Verdad y verosimilitud

Para Platón, la verdad (aletheia) es objetiva, inmutable y reside en el mundo inteligible de las Ideas, accesible solo por la razón. En contraposición, la verosimilitud (tó eikós) es la apariencia de verdad, una opinión o creencia basada en sensaciones del mundo sensible y utilizada por sofistas para persuadir, no para enseñar.

Pues sí, hoy venimos a hablar un poco de eso, de la verdad y de la verosimilitud en las pelis, pero sobre todo de cuánta verdad queremos y dónde ponemos la vara de medir de la verosimilitud. No os preocupéis, que no me voy a poner sesudo; esta columna no va de eso. Tranquilizaos, porque la referencia a Platón no es más que una introducción y no se me pasa por la cabeza hablaros de cuando tuve que hacer un trabajo en la carrera profundizando en estos dos términos. Nada más lejos del motivo de esta sección.

Vayamos al lío: estamos viendo una peli, pongamos, de espías. De repente, tras saltar de un coche en llamas, justo en el momento antes de la explosión, salir ileso del desastre dando una voltereta de diez puntos en suelo y atusándose el flequillo —bajo nuestra atenta mirada y nuestra boca abierta de par en par—, el prota “siente” que un malo le va a disparar y, con el tapacubos de un coche siniestrado, a modo de frisbi, lo desarma como si tuviera en la nuca unos ojos más azules que los que tiene en la cara. Ese es el momento justo en el que soltamos un “Ji, home” o un “Sí, claro” (según de dónde seamos) y nos quedamos tan panchos. Nos hemos tragado el salto mortal con relevé (efectivamente, no sé qué es relevé), nos hemos comido con papas que el coche explote en el momento justo, hasta hemos visto normal que se coloque el flequillo en su sitio, pero el punto del tapacubos… eso no.

No tengo claro si somos peores o mejores espectadores cuando hacemos esas concesiones, pero sí que tengo claro que yo he elegido, ya en mi madurez (46 añazos tiene ya el señor), aceptarlo todo. Desde la primera pirueta, para mí todo va a ser verosímil, porque igual que perdono que una pareja se reconcilie tras saber que todo empezó por una apuesta, puedo perdonar que el Agente 131416 vea por la nuca. Que conste que ha sido un arduo proceso de aprendizaje y fluidez, porque el que suscribe era el típico que en los 80 flipaba con que El Coche Fantástico hablara, saltara, escaneara a lo lejos, se condujera solo… pero cuando aparcaba “de lao” soltaba un “¡Engaya!”.

Ahora disfruto sin tapujos de los saltos, de los planes mal construidos y de los flequillos atusados tras las explosiones. Porque en las pelis, como en la vida, hay que pasar un poco de la verosimilitud para buscar la verdad que te da compartir una peli con alguien en un sofá, una butaca de cine o una manta cerca de la chimenea. Y, en esto, estaría de acuerdo hasta el mismísimo Platón.

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