Itinerarios del deseo afterpop: Sasha Grey / Lana del Rey

“Es, ciertamente, una visión apocalíptica. Pero si, junto a ella y a la angustia que suscita, no hubiese también en mí una parte de optimismo, o, dicho de otro modo, la idea de que es posible luchar contra todo eso, simplemente no estaría aquí, entre vosotros, para hablaros”

(Pier Paolo Pasolini, El genocidio)

01. El discreto encanto de lo hype

El cuerpo como espacio para inscripción del poder. La idea era de un Focault delirante de verdad y lucidez: verdad del trazo escrito por la mano invisible de las relaciones de poder sobre el cuerpo.

Y al cuerpo, por supuesto, lo que le interesa es el goce, o más concretamente, la escritura del goce.

Por los mentideros del análisis fílmico se rumorea que uno de los males mayores de la postmodernidad es el llamado síndrome de Peter Pan. Niños que pierden su sombra se desploman una y otra vez como el hijo de Anticristo (Antichrist. Lars von Trier, 2009) desde sus pisos decorados de Hipoteca, niños con la capa de Superman arrojándose desde ventanas abiertas que se aferran a los retazos de una debacle económica preguntándose cómo demonios ha podido ocurrir aquello. Vivimos un Apocalipsis extraño, profetas sin ideología, náufragos afterpop.

Ensayemos una quiebra del perfil del sujeto afterpop masculino y heterosexual en torno al deseo.

Perfil #01. Consumidor culto con una formación ligeramente sensible a la superior que ha pasado del bullying —antes eso no existía— a la madurez, sujeto líquido, camisa de cuadros. La ideología es lo de menos, sobre todo desde que Russian Red —tercer eje del deseo afterpop patrio que no incluyo en la presente ecuación— salió del armario de Intereconomía como una luciérnaga neoconservadora y remotamente excitante. Huérfano de Mayo del 68. Target: Sasha Grey.

Perfil #02. Indie de nuevo cuño con un pasado mal digerido, acidez postmoderna o no poder soportar en lo íntimo la cacofonía de lo independiente y tener que conformarse con sucedáneos de gusto musical: Arcade Fire, Franz Ferdinand. Camisa de cuadros. Huérfano de los Beatles. Target: Lana del Rey.

Ser Indie está In. In(born to)die. El problema, amigos, es que el pasado siempre se manifiesta con la tozudez de lo reprimido y detrás de Sasha Grey se proyecta el fantasma de las mujeres no conquistadas en los tugurios infectados de música latina de la adolescencia, Detrás de Lana del Rey, a su vez, se proyecta lo mucho que te gustaba el primer disco de Estopa. Y el del medio de los Chichos lleva blue jeans y juega a video games.

Tomemos, por ejemplo, el sarpullido repugnante que experimentó la cultura popular allá por finales de los noventa, cuando el porno era todavía un gueto de onanistas avergonzados. El auge de pseudoproductos vomitados por los sumideros sonoros gracias al clan de Tommy Mottola & Asociados (la simpatía odontológicamente perfecta de Chayanne, la heterosexualidad contundente de Ricky Martin, los arreglos “art decó cubano y discotequero” de la Estefan) configuraban el paisaje del consumo musical mayoritario. España pasó de la mala digestión de la cantadita (Flying free) patria a la fascinación por una sensualidad normativa de aires protocaribeños mientras una todavía infantil Jenna Haze se convertía en la reina imbatible de las descargas de los primeros DIVX por proponer una sexualidad descarada y lúdica, lejos de los delirios épicos de Jenna Jameson y de la factoría Private.

«Since 1992, there is a club which is making history. 7 years later, in 1999, it’s still kicking: PONT AERI!»

Y es que, no hay que olvidarlo, antes de Sasha Grey estaba Jenna Haze. La amamos precisamente por su ligera diastema —antes de que Anna Paquin nos vampirizara con su soft dubitativo—, porque era graciosa e inspirada en los interiores más cutres de los noventa. La Haze era disfrutable atada a una máquina de ejercitar abdominales como las que venden en la teletienda de los insomnes o vestida de colegiala low cost. En el cénit de su carrera rodó una obra maestra del porno, un Guerra y paz de fluidos y perversiones titulado, con toda contundencia Jenna Haze: Dark Side (Jules Jordan, 2006), y desde entonces se instauró en los altares del onanismo mundial. Sin embargo, la Haze tenía un problema. No era cool. No tenía personalidad. Era ingenuamente divertida como la vecina de abajo o la hija de la panadera que vestía nuestras fantasías teen.

