Rosebud o el horror de la infancia perdida
Se da en la trayectoria profesional de Orson Welles una curiosa paradoja que sitúa el inicio de su calificación como enfant terrible hollywoodiense precisamente en un golpe de suerte que nadie pudo ni podría volver a disfrutar en tan famoso imperio. Welles fue el novato más afortunado hasta el momento en la fábrica de sueños. Y lo de novato es un decir, ya que a la edad de veinticinco tiernos años, en la que estrenó su afamado Ciudadano Kane, era ya una figura reconocidísima en el teatro y en la radio, en los cuales había obtenido sonados triunfos y también sonados escándalos (de todos es conocido el revuelo que armó Welles la noche del 1 de noviembre de 1938 cuando escenificó por la radio La Guerra de los Mundos de H.G. Wells, en la que unos marcianos aterrizaban en Nueva Jersey, y con la cual demostró el gran poder que los medios de comunicación ejercían sobre la atónita audiencia). Welles remató su precoz trayectoria profesional con la irrupción en el cine, medio que le permitiría demostrar que su genio no se acababa en el escenario o delante de un micrófono, sino que podía extenderse hasta la perfección utilizando como herramienta un lenguaje lleno de nuevas posibilidades aún por descubrir.
Orson Welles pasará a la historia como autor de una sucesión de obras maestras que se adelantaron quizá al momento en que se crearon. Entre ellas, la primera aún se mantiene como una de los films más famosos y a la vez polémicos de la historia del cine. Ciudadano Kane, estrenada en 1941 tras muchos meses de escándalos y vicisitudes a muchos niveles, es aún hoy una de las obras más emblemáticas y una de las películas más geniales que jamás se hayan creado. Aunque muchos consideran que esto es una exageración, lo cierto es que pocos films han conseguido hasta el momento una aceptación y valoración similares. Multitud de personas, doctas o no en materia de celuloide, conocen o han oído hablar de Kane. Pero, ¿a qué obedece tanto bombo y platillo? ¿Cuál es el verdadero secreto de tan venerado film? ¿Es realmente una de las mejores obras cinematográficas de la historia? Todos nos hemos hecho alguna vez estas preguntas. Y las respuestas que nos han ido dando son en muchos casos demasiado ambiguas y corresponden a menudo a las simpatías u odios que el cine de Welles genera, más que erigirse en argumentos objetivos irrefutables.
Son muchas las cuestiones que contribuyen a ampliar la mitología que alrededor del film se ha ido gestando. Para empezar, y si queremos desmenuzar algunas de las claves que explican tan renombrado éxito, hay que destacar que Ciudadano Kane fue la primera de las dos obras que Welles realizaría para la RKO en cumplimiento de uno de los contratos más inusuales y polémicos que ningún estudio hollywoodiense ha otorgado jamás a un director, y mucho menos para la realización de su opera prima. Fue gracias a un productor tozudo, George J. Schaefer, empeñado en fichar al causante de la histeria marciana provocada en Nueva York, que Welles pisó por vez primera Hollywood. El contrato que obtuvo de los estudios fue inédito hasta el momento, y otorgaba al director una envidiable autonomía artística que poco tenía que ver con el control que habitualmente las majors ejercían sobre sus producciones. Welles quedaba obligado a realizar, escribir e interpretar dos films a cambio de gozar de libertad absoluta y poder de decisión en todas (es de remarcar irónicamente este hecho, ya que las posteriores obras hollywoodienses de Welles se caracterizarían por una humillante intrusión por parte de los estudios en el montaje final de los films) las etapas de realización de las dos obras.
Era pues del todo normal que Welles fuese mirado con recelo por muchos de los profesionales que entonces trataban de abrirse camino o conservar su estatus en la difícil fábrica de sueños. Una cosa era que el niño prodigio de Broadway deleitase con sus montajes e interpretaciones teatrales, e incluso que se atreviese a escandalizar con sus incursiones radiofónicas, y otra muy distinta era que aterrizase peligrosamente en las colinas de California con un contrato bajo el brazo que ponía en ridículo los esfuerzos de muchos por darse a conocer.
