Tiempo

Resulta interesante observar cómo se va formando la coherencia de un festival a medida que avanzan las proyecciones y van surgiendo una serie de correspondencias azarosas entre las películas que uno elige. Sirvan estos párrafos erráticos, de segunda jornada, para apuntar algunas ideas y comenzar a desbrozar el camino.

En estos días largos, de salas oscuras y breves descansos en el desierto urbano de la Potsdamer Platz, el tiempo transcurre de forma extraña. Uno se adentra una y otra vez en realidades ajenas, bajo formas distintas de proyectar la mirada, cada una con su tiempo y su lugar. Algunos tiempos pesan más que otros. Frente a las velocidades narrativas impuestas por la tradición hollywoodiense, hay un cine que reivindica la experiencia del tiempo y lo convierte prácticamente en un acto de resistencia política: desaparecen los ritmos saturadores, la lógica automatizada de la causa-consecuencia; el tiempo se dilata y, abriéndose como una brecha, se superpone a nuestro tiempo, instándonos a habitarlo.

En el limbo de la espera, el tiempo parece detenerse. Se hacía palpable en la colonia española de Asunción, Paraguay, donde don Diego de Zama (Lucrecia Martel, 2017) aguardaba el traslado a Buenos Aires; los minutos caían con el sol de mediodía y se marcaban en las frentes perladas de sudor, derritiéndose como los relojes de Dalí. Algo parecido sucede en la magnífica A Portuguesa (2018), de Rita Azevedo Gomes. La joven portuguesa que da nombre a la película espera en un castillo del norte de Italia el regreso de su marido, que partió a la guerra. La vieja fortaleza, austera y decadente, llena de estancias vacías y alas que se desmoronan, se convierte poco a poco en una tumba. El resto de los espacios son meros espejos del alma, accesibles solamente desde la imaginación o el recuerdo. Así, alrededor del castillo se extiende la tierra siempre inexplorada, primero exótica y estimulante, poblada (quizás) por dragones y unicornios, y, después, agotada por el hacha de los leñadores, ya vacía de secretos; más allá, el mar de Portugal, anhelo de una juventud que languidece en tierras lejanas. Las composiciones de Azevedo Gomes, elegantes, pictóricas, en constante reorganización, van hilando un tapiz complejo de colores, ideas y motivos. En ellas caben el ímpetu de la guerra y l’ennui de la paz, el erotismo y la muerte, la herejía y la emancipación (ideas a menudo confundidas), y en todas ellas se imprime el paso lento de las horas.

A Portuguesa (2018), de Rita Azevedo Gomes

La experiencia del tiempo como elemento narrativo se repite en los escenarios rurales. Ejemplo de ello es Querência (Helvécio Marins Jr., 2019), una ficción con rostro de documental que sigue al cowboy Marcelo da Sousa por la pampa brasileña. La película, aunque algo desigual, destaca por el afecto con el que construye el retrato de su protagonista, así como de los personajes que se agrupan a su entorno. La cámara se detiene en los paisajes sin fin, en el polvo de los rodeos, en las siluetas del atardecer. La tierra es apenas una franja y el cielo se agranda, como sucede en las estepas mongolas de Öndög (2019), de Wang Quan’an. Las (pocas) figuras humanas que habitan el paraje aparecen al principio lejanas, perdidas en el gran angular, y la cámara solo se acerca a ellas a través de un zoom distante; poco a poco se adueñan del relato, que en su tramo inicial parece una versión asiática de Once Upon a Time in Anatolia (Nuri Bilge Ceylan, 2011) pero que luego toma un rumbo totalmente distinto. Enmarcada por una primera y última escena maravillosas, Öndög transcurre con la irregularidad fascinante de sus escenarios.

Finalmente, el tiempo es también uno de los ejes centrales de Heimat ist ein Raum aus Zeit (2019), ensayo monumental en el que Thomas Heise sigue las trazas de su familia por Austria y Alemania a lo largo del siglo XX. Se sirve para ello de cartas y documentos varios, recitados por una voz en off sobre largas tomas en blanco y negro de trenes y bosques y ciudades, así como de viejas fotografías. Resulta imposible desenmarañar los sucesos que conforman nuestras vidas, reza una de las cartas; Heise recoge esta complejidad en su crónica, que merecería, sin duda alguna, más de un visionado.