Una vez fuimos Kids, de Eddie Martin

Una vez fuimos Kids¿Qué habrá sido de los niños de Kids (Larry Clark, 1995)? We Were Once Kids responde a esta pregunta, abriendo a su paso numerosas cuestiones que pocas veces encuentran su espacio en la pantalla.

El documental arranca gracias a la figura de Hamilton Harris quien, recordado por aparecer liando un porro en la película, tuvo la necesidad de narrar su propia versión de lo que fue Kids. Si bien la cinta de los noventa está rodada a cámara al hombro y con teleobjetivo, ofreciendo una falsa cercanía que realmente se asemeja más a la mirada de un voyeur, este documental se aproxima verdaderamente a los protagonistas desde una óptica mucho más amigable. Así pues, este film es hermano del de Larry Clark, pese a que no le dedica ningún gesto fraternal, por el contrario, dialoga con él de forma violenta, cuestionándolo y reconfigurándolo.

De este proceso resulta la imposibilidad de volver a ver Kids con los mismos ojos. Es inquietante descubrir como Clark se infiltró en aquel pequeño ecosistema de skaters, aprendiendo a patinar a los cincuenta años, adoptando el estilo de esta tribu urbana y ofreciendo a los jóvenes marihuana a cambio de su contribución. Aunque lo más demoledor es observar como los chicos fueron manipulados, aprovechando su ingenuidad y su situación económica y social.

Una vez fuimos Kids

Pero no todo en el filme son sombras, puesto que la mayor revelación que este documento nos brinda es la posibilidad de explorar la verdadera historia de estos niños de los noventa. En ella es reconocible una verdad mucho más luminosa que la que explora el filme de Clark. Los jóvenes, pese a haber sido sacudidos por la violencia y el consumo de drogas, encontraron en la amistad su propio hogar, sustituyendo el de sus familias ausentes o desestructuradas. La heterogenia de este grupo no sólo transgredía la raza, sino también el género, tratando a las mujeres como iguales. Esta realidad que nunca interesó a Larry Clark, dado que estaba falta de violencia y pornografía, resulta mucho más valiosa que la crudeza que respiran sus imágenes de ficción.

La existencia de We Were Once Kids es la prueba de que el mundo está cambiando. Propuestas como esta o la impactante El chico más bello del mundo (Kristina Lindström, Kristian Petri, 2021) demuestran un interés creciente por conocer el trasfondo de los rodajes. Gracias a la democratización de los medios de producción, el poder está cambiando de manos y, con él, están naciendo nuevos discursos. Al fin, el cine puede ser también el medio de expresión de las víctimas y no solamente el de sus verdugos. Cabe apuntar, que el filme se erigió mediante una campaña de crowdfunding. Por ello, podemos afirmar que del mismo modo que Kids no podría ser rodada en la actualidad; We Were Once Kids es hija de su tiempo y no podría haber sido producida en ningún otro momento.

La película no tan solo se constituye como un réquiem para Justin Pierce y Harold Hunter, quienes interpretaron a dos de los personajes principales y perdieron la vida después del rodaje, sino que se establece como una amplia reflexión sobre el deber y la responsabilidad del realizador con el objeto filmado y con la forma mediante la cual se le aborda. Todo ello, tratando un tema que el cineasta ya había trabajado de forma exitosa en Have you Seen the Listers? (Eddie Martin, 2017): la relación paternofilial. La exploración de esta temática, nos lleva de la reflexión sobre la relevancia de los referentes paternos hasta la consideración del legado cinematográfico que las grandes obras de culto dejan atrás. Este itinerario construye a su paso una gran lección: cabe considerar siempre el cine como el mayor testamento de nuestra sociedad. Es por ello que merece la pena abogar por un cine reflexivo, comprometido y, sobre todo, responsable.