Pero no fue tan sólo el inusual trato de favor hacia Welles por parte de la RKO lo que le propició enemigos dentro y fuera de la misma productora. Ciudadano Kane originó una de las polémicas más encendidas que ha vivido Hollywood a lo largo de su historia. El guion del film, escrito de manera conjunta por el mismo Welles y por Herman Mankiewicz trataba sobre el ascenso y caída de un magnate de la prensa, figura claramente inspirada en el gigante mediático William Randolph Hearst. El pez gordo Hearst desató sus iras en contra del film ya antes incluso de su estreno, al enterarse por sus secuaces periodísticos de que en él se retrataba con descaro los aspectos más sórdidos de su trayectoria profesional y privada (curioso es, sin embargo, que el guion de Welles y Mankiewicz ni mencionase una de las leyendas más negras de la historia de Hollywood, la muerte del director Thomas H. Ince, en extrañas circunstancias y a bordo precisamente del yate de Hearst). Sobre todo en este último punto, el film de Welles resultó especialmente ofensivo para el magnate ya que, según se cuenta, la misteriosa palabra que Kane pronuncia en su lecho de muerte, el famoso Rosebud, correspondía al nombre que Hearst daba a las partes íntimas de su amante, la actriz Marion Davies. Aunque numerosos ejemplos en el film remiten de manera directa a la figura de Hearst, semejante insulto no podía pasar por alto, y sea por Rosebud o por el patético retrato de su persona, el magnate trató por todos los medios de evitar el estreno del film, llegando incluso a amenazar a altos cargos de toda la industria cinematográfica con hacer públicos ciertos «asuntos sucios» de la vida privada de algunas personalidades de Hollywood (de ahí la famosa frase que parece que dirigió a Louis B. Mayer «si queréis vida privada, yo os daré vida privada»). El film, afortunadamente, llegó a estrenarse, con un enorme éxito de crítica que, desafortunadamente, no correspondió con el mismo éxito de taquilla. Welles pagó caro el haber desafiado a Hollywood, y sobre todo el haber confiado en la inteligencia y el buen criterio de un público que más se regía por las convenciones del entretenimiento más banal que por la capacidad de discernir un producto bien hecho. El film no recaudó lo esperado, y las grandes expectativas de Welles en la industria del cine empezaron a ponerse en tela de juicio. Welles hubo de enfrentarse asimismo a la acusación (revivida con los años por la crítica norteamericana Pauline Kael en el prólogo al guion del film editado en 1971), que ponía en entredicho cualquier participación de Orson Welles en la elaboración del guion, atribuyendo exclusivamente a Mankiewicz la autoría del mismo —sobre la controversia originada por la polémica atribución de la autoría del guion, Esteve Riambau hace un análisis en su estudio Orson Welles, el espectáculo sin límites, Col. Dirigido por…, Barcelona, 1990 (1ª ed. 1985), pp. 125-136—.
La autoría del guion, quizá más famoso de la historia del cine, ha hecho correr mucha tinta y no deja de ser paradójico que la industria otorgara el único Óscar de entre los nueve a los que optaba el film precisamente a la categoría en la que la participación de Welles había sido ampliamente cuestionada.