02. Sasha Grey o la trampa afterpop

Sasha Grey, por el contrario, revolucionó la Industria del Porno no tanto por su hipotética originalidad —nada ha hecho en la pantalla, después de todo, especialmente novedoso o perverso—, sino por comprender como nadie los designios y las voluntades de su público objetivo. Los pornófilos de antaño habíamos crecido hasta delinear una generación de consumidores afterpop que ya no estábamos en la línea de la crítica cultural de Adorno —el porno me aliena lo normal, me manipula lo normal, puede que incluso menos que una sesión de La voz o que un capítulo de Bandolera—, sino que habíamos integrado el cinismo y la autodestrucción ideológica como armas básicas de pensamiento. Sasha Grey nos comprendió y amamantó nuestras “Imagos Fantasmáticas” en torno a un impacto medido sobre sectores minoritarios de público. Al contrario que Jenna Jameson, ya no era la mujer total que fornifollaba demostrando su glamour y su entrega en cuidados encuadres iluminados en ámbar. Ahora Sasha Grey era la voz de los parias de la tierra, dirigiendo su mirada excesiva y provocadora en nichos de mercado concretos.

Tres simples ejemplos. Para los indies leídos y de perversiones con nínfulas intelectuales, ahí está la famosa foto de la Grey aferrada al Crimen y castigo de Dostoievsky. Para los Nerds roleros que fantasean con un pibón Gamer ahí estaba ella jugando al Dungeons & Dragons. Finalmente, para los indies críticos con la cultura pop ahí estaba ella transformada/reescribiendo el Ziggy Stardust. Sasha Grey construyó un arquetipo de deseo articulado en el filo de eso que antes se llamaba la línea entre Alta y Baja Cultura. Era lo suficientemente hermosa como para conmover al viejo macarra lumpen que trabajaba en el turno de noche de una cadena de montaje, pero también a la mariposa indie que emergió de ese capullo adolescente transmutado en generador de opinión blogger, twitstar, y otras variables de la postmodernidad.

Pero es que, además de ser un Icono Fantasmático Total de la cultura Afterpop, Sasha Grey era una exquisita y dedicada pornstar que se manejaba con total soltura en el interior de cada rodaje. Con una sorprendente dedicación, la Grey supo elegir sus papeles para demostrar su capacidad a la hora de someterse a las perversiones justas, escandalizar sorprendiendo sin ser despreciada, generar fantasía sin convertirse en —llamémoslo de alguna manera— goce siniestro. El hecho de que el cementerio de las pornstars esté lleno de pobres muñecas rotas que no controlaron lo que hacían frente a la cámara lo ciñen casos trágicos y lamentables como el de Dynamite en los 80, las asiáticas Maria Ozawa y Risa Murakami, o en los últimos meses, la prometedora y autodestruida Riley Mason. En el caso patrio, es ineludible guardar unos segundos de silencio respetuoso ante el atentado fisiológico auto-perpretrado por Rebeca Linares, de la que ya habló muy pertinentemente Roberto Amaba en esta misma sección.

El caso es que la Grey emergió del magma underground de los sex shops para instituirse en Imago Femenina de lo sexual atravesado por el amor incondicional de las minorías culturales. Su aparición en The Girlfriend Experience (íd., Steven Soderbergh, 2009) fue el broche de oro, la coronación mística entre pámpanos de Alta Cultura y obligada circuitería intelectual. Allí donde diez años antes había fracasado Rocco Siffredi en Romance (Catherine Breillat, 1999), emergió la Grey, de nuevo, en buena lid foucaultiana: su cuerpo se había convertido en estructura total de un poder crítico pero al mismo tiempo complaciente, elemento macroeconómico que podía desplazarse, sin miedo al vértigo, del Gang Bang a la denuncia de los mecanismos del Capital. Extraña paradoja, ya que el porno, incluso en sus manifestaciones más descabelladas, es escritura de Capital puro. Nada más explícito que, pongamos por caso, los videos en los que una vez terminado el Money Shot —y con eso ya está casi todo dicho—, el cámara o el actor de turno arroja de manera displicente un montón de billetes –no demasiados- sobre el cuerpo gastado y manchado de la actriz.

Dicho con otras palabras, el porno también —y ante todo— gime Show me the money.

La retirada de la Nueva Diosa Grey de eso que los meapilas llaman “la industria del entretenimiento para adultos” no tiene nada que ver con las epifanías religiosas o morales que otras figuras equivalentes esgrimieron en los setenta y los ochenta. La Grey se ha dado el piro en nombre de su arte, que no pasa necesariamente por la inmolación y la confesión, sino por una coartada bastante pueril y resbaladiza de actriz dramática o música indie que parece reforzarse por los mensajes que cuelga en su Twitter. La Grey lee, está en Cannes, se machaca en el gimnasio, mantiene conversaciones productivas con interlocutores interesantes, se manifiesta políticamente en una lógica integrada y difusa, escucha grandes discos, paladea buenos vinos. Vive en el Indie Paradise.

03. Lana del Rey o la agradable verdad del vacío

En el otro extremo del espectro del deseo Afterpop nos espera el Hype por antonomasia. La generadora de hermosísimas mentiras emocionales que demuestra por enésima vez que en la cultura de masas lo más importante no es que el emperador esté desnudo, sino la capacidad con la que los demás describen su traje.

