisamente qué habría ocurrido si hubiesen dispuesto de más información en aquel entonces.

La exposición, centrada en el periodo 1962-1972 (desde el surgimiento de los Beatles hasta el momento en que, según Primus, todo lo alcanzado en el ámbito de la música beat y rock durante esos años comenzó a evolucionar hacia el virtuosismo), incluye libros y revistas especializadas (las de la costa oeste Oracle o Berkeley Barb, pero también europeas como Oz o Sounds y algunas checas como Pop Music Express), pósteres, destacando y mucho los de la escena de San Francisco, unos carteles psicodélicos creados entre 1965 y 1971 por artistas como Wes Wilson, Victor Moscoso, Stanley Mouse, Anton Kelley, Rick Griffin y Gary Grimshaw (de toda la historia de estos pósteres y el porqué se desarrollaron en una época tan concreta da buena cuenta David Tippit, otro gran coleccionista, en el artículo que escribe para el catálogo de la exposición). También hay carteles de grupos y conciertos europeos y, con una presencia más discreta, de bandas checas que Primus ha decidido limitar en el paso por el Círculo de Bellas Artes de esta muestra itinerante (presentada por primera vez en Praga en 2005 con el título ‘The Pope Smoked Dope’, citando una canción de David Peel) dado que en España son prácticamente desconocidas.

Portadas de la edición alemana por fascículos de Rock Dreams (ilustraciones de Guy Peellaert)

En las vitrinas centrales de los pasillos hay también más de trescientas fundas de discos entre los que destacan las de Captain Beefheart, Cream, Steve Miller´s Band, Pink Floyd, Yes, Led Zeppelin, Rolling Stones, Santana, Iron Butterfly, Emerson, Lake & Palmer, King Crimson y un larguísimo etc., seleccionados expresamente con unos criterios bien definidos: bien por su valor artístico, bien porque constituyesen un hito en la evolución de la música rock (donde como puede apreciarse en el incompleto listado anterior, se incorporan también muchas de las múltiples derivadas que el género ya empezaba a alumbrar), dándose en algunos casos ambas situaciones simultáneamente. También hay láminas y obras pop art y alguna otra pieza artística para completar lo que su dueño denomina un mosaico completo de la cultura alternativa de los años sesenta.

En la exposición también queda representado el choque entre cultura y contracultura, abanderadas respectivamente por el fenómeno masivo que fueron los Beatles y la troupe formada por Frank Zappa y sus sucesivas Mothers of Invention, que llegaron a parodiar la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967) en su no menos mítico We’re Only in it for the Money (1968). En el catálogo, el periodista alemán Jürgen Struck habla a su vez sobre el rock en el cine, partiendo de las películas de Elvis predecesoras a la época que se trata en la muestra, y que en dicho ámbito comienza nuevamente con los Beatles y las películas que protagonizaron, destacando el hito que supuso, no solo en el cine musical sino también en el terreno de la animación, Yellow Submarine (George Dunning, 1968); sin dejar de lado los documentales, desde aquellos sobre los grandes festivales de la época (Woodstock, Isla de Wight, etc.) hasta otros sobre bandas y conciertos muy concretos; otros sobre la creación como aquella deliciosa locura titulada Sympathy for the Devil (Jean-Luc Godard, 1968), o películas donde la música era la protagonista, pero de forma muy marcada, únicamente en sus bandas sonoras como The Trip (Roger Corman, 1967) o un emblema casi generacional como fue Easy Rider (Dennis Hopper, 1969), entre otras; e incluso una película que encaja en todas y en ninguna de las categorías anteriores como la maravillosa e indescriptible aberración que supuso 200 Motels (Frank Zappa, Tony Palmer, 1971).

Dos hitos de la música moderna [Foto de vinylstatistics]

La exposición, con música ambiental especialmente elegida para la ocasión, se complementa muy bien con el estupendo catálogo que, como apunta Juan Miguel Hernández, presidente del Círculo de Bellas Artes en la presentación del mismo, es más un libro que un catálogo al uso. Además de tres textos de Primus y los ya mencionados de Tippit y Struck, se incluyen varios artículos más: Los checos Vladimír Smetana y Jaroslav Foršt nos comparten sus recuerdos de la escena checa en aquella época, y cierran el catálogo tres textos de autores españoles: Mariano Antolín Rato y Juan Pablo Silvestre escriben sobre la psicodelia, el LSD y su relación con la música del momento, y la periodista Patricia Godes juega a evocar recuerdos muy ligados a todo este fenómeno a modo de pequeñas píldoras. Una recomendable visita que coincide además en el Círculo con un ciclo de cine relacionado directamente con esta exposición y otra interesante muestra en torno a Andrei Tarkovski centrada en su película más autobiográfica, El espejo (Zerkalo, 1975)

 

La exposición Psicodelia en la cultura visual de la era beat 1962-1972 puede visitarse en el madrileño Círculo de Bellas Artes hasta el 20 de enero de 2019