Muestra Syfy 2020

En esta edición de la Muestra Syfy, la cita promocional anual con el canal especializado en ciencia-ficción, la decimoséptima, que contaba una vez más con el patrocinio del canal Sky y el apoyo de NBC Universal pudieron verse diecisiete películas. Como siempre una buena oportunidad para recuperar varios títulos de Sitges y pillar algún estreno inminente antes de su paso por salas. Esta vez se incluyeron tres películas de animación: Onward, en la inauguración, que estrenaba al día siguiente, el anime Human Lost y, para la matinal del sábado, Trolls 2: Gira mundial en verdadera primicia, un mes antes de su estreno en salas. Hago un breve inciso para decir que no vi la película pero sí su tráiler y no acabo de entender que los malos sean los rockeros cuando suelen ser los más marginados en el mundo de la música y los fascistas musicales, de lo que aquí se les tilda, suelen abanderar otros géneros. Además de estas películas y de alguna que comentaré abajo más en detalle, también se proyectó la delirante cinta tailandesa The Pool, Blood Quantum (los zombies que no falten), The Cleansing Hour, una de exorcismos y realities con Satán paseándose por el estudio de TV y un final bastante cachondo, cintas de género apañadas como Synchronic o The Lodge y un cierre con la esperadísima (bueno, no) secuela de The Boy. Además en la matinal del domingo se proyectó Regreso al futuro (que protagoniza el cartel de esta edición) con motivo de su 35 aniversario. Se agradece la ampliación de aforo (no sé si es nuevo de este año o ya sucedió en ediciones anteriores porque hace años que no venía), con el empleo de las salas 2 y 3 para aquellos espectadores que preferimos disfrutar las películas sin el gracioso de turno (mandanguers según la organización, nombre que les encanta, no digo más) diciendo la primera parida que le viene a la cabeza en busca de la atención que no debe tener fuera, algo que podría ser recibido con cierta indulgencia en un pase de medianoche con películas que tienen en la comedia su principal aliado, pero que debería ser inaceptable en producciones de otro tono y que sin duda requieren el silencio que la mayoría buscamos en una sala de cine —recuerdo hace unas cuantas ediciones el pase de Vinyan (Fabrice du Welz, 2008), y como fue torpedeada por los acólitos de la presentadora Leticia Dolera, que dejaba constancia en voz alta de su aburrimiento, y que como es natural, sigue repitiendo como anfitriona en esta edición, pues para mal o para bien ya es parte indisoluble del evento y el público, ignoro los motivos, la ama—. Comento a continuación una selección de siete títulos que pude ver, y en la mayoría de casos, disfrutar (salvo la tortura inicial de ver la retransmisión de la presentación de turno en la sala mandangosa).

Bacurau

La sombra de John Carpenter es alargada y llega hasta esta película brasileña como la garra de Nosferatu al pecho de su víctima, dejando huella, en este caso para bien. Cine político en toda regla reflejando la lucha de clases de forma completamente literal, por supuesto sintetizadores mediante, en un tema compuesto por el propio maestro para explicitar el homenaje, aunque el asedio de una pequeña aldea brasileña que ni aparece en los mapas a cargo de unos yankees ricos, probablemente socios de la ANR, empleando su tiempo de ocio en dicha cacería humana ya nos remite sin demasiado esfuerzo a Asalto en la comisaría del distrito 13 por ejemplo. Pero sería injusto reducir la película de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles a su herencia carpenteriana. Bacurau, que se desarrolla en la actualidad, pero se abre con el tema Não identificado de Gal Costa que nos envía de inmediato a finales de los sesenta, es una denuncia de la situación de Brasil: pasado y presente, pero probablemente también futuro, y un alegato de defensa de una resistencia, salvo que alguien haga algo por remediarlo, utópica, y tal vez por ello mucho más valiosa, porque por supuesto, las cosas evolucionan cómo deben hacerlo para satisfacer las necesidades de venganza del poblado y las de justicia para el espectador solidario, que aunque debiera ser mayoría, la sociedad nos demuestra día tras día que alguno debe haber que se ponga de lado de los cazadores.

