Festival de Sitges. Volumen 4

Festival de Sitges. Volumen 4

Dejamos para esta última crónica una suerte de collage entre dos grupos de obras menos conseguidas que las mencionadas en las tres crónicas anteriores y tres obras singulares que posiblemente merecen un texto mucho más amplio en su estreno… si llegan a tenerlo.

Festival de Sitges 2019. Volumen 3

Festival de Sitges 2019. Volumen 3

Acabamos el siglo XX con un nuevo tipo de cine que evocaba sentimientos con imágenes, que rompía la narración alterando el hilo o, simplemente, obviaba el mismo concepto de narración. (…) Tuvimos la suerte de disfrutar en Sitges varias de ellas.

Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan

Como en un sueño febril repleto de incoherencias, repeticiones, fugas y símbolos reinterpretables en Largo viaje hacia la noche se asiste a la lenta evaporación de una trama noir que se había entrelazado mediante recuerdos y olvidos (in)voluntarios de la memoria

Spiderman. Lejos de casa, de Jon Watts

Por un lado, Spiderman Lejos de casa es una película de superhéroes fuerte y musculada, pero por otro, es una comedia romántica adolescente desacomplejada, tan imberbe como las de John Hughes.

Godzilla rey de los monstruos, de Michael Dougherty

Evento sin igual para lo amantes de kaiju —apelativo nipón para las pelis de monstruos antediluvianos atizándose de lo lindo en entornos preferiblemente urbanos—: el estreno de otra cuenta en el rosario franquiciado de Godzilla & King Kong, bautizado como “monstruoverso” en un alarde de imaginación a la altura de los guionistas, que ya contaban con numerosos antecedentes penales como pergeñadores de infrahistorias para cintas de superhéroes.

En los 90, de Jonah Hill

La virtud de En los 90, primera película de Jonah Hill, es la veracidad y sensibilidad que transmite en todo momento y, por ende, la capacidad de lograr que el espectador no tenga una mirada espectatorial de lo que está ocurriendo en pantalla, sino que lo sienta como propio

Olvidadas insumisas: Cecilia Bartolomé

Se dice que en España no existe una genealogía fílmica feminista a la que aferrarse como creadora, sentencia que ha hecho más mal que bien a la construcción de una tradición de cine hecho por mujeres y para mujeres. Las jóvenes que entramos en la universidad nos sentimos huérfanas y obligadas a enraizar en una tierra yerma que nadie trabaja previamente para nosotras, tenemos que escribir de nuevo la historia para darnos cuenta que, aunque disgregadas, hubo muchas realizadoras antes que nosotras.

Bajo el sopor del sueño

El problema es que nos eyacularon, nos gestaron, nos nacieron, nos hicieron. No pudimos decidir y nos encontramos cara a cara con el desastre de un sobre-vivido mundo al que no importamos una mierda. Y entonces nos moldearon a medias. Nos mostraron el umbral de cómo pensar y hablar, de cómo sentir, comer, follar, engendrar y trabajar; pero nadie nos enseñó jamás a saber, a querer y a rehusar vivir.

Catoptromancia: La juventud tras el espejo

Y en esa endeble línea fronteriza, en ese campo de batalla marginal donde confluyen la inverosimilitud del espectáculo y la veracidad fáctica de la existencia, es donde se atrinchera y sobrevive un trance de espacio y tiempo mágicos: la evocación, con toda la distorsión reconstructiva del propio imaginario que ésta conlleva, inevitable pero poéticamente.

Verano sin fin. El cine sobre una ola

Exprimían las horas del día surfeando y alimentándose (vagamente) de lo que pescaban o cogían de los campos. Cuando no había olas, esperaban. Y cuando esperaban, se divertían deslizándose por barrizales o aprendiendo a lanzar fuego por la boca.