Elvis, de Baz Luhrmann

ElvisParece que Hollywood haya explotado ya todo lo posible el género del biopic musical. No pasa un año sin que nos cuenten la biografía de una superestrella de la música con su ascenso al éxito y su caída en desgracia. Estas películas no suelen ser más que un mecanismo para que los estudios consigan nominaciones a los Oscar para el actor o actriz de turno y el departamento de maquillaje, pero nunca suele percibirse la visión de un director que imprima su sello en la narración de la vida de una leyenda de los escenarios. 

Por supuesto, cuando uno ve que el biopic de Elvis Presley lo dirige Baz Luhrmann espera más personalidad que en filmes como Bohemian Rhapsody (Bryan Singer & Dexter Fletcher, 2018) o En la cuerda floja (James Mangold, 2005), pero es sorprendente el nivel de autoría que respira la cinta por todas sus esquinas. Visualmente, es un ejercicio de barroquismo como pocas veces se ha visto en una película de Hollywood. Luhrmann va más allá del esteticismo de Moulin Rouge! (2001) y consigue que las más de dos horas y media de Elvis recuerden a Speed Racer (Lana Wachowski & Lilly Wachowski, 2008), con su ritmo frenético y su cantidad inabarcable de información por plano. Es cierto que esta sensación de aglutinación formal, en la que abundan las transiciones forzadas, los movimientos bruscos de cámara y un exceso buscado de luz y color en cada secuencia, se pierde un poco con el paso de los minutos y la película termina por agotar al espectador dado ese metraje excesivamente largo.

Elvis

Si algún elemento consigue destacar más allá en este monumento al exceso visual es, sin duda, la interpretación de Austin Butler que se transforma por completo en el rey del rock y logra una mimesis espectacular de gesto y voz. Por momentos, el joven intérprete hace olvidar que no estamos viendo al mismísimo Elvis Presley tanto en las escenas de diálogo, como en las de actuación musical. Esta revelación actoral contrasta con un Tom Hanks (interpretando al coronel Tom Parker, el mánager de Elvis) que fuerza un acento sureño sin mucho encanto y al que es inevitable reconocer detrás de kilos de maquillaje. 

A nivel narrativo la película no se aleja demasiado de otras cintas parecidas, pero es destacable que se centra mucho en la carrera profesional del protagonista e intenta alejarse del amarillismo de su vida personal. Esto la convierte en una cinta menos sensacionalista, pero sirve a Luhrmann para blanquear de una forma descarada la figura de Presley. Sin entrar en detalles de la trama, el guion dibuja a Elvis como a un inocente chico manipulado, sin ningún ego ni ambición económica más allá de la de ayudar a su familia. Todo lo relacionado con el abuso de sustancias, encuentros extramaritales o la diferencia de edad con su mujer cuando se conocieron se deja intuir pero no se trata como eventos importantes para el desarrollo del personaje. Al salir de la sala, cualquier espectador que no estuviera familiarizado previamente con la figura de Elvis Presley no sentirá más que compasión por el cantante de Memphis. 

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Lo que Luhrmann consigue plasmar a la perfección, y convierte en la tesis de la película, es la presión a la que la estrella del rock estaba sometido y el estrés de ser una figura pública las veinticuatro horas del día. Y lo hace con el ritmo imparable del montaje, con las luces agresivas del paisaje de Las Vegas, y, sobretodo, en las actuaciones musicales en las que Butler (de la misma forma que su personaje) se somete a un esfuerzo físico máximo: sudando, bailando, y sintiendo la música; consiguiendo dejar sin aliento al espectador.