Crónica de la generación Z de la periferia de Madrid, A nuestros amigos es, como todo el cine de Adrián Orr, una original combinación de lo performativo y lo documental. En esta ocasión, la protagonista es Sara Toledo, y sus amigos Pedro (Pedro Izquierdo), Polilla (Manuel Cantelli) o Paula (Paula Mirá). Durante cuatro años asistimos al despegar de su exuberante adolescencia, pero también a los reveses de la edad adulta. Una película inclasificable de un director esencial del panorama alternativo español.
La película sigue la vida de Sara Toledo durante cuatro años. ¿Cómo diste con ella?
En una representación de Future Lovers, una obra de teatro de la compañía La Tristura. Tenía un monólogo que, para una chica en su primera adolescencia, defendía con una normalidad pasmosa. Además de la técnica tenía carisma: dentro de La Tristura era la única chica mulata y la que tenía una forma de hablar más de barrio. Conectamos enseguida porque yo me he criado en un entorno parecido al suyo. Después había algo que tenía que ver con su energía. No solo quería cambiar cosas, sino hacerlo de forma colectiva. Hablaba de cosas políticas sin siquiera ser consciente de que hablaba de cosas políticas. Esa energía de la primera adolescencia era lo que quería compartir con el espectador. Me reconocía en su momento vital: no sabe qué quiere, ni cuál es el camino, pero sí tenía la intuición y la energía.
Es curioso, porque uno diría que la película es un retrato de una generación, la Z, que está muy alejada de ti…
Para mí era fundamental representarles y representarnos. Cuando escribimos la película, Celso (Giménez, coguionista) siempre decía que Sara y yo tenemos muchas cosas en común. Hemos pasado por un proceso parecido de de desclasamiento vía teatro o universidad.
La representación de la clase social, de nuevo, es fundamental, como ocurría en Niñato…
…Sí, es el estar entre dos mundos y dos clases sociales. Se lo leía hace poco a la escritora Annie Ernaux: nunca dejas de ser ni de tener los valores del lugar en el que te has criado, aunque ganes el Nobel. Yo, por ejemplo, uso el cine para volver a hablarme con los amigos de mi barrio.
¿Dirías que Sara quiere salir de su barrio a través del arte?
Sara no quiere huir del barrio como tal, sino que quiere otra cosa que el barrio no le está dando en ese momento. Es una reconciliación y una despedida a la vez. En este sentido, Violeta Gil, de La Tristura, me recomendó leer no solo a Annie Ernaux, sino también Regreso a Reims, de Didier Eribon. Son lecturas que nos vinieron muy bien para preparar la película tanto a mí como a Celso y Samuel (M. Delgado, tercer guionista), porque son libros que hablan desde la primera persona este proceso de distanciamiento, que en el cine no se ha tocado tanto, pero sí en la literatura.
La pregunta fundamental: ¿en qué genero crees que hay que incluir A nuestros amigos? ¿Documental ficcionado? ¿Ficción documental?
No me siento muy cómodo con las etiquetas. Hay mucha gente que se piensa que todo es documental, pese a que aquí hay mucho menos que en Niñato. A veces creo que hay cosas del trabajo de creación de mis películas que no se entienden muy bien porque, aunque parecen muy sencillas y directas, detrás de eso hay muchísimas horas de pensar, de escritura, de montaje, de cómo encuadrar, de cómo buscar la luz… De cómo hacer de nuestras carencias, virtudes. Lo de las etiquetas me cuesta mucho. La película propone un juego entre la realidad y la ficción, porque así es la obra de teatro de la que parte. Eso nos daba pie a crear un relato casi de ciencia ficción.
¿Cómo has conseguido ese naturalismo en las interpretaciones? ¿Rodabas muchas horas?
Los actores siempre han sido conscientes de la cámara y mi forma de dirigir era diferente dependiendo de cada uno de ellos. Digamos que hay tres fases. Al principio se trata de habitar sus espacios, y por eso queda más documental. En la segunda y la tercera etapa lo perfeccionamos y ya hacen más trabajo de interpretación con texto y con movimientos. Pero la idea era que mantuvieran la frescura de la primera etapa, que fuéramos capaces de grabar esa verdad. Creo que lo hemos conseguido por la libertad del dispositivo planteado. Al final, se trata de de compartir el proceso creativo con ellos.
Tus protagonistas son una generación que ha crecido grabando su propia existencia a través de los teléfonos móviles. ¿Eso ayuda?
Hay una cuestión generacional, pero también tiene que ver con la relación que creas cuando estás con la cámara: sets sencillos, lugares abiertos, luces naturales… Creas una normalidad de tal manera que, aunque en mi cine estoy muy presente, mis actores se acostumbran a hacer lo que quieren. Por ejemplo, las secuencias son largas, pero ellos saben que no es determinante la frase que dicen.
Has rodado a Sara y sus amigos durante cuatro años. ¿Cómo ha sido el trabajo de montaje de Ana Pfaff (Estiu, 1993, Alcarràs) teniendo en cuenta todo ese material?
Ana y yo conocemos hace 20 años. El trabajo de Ana fue muy valioso para darme cuenta de lo que funcionaba y lo que no en una primera fase, hasta el punto que refilmamos algunas cosas. Ella es muy buena detectando el carácter de los personajes. Me da mucha tranquilidad trabajar con ella porque se fija en cosas que a mí me pasan desapercibidas. No participa en el guion, pero sí que sugiere cosas.
¿Crees que compartes cierta mirada o cierta afinidad estética con otros colegas como Luis López Carrasco (El año del descubrimiento) o Villar y Rojo (La mala familia)?
Creo que nos ha pasado a todos los de mi generación, el digital nos ha abierto la posibilidad de llegar a rodar. Desde que yo comencé a mirar y a pensar que podía hacer cine hasta hoy, hay mucha más gente que accede al medio, porque la tecnología y las ayudas lo permiten. A mí, por ejemplo, me ayudó a hacer mi primer corto, porque podía hacerlo con una cámara mini DV, que era mucho más barata que el 16 o ya no digamos el 35. La tecnología también te ayuda a pensar la película. Te ayuda a crear un tipo de mirada sobre la realidad. En el caso de A nuestros amigos, filmamos la selectividad de Sara antes de tener un guion o una producción de la película, porque eso no iba a volver a pasar.
Como experto en la generación Z, ¿qué te ha sorprendido de ellos? ¿Qué te han enseñado?
Diría que la libertad de poder decir te quiero, o de llorar y abrazar a una persona. Eso es algo que, a mí, por lo menos, no me enseñaron, porque se consideraba una muestra de debilidad. Están mejor educados emocionalmente. Sara y sus amigos han pasado página de esos prejuicios. En la película, ella aprende a decir te quiero. Y eso es algo que todos tenemos que hacer.