Pese a la controversia que rodea la paternidad del guión, no se puede negar la importancia del film en su contribución a la historia del cine, sobre todo en los aspectos relativos a la disposición narrativa de los hechos y a la puesta en escena de los mismos. Acompañado por profesionales de primera talla, entre los cuales detacan el director de fotografía Gregg Toland —Toland era ya una figura muy importante dentro del panorama cinematográfico, habiendo ganado antes de su participación en Ciudadano Kane un Óscar de la academia por el film Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 1939), de William Wyler, y haber participado en films de la talla de Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940), Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940), los dos films de John Ford o La loba (The Little Foxes, 1941), también de Wyler—, el montador Robert Wise —este comenzó su carrera como montador, pasando a la historia por su trabajo en Ciudadano Kane y en El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1941-42). Poco después iniciaría su carrera como director, destacando en su filmografía títulos como Ultimátum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), Quiero vivir (I Want to Live!, 1958) y West Side Story (id., 1961)— y el músico Bernard Herrmann (descubierto por el mismo Welles, empezó su carrera en colaboración con él para la retransmisión radiofónica de La Guerra de los Mundos, haciendo su debut cinematográfico con Ciudadano Kane. Más tarde se convertiría en uno de los compositores más importantes de la historia del cine, recordado sobre todo por las partituras de las grandes obras de Hitchcock), Welles marcó con su film un punto y a parte en el lenguaje cinematográfico que se había desarrollado hasta el momento. Ciudadano Kane es una biografía, la de un personaje público que muere pronunciando una enigmática palabra en los labios. A partir de la investigación de un periodista, que trata de averiguar el significado de la palabra misteriosa, se reproducen una serie de trazos de la vida de Kane que corresponden a algunos de los recuerdos de las personas más cercanas a él, los cuales dibujan un retrato más bien difuso de la personalidad del magnate. Cinco narradores se encargan de desnudar el alma de Kane a través de los flashbacks, curiosamente sin conseguirlo: Thatcher, Bernstein, Leland, Susan, y el mayordomo. Antes de estos, un noticiario cinematográfico que informa de la muerte de Kane ayuda al espectador a situar los hechos y personajes que a continuación serán narrados. Lo más paradójico del film es que ninguno de los personajes logra aportar luz al misterio de Kane, y sólo el espectador conocerá al final de la historia el amargo secreto: el verdadero significado de Rosebud. Aún así, Kane es un personaje del todo lejano para el espectador. El distanciamiento del actor hacia su propio personaje es una de las características del estilo de Welles, tanto en su labor como director y actor teatral como cinematográfico. La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) es uno de los ejemplos posteriores que más críticas recibió en cuanto a este estilo interpretativo. Pero el cine funcionaba como fuente de evasión, y la gente necesitaba en aquellos momentos sentirse identificada con unos héroes más o menos estereotipados a los cuales poder amar u odiar. Kane era demasiado complejo y distante, y su alma era demasiado sombría y extraña para poder ser comprendida y compadecida.
Además del personaje de Kane y la difícil empatía hacia él, había en el film muchos otros aspectos demasiado innovadores para ser valorados en su justa medida. A Welles le gustaba jugar con la capacidad de anticipación del espectador. Ciudadano Kane tiraba al traste cualquier previsión sobre el desarrollo de la trama. Con un inicio que más tiene que ver con las películas de misterio que con un retrato biográfico, el film utilizaba un discurso formal inicial que hacía prever el desarrollo de una trama convencional de suspense. De repente, y una vez Kane muere y pronuncia su último suspiro, un noticiario cinematográfico inunda la pantalla de luz y dinamismo, contraponiéndose formalmente a la iluminación y a la estética expresionista inicial y sacudiendo al espectador en su butaca. El público se veía obligado a resituarse y puede que este esfuerzo no gustase demasiado. Tras el estilo vertiginoso y claramente influenciado por los informativos cinematográficos y sobre todo por el medio radiofónico, el cual Welles conocía a la perfección, el noticiario que había roto con el misterio inicial se rompía a su vez de manera no menos violenta y dejaba la pantalla en blanco, dejando al descubierto entonces que se trataba de una proyección dentro de la propia del film. Se producía pues una metalepsis, en la que el discurso anterior se convertía en una doble ficción, para el espectador real y también para unos espectadores ficticios que dentro del film, asisten a la proyección del noticiario. El colmo se produce cuando, tras este caótico planteamiento, el desarrollo de la acción discurre a través de una serie de flashbacks que no aportan apenas nada en la investigación del pobre periodista.