Bacurau, de Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles

Shed of The Dead

Sí, otra comedia de zombies. Y otra sin demasiado que aportar a un género que a mí francamente me parece que lleva tiempo en caída libre. En esta ocasión el protagonista es un cuarentón apasionado de los juegos de rol que, junto a su mujer, la compañera de trabajo de esta (en un salón de uñas donde hacen alguna que otra cosa más) y su amigo también algo nerd deben hacer frente a una epidemia zombie sin justificación alguna (tampoco es que sea necesario, cierto es). Lo más «innovador» podrían ser las inclusiones de las fantasías roleras del prota que recuerdan a Los juegos del desmadre (Knights of Badassdom, Joe Lynch, 2013), pero sin gracia alguna, y las discusiones de pareja del protagonista y su mujer que a mí me llegan a cansar. Quizá no estaría mal del todo si no hubiésemos visto cincuenta películas iguales (siendo generosos) en lo que va de siglo. A lo mejor el problema es que no tiene gracia o que a mí no me la hizo, de todos modos diré en su defensa que la fotografía de Stephen Murphy no está nada mal, e incluso hay una escena de apocalipsis de fondo con helicópteros bastante conseguida. Y los comiqueros créditos finales son muy chulos, va.

Rabid

La nueva película de las hermanas Soska, firmantes de la maravillosa pero ya lejana American Mary (2012) regresan con un remake. Y no uno cualquiera, acuden a David Cronenberg, un tótem entre sus compatriotas, y a una de sus primeras películas. Quizá excusándose por esta carencia de originalidad tras ocho años sin acercarse a la dirección, abren el film con el discurso de uno de los personajes sobre la necesidad de lo nuevo, ¿qué se puede aportar? ¿hacemos arte solo para abastecer a las masas o para aquellos pocos que se atreven a vivirlo? Creo que ellas sí aportan. Transcurridos cuarenta y dos años desde el film original, sería lo propio, y parece más que lícito revisitar ese título en concreto. La de las Soska, que también se otorgan un pequeño cameo, sería una mirada más fresca y actual imbricada en esa estética tan suya, sin dejar de lado ciertos guiños: por supuesto a Cronenberg (de la Rabia original solo tiene la “enfermedad”, la clínica del Dr. Keloid y un papa Noel infectado, pero aquí se ha insuflado más cuerpo al film, otorgando una vida y un entorno a su protagonista) y su Inseparables, el videojuego Silent Hill, su propia American Mary, el sombrío universo de Clive Barker, y, de forma casual puesto que la película de Begos es del mismo año, los despertares de la protagonista tras cada ataque, nos remiten (y viceversa) a los que experimentaba la protagonista de Bliss, sin saber si lo que había ocurrido fue real o tan solo una vívida pesadilla. También un punto de vista mucho más femenino (bastante significativo a este respecto es la escena de la piscina en la que el que sufre el ataque es un hombre mientras que en el film de Cronenberg era mujer contra mujer, como la canción de Mecano), la protagonista es una especie de Carrie en edad adulta (el film de De Palma también tiene su homenaje explícito) mezclada con la de Nunca me han besado (un género en sí mismo, que quiero entender han parodiado aunque no las tengo todas conmigo). Lo demás se puede imaginar, porque del vegetarianismo al canibalismo gore epidémico extendiéndose como el coronavirus hay un paso.

Rabid, de Jen y Sylvia Soska

Satanic Panic

La protagonista de esta comedia de terror de bajo presupuesto ha conseguido al fin un trabajo, pero lo precario de ser repartidora de pizzas le lleva a luchar cada propina para poder subsistir con algo más de los dos dólares por hora de salario. En una mansión poblada de adoradores de Satán que buscan una virgen para invocar a Baphomet no se la dan, y ella, ignorante de quien se va a dar el festín de fast food, decide reclamar lo que le ha sido negado, surgiendo así una feliz coincidencia. Satanic Panic suple sus carencias con algo de ingenio y sentido del humor, bastante sangre y algún que otro desnudo gratuito, acompañando sus imágenes con una banda sonora bastante maja creada para la película por Wolfmen of Mars. Mención especial para la prácticamente olvidada Rebecca Romijn haciendo de mala malísima y para Hayley Griffith, una protagonista entrañable, de esas de armas tomar, una mosquita muerta que se crece con las adversidades, y aunque la película de Chelsea Stardust no vaya a permanecer en nuestras memorias mucho más allá de su visionado es ideal para un pase de medianoche en una muestra de cine fantástico-terrorífico como esta.

