Enter the Void (2009), Love 3D (2015)… Noé es especialista en plantear un tabú y normalizarlo. A su manera, claro. No es distinto en Climax: el suceso en la Francia de hace casi 20 años sobre el resultado de una fiesta es la excusa para mostrar la psique de unos personajes… que nos representan a todos. No en vano se cuida de que se integren en el grupo personas de distintas edades, y distintas razas.

Porque no: Climax no es un film sobre un grupo de jóvenes que vive el día a día, que se congratula de su suerte y deja pasar el tiempo entre fiesta y fiesta. Climax, muy al contrario, explora en loop el sentimiento de culpabilidad. Y a la búsqueda de redención. Y lo hace girando en torno a un tema muy concreto: la ¿obligación? de crear una familia…

Crear una familia. ¿Quién no se plantea ser madre/padre llegada una edad? Gaspar Noé introduce el pensamiento en el espectador, a través de la coreógrafa de la escuela de baile, y la experiencia de alguna de las estudiantes.

Noé abre con un plano cenital, con una persona arrastrándose sobre la blanca nieve. Una imagen que diferirá mucho del interior de la “escuela”, un edifico abandonado en el que ultiman los últimos ensayos antes de partir a los Estados Unidos. Pero antes el director, tras los créditos, quiere que conozcamos de antemano a todos los integrantes del grupo. Las motivaciones de los bailarines para entrar en la compañía. Las motivaciones de los jóvenes franceses del momento.

Durante más de veinte minutos Noé mantendrá un encuadre fijo: un televisor de tubo en el centro de la imagen, rodeado de estanterías en las que se pueden encontrar films como Suspiria (íd., Dario Argento, 1977), que emite las entrevistas realizadas a los aspirantes.

La pantalla del televisor como parapeto de una coreógrafa a la que sólo escuchamos preguntar cuestiones relacionadas con la visión de futuro de sus entrevistados. La pantalla de televisor como parapeto de la verdad interior de los aspirantes.

Todos nos mostramos como no somos para conseguir nuestros objetivos. Todos tenemos nuestros secretos. Es lo que Noé querrá demostrar.

Y corte a la espectacular coreografía inicial. El director convierte las imágenes en toda una experiencia inmersiva, con una cámara que danza igual que sus actores, que sobrevuelan el espacio para bajar a primerísimos planos, que ya deja entrever la personalidad de cada uno de ellos. Y, de ahí, a un formato completamente distinto: plano medio fijo, saltando a conversaciones de a dos en cada corte. Pronto conocemos a los trepas, a los que se protegen entre ellos, a los que sólo quieren divertirse… y a la coreógrafa y su mujer de confianza.

La coreógrafa, que es preguntada si no quiere ser madre (bueno, si ha abortado alguna vez). La coreógrafa, que esquiva sutilmente la pregunta, pero cuyo rostro refleja el arrepentimiento.

La mujer, una ex-bailarina que tuvo que abandonar su carrera para criar a su hijo no deseado. “Convertimos nuestros errores en éxitos”, dice en un momento del film.

Ser la mejor madre para sentirse realizada.

La maternidad es el tema central, acompañado del cuestionamiento de los lazos familiares (¿qué significa ser hermano/hermana de alguien, en realidad?). Todo el resto es ruido. El LSD en la sangría es la excusa para mostrar los sentimientos de estas madres pasadas, actuales o futuras. Para hacernos pensar si traer un hijo al mundo debe ser o no recompensado. De ahí a que también se incluya una bailarina que acaba de enterarse está embarazada. ¿Pegarse puñetazos en el estómago para no terminar abruptamente con su prometedora carrera, o llorar una vez otra compañera le pega tal paliza que puede haberla hecho abortar? Ya al inicio Noé dedica el film “a los que nos crearon y ya no están con nosotros”… y termina con esa frase que insinúa que la muerte es la mejor de las experiencias.

La postura del director no está clara, pero sí las ansias de compartir sus dudas.

Así que la fiesta se convertirá en una espiral que nos lleva a los pensamientos de todos sus protagonistas. Cámara en mano, cerca de sus rostros para traspasar la opresión sentida ya no por el enrarecido entorno sino por las propios fantasmas que acechan a cada uno de ellos, o filmando en cenital sus bailes, que se presentan a ojos del espectador como la única forma de expresión real de cada uno de ellos como individuos, y no como grupo, como sociedad.

Una sociedad que se siente perdida, que no sabe tomar decisiones. Unos jóvenes que lo tienen todo y que se refugian en esnifar cocaína, e incluso gotear LSD en sus ojos, para evadir cualquier tipo de responsabilidad sobre el entorno que les rodea y del que no sienten forman parte. Unos chicos con ansias de ser escuchados. Quizá, principalmente, por ellos mismos.

Este texto, aquí editado, se publicó originalmente el 05/10/2018 en larealidadnoexiste, con el título Culpabilidad, formando parte de las crónicas del festival Sitges 2018.