Contra lo que pueda parecer, Lana del Rey está más cerca de Ziggy Stardust que Sasha Grey. Bowie, como demostró el magnífico libro de David Buckley, se vendió a sí mismo como una estrella del rock grandiosa y consagrada cuando sólo era un freak que se vestía de señora y había grabado un puñado de discos —cuya enorme brillantez no descubrimos hasta mucho después. Ziggy Stardust obligó a David Robert Jones a iniciar un salvaje carnaval de máscaras que demostraban que, contra la lógica metalera y rockera, lo auténtico era lo simulado. Lana del Rey ha supuesto la impresionante resurrección de Ziggy Stardust tras su inmolación en aquel genial último corte Rock ‘n’ Roll Suicide, de pronto reescrito en Born to Die

Desarrollemos esta idea: resulta absolutamente imposible creer en Lana del Rey. Descabellado. Es un personaje volátil, tozudo en su apología de una frigidez sugerente o de una sexualidad alienígena. Su aire vintage cincuentero está más conectado con los sueños utópicos de Lynch o con la Estética-En-La-Era-Instagram. El deseo afterpop puede anudarse en su silueta y ceñir sus cabellos porque, llana y simplemente, no hay nada debajo. Lana del Rey es la Mujer Total que se venderá en su money shot particular a H&M para canibalizar en unas fotos grisáceas y poco inspiradas las marquesinas de una Europa aburrida hasta la náusea que decide aceptar, finalmente y con un gran suspiro de alivio, que nos pone el Hype. Que queremos creer. Creer, pero cuidado, siempre con la condición de saber que no hay nada en lo que creer. Si Lana del Rey realmente existiera, si fuera posible, si se empeñara como hace Sasha Grey en pontificar sobre su pasión por los clásicos rusos o citar a Rohmer arrebatadamente, el espejismo estallaría en mil pedazos. Si Lana del Rey existiera el deseo afterpop entraría en pánico porque deberíamos reescribir esa huella estética que nos ha legado y que se filtra en la protagonista de Moonrise Kingdom  (íd., Wes Anderson, 2012) y en las colecciones de moda de las grandes superficies. Sin Lana del Rey tendríamos que tomarnos en serio las letras de Born to Die y entonces descubriríamos que no hay ni gota de cinismo postmoderno en sus textos, sino una teenager aburrida que sale del instituto para seguir pensando en el macarra de clase lumpen que, decíamos, trabajará en el mejor de los casos en el turno de noche de una cadena de montaje.

Pero, respiremos, Lana del Rey no existe. Su eterna melancolía lánguida es un truco de márketing puro tras el que no late verdad sexual alguna. Es imposible excitarse viendo su desnudo aséptico y poco interesante en CQ —desnudo que, hasta donde yo sé, todavía no ha sido comparado con la náusea patria de Terelu en la portada de Interviú, ay Dios, pero la verdad textual está cruzada de alguna manera—, del mismo modo que sería imposible creer a la Grey si le diera, pongamos por caso, por protagonizar un remake de Azul (Bleu. Krzysztof Kieslowski, 1993).

04. Conclusiones (provisionales) de los itinerarios del deseo afterpop

“Mientras yo me limitaba a contemplar la misma grieta en la pared”

(Nacho Vegas, La gran broma final)

En la celebración de las sociedades del malestar, el deseo se ha convertido en una verdad transmedia, ejercida con ironía crítica o con crítica ironía. En el momento que asumimos que el cuerpo suficiente tiene con manejar sus síntomas y las inscripciones del poder como para encima preocuparse de la hipotética verdad de sus impulsos fantasmáticos, todo está permitido.

Por supuesto, para los teóricos de la modernidad, nos hemos convertido en unos descerebrados techno-zombies. En mi opinión, simplemente, el audiovisual contemporáneo —el transmedia, en general— nos está ayudando a ser coherentes con nuestros laberintos, gozosos con nuestras contradicciones, explícitos en nuestras demandas. Una vez despojada de su transcendencia mística y religiosa, la realidad se despliega como lo que es: un fraude, un mal truco, una trampa normativa. Sasha Grey y Lana del Rey son dos caras de la simulación que se impone como aliada del deseo, emoticon total, cara sonriente del Whatsapp, tuits de la persona amada, que no es la persona deseada o viceversa.

Probablemente, y hasta que el péndulo de la Historia decida volver a tiempos más oscuros, podemos dejar de fingir que todo esto tiene sentido y dedicarnos explícitamente a gozar nuestro síntoma, experimentar la desoladora belleza del píxel, sorprendernos ante la texturalidad del falo erecto en las producciones porno HD, empaparnos de simulación, fingirnos conocedores, líquidos, transversales, psicoanalizados, reprimidos, frustrados, fans de Melendi, «Ola ke ase», esto lo arreglamos entre todos, responsabilidad social corporativa, llorar con El diario de Noa (The Notebook. Nick Cassavetes, 2004), marcar el paso, practicar la marcha atrás, entrar en fuq.com y buscar lo que queremos, lo que es nuestro, lo que nos pertenece, lo que nos representa. 

Y, modificando aquello que decía Costa-Gavras al final de El capital (Le Capital. 2012), seguiremos divirtiéndonos y divirtiéndonos hasta que todo reviente.