Color Out of Space

Richard Stanley (Hardware, programado para matar, 1990) ha firmado una de las adaptaciones de Lovecraft más dignas en mucho tiempo, adaptando El color que cayó del cielo, la historia de una granja (y la zona que la circundaba) caída en desgracia tras el impacto de un misterioso meteorito. El hecho de que la historia se haya trasladado a comienzos del siglo XXI en lugar de haberse mantenido a finales del XIX nos distancia bastante de la historia original en una primera instancia, y el hecho de que los personajes lleven una camiseta de la universidad de Miskatonic y lean el Necronomicón o Los sauces de Algernon Blackwood, no contribuye especialmente a transmitir el espíritu de las narraciones lovecraftianas en general ni el de esta en particular de ninguna otra forma de más calado, pero en la segunda mitad del film, cuando comienzan a notarse los efectos del meteorito que cae en la granja de los Gardner, es la ambientación malsana y lóbrega la que otorga esa conexión con la obra de partida, y por una vez, la nula mesura interpretativa de Nicolas Cage sirve para enmarcarlo como uno de esos personajes superados por las circunstancias que caracterizan casi cualquier narración del escritor de Providence. Así, la película convence como adaptación y se disfruta en sus momentos más desagradables (véase las transformaciones que sufren las alpacas y alguno de los protagonistas), aunque no puede evitarse la sensación de ya visto y, sin necesidad de haber leído el relato en que se basa, saber todo lo que va a ocurrir más tarde.

Color Out of Space, de Richard Stanley

Le daim

En Le daim, una chaqueta de ante de 7500 francos es el fetiche y la obsesión de Georges, un peculiar individuo embarcado en una transformación personal que le guiará a través de la más insospechada aventura, como puede serlo un rodaje cinematográfico amateur en un pueblo donde nadie le conoce y donde una camarera puede convertirse en su mejor aliada, y quién sabe si hasta ostentar la herencia de su legado maldito. Jean Dujardin soporta casi todo el peso (Adèle Haenel le complementa, e incluso diría que hay química, y eso que no hay romance ni falta que le hace) de esta historia completamente fiel al estilo de Quentin Dupieux, director, guionista, director de fotografía y editor, donde lo surreal se va tornando cada vez más natural dejando paso a una extraña coherencia interna, y si en Rubber un neumático podía ser un asesino, ¿por qué una chaqueta no podría compartir sus fantasías con su dueño? El autor de Wrong Cops consigue crear una aventura subyugante a partir de pocos elementos y personajes, uniendo el fantástico con el drama, la comedia negra y el terror, tanto el basado en la violencia explícita como aquel más puro que nace de lo únicamente sugerido (el asesinato en off de la mujer del hotel). La música de Janko Nilovic anuncia tormenta con sus abruptos chirridos y cuando el río suena es que probablemente se está ahogando un músico.

First Love

Un boxeador que no sabe cuánto le queda de vida (¿acaso lo sabe alguien?), una joven que se prostituye para pagar la deuda de su padre, que la maltrataba y la persigue en alucinaciones producto del síndrome de abstinencia, una china mafiosa con cierto sentido de la humanidad, un yakuza traidor, un policía corrupto, una amante proxeneta preñada de rabia vengativa y un jefe yakuza con buen corazón son los protagonistas de este thriller que sucede durante una noche en el Tokyo de nuestros días donde sus historias se intersecan como las líneas de metro en el intercambiador de la estación de Ueno. Takashi Miike nos da lo que cabía esperar y tal vez más: tiroteos y luchas a espada bañadas en sangre abundante con alguna que otra cabeza cortada, pero a la vez una historia bien hilvanada, personajes de esos a los que se coge cariño, y un humor negro muy marca de la casa que arranca más de una sonrisa cómplice. Es tan disfrutable que incluso se le puede perdonar un montaje paralelo un tanto vergonzante donde compara un combate de boxeo con la lucha por la desintoxicación de la droga (ay, los golpes de la vida), pero eso, para mal o para bien, es también muy Miike.