Retos

Free Solo (Elizabeth Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin, 2018)

Uno de los sold out incuestionables de esta edición del Americana Film Fest 2019 ha sido Free Solo, el documental ganador del Oscar que narra la experiencia de Alex Honnold, el primer escalador que, sin protección alguna, sin cuerdas ni arneses, y con la única ayuda de su cuerpo, su fuerza y su capacidad de concentración, logra escalar El Capitán, una pared rocosa de 900 metros de altura que se encuentra en el parque natural Yosemite de Estados Unidos. ¿Qué se siente al estar tan cerca de la muerte? ¿Por qué alguien podría tener la necesidad de asumir un reto tan arriesgado como ese? ¿Acaso esa persona no vive el miedo del mismo modo que el resto de los humanos? ¿Acaso no siente aprecio por su vida? Elizabeth Chai Vasarhelyi y Jimmy Chin son los directores de este documental producido por National Geographic que pretende entender de algún modo la… ¿adicción? de Alex por este tipo de situaciones extremas y cómo logra conciliarlas (o no) con su vida personal. Más allá de los innegables retos técnicos que el documental plantea (¿cómo filmar sin afectar la escalada de Honnold? ¿Es eso acaso posible?), una de las preguntas que probablemente el espectador se haga al ver el documental es acerca de las circunstancias que llevan a un individuo cualquiera a obsesionarse con algo hasta ese punto. ¿Es posible que haya algún momento clave de su infancia que lo marcase de algún modo? ¿Tendrá algo que ver el hecho de vivir en una sociedad en la que el neoliberalismo imperante fomenta el individualismo, la competitividad y el afán de superación a toda costa? ¿Cuál es la verdadera motivación de Alex para hacer lo que hace? ¿Hasta que punto es la presión social externa la que lo obliga a actuar del modo en que lo hace o se trata de una decisión estrictamente personal?…

Relaxer (Joel Potrykus, 2018)

Y si Free Solo ensalza los logros del hombre realizado a sí mismo que consigue superar grandes retos y trascender convirtiendo así sus actos en algo bigger than life, Relaxer consigue justamente lo contrario, la ridiculización extrema del ser humano capaz de obsesionarse con las cosas más intrascendentes. En este nuevo filme de Joel Potrykus, conoceremos a Abbie, absoluto protagonista de esta comedia decadente y escatológica a partes iguales. Comedia que transcurre en su totalidad en el ajado sofá de un cochambroso apartamento. Un sofá colocado frente a un televisor de tubo de rayos catódicos, de esos que ya apenas existen. Y en la pantalla de televisor, Pacman, el icónico comecocos diseñado por Toru Iwatani a principios de los años 80. Abbie es un joven que no ha logrado mucho con su vida. Posiblemente, según los parámetros habituales, podría considerarse un paria, un fracasado, un parásito de la sociedad, un individuo sin mucho que aportar. Uno de sus mayores entretenimientos —y tal vez, uno de los pocos alicientes en su vida— es aceptar estrafalarios retos por parte de su hermano, algo que le llevará a poner en peligro su integridad física y psicológica. Corre el año 1999 (el supuesto apocalipsis tecnológico del año 2000 está ya a la vuelta de la esquina) y cuenta la leyenda que tan sólo una persona en todo el mundo ha conseguido superar el nivel 256 de Pacman. Es por eso que el hermano de Abbie le retará a superarlo, poniendo como condición indispensable que no se levante del sofá hasta que lo consiga. Esta premisa dará pie a situaciones tan bizarras como hilarantes, poniendo al límite la resistencia del espectador frente al progresivo visionado de fluidos varios y muestras de degradación. Película, en definitiva, no apta para todos los estómagos, pero que hará las delicias de todos aquellos que confiesen una cierta debilidad por la degeneración y la podredumbre más underground.

Relaxer (Joel Potrykus, 2018)

(Des)estructuras

Wildlife (Paul Dano, 2018)

El debut en la dirección del actor Paul Dano es nada menos que la adaptación homónima de Wildlife, novela escrita por Richard Ford en 1990. El filme narra con admirable sobriedad las vicisitudes que ha de superar un adolescente (Ed Oxenbould) en la Montana de los años 60 cuando el matrimonio de sus padres (interpretados por Carey Mulligan y Jake Gyllenhaal) se derrumba inevitablemente. Porque Jerry y Jeanette son un matrimonio aparentemente idílico, pero que en realidad poco o nada conservan del amor que les unió en un principio. Hay en Wildlife una amarga reflexión sobre el llamado (y a menudo ansiado) sueño americano y un cierto cuestionamiento de las estructuras familiares más arquetípicas. Hay también un complejo desarrollo de los tres personajes protagonistas (alentado por la brillante dirección de actores de Dano) y las relaciones que se establecen entre ellos. Hay una puesta en escena contenida que nos muestra el crecimiento de un adolescente y el descubrimiento por su parte de una dolorosa verdad: sus padres no son héroes y, como el resto de los humanos, tienen derecho a cometer errores o incluso a realizar acciones que no estaban escritas en ningún guion. Tienen derecho a dar pasos en falso, a cambiar de opinión, a rectificar su vida. Porque el matrimonio no tiene por qué ser necesariamente un acuerdo hasta la muerte y los caminos de las personas se pueden separar por diversas circunstancias. Porque el amor a veces se acaba y la vida en común puede dejar de tener sentido. Y la supervivencia en un mundo tan complejo como este, por suerte o por desgracia, no siempre se soluciona siguiendo las instrucciones de un manual.

Madeline’s Madeline (Josephine Decker, 2018)

Una de las sorpresas de la sección Next del Americana Film Festival (dedicada al cine más arriesgado dirigido por cineastas poco o nada conocidos en nuestro país) ha sido Madeline’s Madeline, de la directora (y actriz, montadora, guionista…) Josephine Decker. El filme retrata la problemática relación entre la adolescente Madeline y su madre Regina (interpretada por la multifacética Miranda July). Una relación colapsada por sensaciones extremas que a menudo Madeline no es capaz de canalizar. Por eso explota de ira con frecuencia, con demasiada frecuencia. Por eso a veces ataca a su madre aunque la quiera. Por eso acaba ingresada en un centro psiquiátrico y por eso al salir, alguien (tal vez su propia madre) piensa que una buena terapia pueden ser unas clases de interpretación teatral. Contrariamente a lo que esperaba, en ese grupo de teatro Madeline encuentra su lugar, aunque al ir su implicación en aumento, la relación con su madre se acaba resintiendo (una vez más) y la pesadilla vuelve a empezar (una vez más).  Josephine Decker ha realizado un filme incómodo, arriesgado y desestructurado, siendo consciente de que tal vez es esa la mejor manera de reflejar un trastorno mental. La puesta en escena está plagada de imágenes distorsionadas, sonidos molestos y cánticos que provocan estados de trance. Ensayos experimentales que llevan a la catarsis. Secuencias de carácter onírico que no sabemos si pertenecen a la vida de Madeline o acaso están tan solo en su mente. Rupturas con el mundo real. Cuestionamiento, una vez más, de las estructuras familiares. Tensiones que estallan. Exacerbaciones de los sentimientos más ocultos. Gritos, desesperación y violencia. Elementos todos ellos, que podrían espantar a todo aquel espectador que vaya al cine con el único fin de pasar una agradable y tranquila velada, pero que pueden ser el mejor modo de trasladar a la pantalla la complejidad de las emociones de una adolescente tan especial como Madeline.