Acompañando a esta estructura de collage, el film era del todo innovador en multitud de aspectos formales. Entre ellos, cabe destacar la espléndida fotografía de Toland, quien revolucionó el arte del cine con la utilización de planos con unos inquietantes contrapicados que, colocando la cámara en algunos casos a un nivel inferior al mismo del suelo, dejaban ver los techos de los decorados. Así, los interiores opresivos del Inquirer, se contraponen a los extensos espacios de Xanadú, la mansión en la que Kane morirá junto a toda su fortuna. Pero también aquí se deja ver la huella del director. A Welles le gustaba jugar con el espacio escénico. En algunas de sus obras teatrales de juventud transgredía los límites espaciales del escenario para inmiscuirse en el patio de butacas y desarrollar la representación desde allí. En el caso del cine el encuadre era una limitación del espacio que había que rebasar. Así, la utilización del fuera de campo es constante en el estilo formal, no ya de Ciudadano Kane, sino de otras muchas películas de Welles. El encuadre se extendía, no sólo por los laterales, sino asímismo, y sobre todo, en profundidad. La utilización sistemática de la profundidad de campo es otra de las innovaciones que Toland/Welles han legado a la historia del cine (famoso encuadre el del intento de suicidio de Susan, por no hablar del plano que ilustra la secuencia de la cesión del niño / Kane a la tutela de un banco, en la que los diversos sujetos narrativos dentro de un mismo encuadre ilustran de manera simbólica que el niño del fondo es el verdadero centro de atención de la acción desarrollada en primer término).
El montaje de Wise es otra de la cualidades del film. Los encadenados por analogía formal, como el que articula la elipsis de usurpación de los empleados del Chronicle sobre una foto de los mismos, o el progresivo acercamiento inicial a Xanadú utilizando como pivote entre planos la iluminación de la ventana donde muere Kane o la articulación de un flashback de Leland aprovechando la iluminación del fondo, demuestran que, pese al innegable talento de los colaboradores, la coherencia formal no se habría dado sin la dirección de un excelente director. Inigualables los montajes elípticos como las conocidas secuencias de la decadencia del primer matrimonio de Kane, en la que a través de una sucesión de desayunos separados por panorámicas en barrido se muestra la progresiva distancia del matrimonio, o el progresivo fracaso de Susan, el cual es comparado a la vida de una bombilla que lentamente se consume. Y qué no decir de las escenas finales del film, cuando Susan abandona a Kane en su inmenso palacio y éste vaga por los amplios espacios y ante los espejos (inevitable la conexión con La dama de Shanghai). Por último, no podemos dejar de mencionar el papel que el sonido juega en el film. El aspecto sonoro, injustamente olvidado a favor del poder de la imagen, toma en Ciudadano Kane un papel de destacada importancia. No hay que olvidar que Welles provenía del mundo del teatro y de la radio, medios en los cuales el sonido juega un papel importantísimo. Así, son de especial interés los cortes sonoros que disimulan elipsis temporales, como la entrega de Thatcher al niño Kane de su regalo de navidad, en la cual el pequeño pronuncia la frase «Feliz Navidad», a la que Thatcher responde en contraplano «Y próspero año Nuevo» . Aunque se produzca mediante el diálogo una continuidad sonora, se articula en la acción una elipsis de muchos años, a través de la cual Kane se ha hecho adulto.
Quizás en algunos casos el excesivo formalismo pueda cansar a un tipo de espectador que valore más el naturalismo estético, pero no se puede negar que, aún de acuerdo o no al estilo, Ciudadano Kane es realmente una película mayúscula. No sería justo valorar la obra desde la perspectiva que el cine actual nos da. No hay que olvidar que para un espectador de los años cuarenta, la televisión era todavía un sueño lejano y una obra de las características de Ciudadano Kane debió suponer una revolución formal de difícil aceptación inicial por el público. Pero Orson Welles no fue un incomprendido; por el contrario, su genio era ensalzado y reconocido por cualquier experto en el arte del cine. El problema con el que lidió Welles fue la extrema inadecuación que sus obras tuvieron, no ya sólo con respecto a un público aún poco preparado para su visionaria capacidad creativa, sino también hacia una industria que poco interés tenía en la pobre recaudación de sus films.








