Amenazas invisibles
A Prayer for the Dying, de Dara Van Dusen
La propuesta de la directora Dara Van Dusen para su debut, que se ha proyectado en la presente edición de la Berlinale, es una auténtica rareza. El argumento explica cómo aparece una enfermedad muy contagiosa en un pequeño poblado de Estados Unidos, siendo Jacob Hansen (Johnny Flynn) y el doctor del pueblo (John C. Reilly) los únicos conscientes de este acontecimiento, de modo que se enfrentan a la complicada tesitura de decidir que medidas tomar para contener esa amenaza. Esta premisa pone a disposición de Van Dusen material suficiente para un intenso drama y, por momentos, un intrigante thriller lleno de suspense (incluso ciertos dejes del tono del metraje podrían considerarse más cercanos al terror), pero es en la aproximación formal a la historia donde el largometraje destaca por una arriesgada estética en la que las decisiones estilísticas son intencionadamente artificiosas (y algo extrañas, todo sea dicho). Con una perspectiva de carácter contemplativo, en A Prayer for the Dying la cámara observa a Jacob en su pesadillesco viaje a la locura y paranoia, pero Van Dusen lo hace apostando por la sorprendente decisión de recurrir a los movimientos rígidos que tanto caracterizan al cine de Wes Anderson. Las famosas rotaciones, el desplazamiento de la cámara y los encuadres milimétricos rompen constantemente la transparencia narrativa de la película y materializan la presencia de la cámara. Lejos de limitarse a imitar al director de El gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, Wes Anderson, 2014), Van Dusen busca su propio modo de explotar ese lenguaje visual, utilizando más libremente los recursos al incorporar también zooms salvajemente estridentes, utilizar las rotaciones como cortes a otro plano en lugar de un cambio de perspectiva lógico y reencuadres como un montaje interno intencionalmente forzado, incluso dejando en un par de ocasiones a la cámara rotando sobre sí misma mientras a su alrededor se desarrolla la escena. La constante presencia de la cámara crea una sugestiva sensación de constante observación, como si los personajes estuvieran siempre bajo vigilancia, a la deriva bajo una opresiva presencia que se desplaza desapercibida por el pueblo y contempla su lenta degradación.
Ghost in the Cell, de Joko Anwar
Joko Anwar también enfrenta a sus personajes a una amenaza invisible en Ghost in the Cell. Como sugiere el título, la película se sitúa en una cárcel y, efectivamente, una presencia fantasmal empezará a eliminar a los presos uno a uno. Mediante este argumento típico del terror, Anwar sorprende con una loquísima comedia que se sirve de múltiples géneros para exponer la mirada de una sociedad que es plenamente consciente de la corrupción que domina sus vidas. La propuesta, sin embargo, no sacrifica el entretenimiento, más bien suscribe su mensaje siempre bajo la ambición de pasar un buen rato en una proyección festiva como pocas. Es innegable que Ghost in the Cell es excesiva en todos sus aspectos: la violencia es extrema y pasada de rosca y el humor es delirantemente absurdo, aceptando la libertad que ofrece la incoherencia. En este aspecto es admirable la facilidad para entremezclar tonalidades con la frescura que lo hace Ghost in the Cell, que lo mismo se ensaña en la carnicería más salvaje como inmediatamente cambia el registro en un giro de ciento ochenta grados recurriendo al gag humorístico más absurdo y desternillante. Anwar cambia de género con pasmosa facilidad y cuando le apetece hasta te cuela peleas coreografiadas que trabajan tanto los puñetazos y patadas como expresivos bailes para desahogar el alma de sus males. El director de Yakarta comentó en un Q&A posterior que él y su equipo hacen películas divertidas porque creen que así es más fácil que el mensaje llegue al público, un discurso completamente suscrito con su Ghost in the Cell, una película que es tan reivindicativa como festiva.
Good Luck, Have Fun, Don’t Die, de Gore Verbinski
Recuerdo la divertidísima introducción de Zombie’s Party (Shaun of the Dead, Edgar Wright, 2004), con aquella sucesión de imágenes que representaba un paralelismo entre la sociedad del 2004 con una manada de zombis descerebrados. La comedia de Edgar Wright identificaba en la conducta cada vez más sedentaria y asentada en la rutina una ausencia de vida que equiparaba situaba al mismo nivel personas y muertos vivientes. Tal era el punto de la comodidad en la repetición que, una vez había estallado el apocalipsis zombi, Shaun (Simon Pegg) seguía yendo al supermercado siguiendo su marcada rutina sin enterarse de absolutamente nada de lo que había sucedido a su alrededor. Incluso, una vez percatado de la situación, su gran plan de supervivencia consistía en repetir lo mismo que habría hecho otro día cualquiera: ir al pub a tomar una cerveza (esta vez con la excusa de refugiarse de los zombis). La propuesta de Gore Verbinski es una visión apocalíptica que sustituye a los zombis por adolescentes enganchados a la pantalla del móvil en una alocada comedia en el verdadero monstruo es la tecnología y que por su desenfado a la hora de satirizar la sociedad recuerda no solo a la mencionada Zombie’s Party, sino también a la tercera entrega de la trilogía Cornetto, Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End, Edgar Wright, 2013). Esta mezcla que ofrece Good Luck, Have Fun, Don’t Die se ve favorecida por la, en parte arriesgada, apuesta por una narrativa desordenada y capitular, asemejándose durante gran parte del metraje más a una recolección de cortos que a una aventura lineal como la que podría augurar la escena inicial, ya un riesgo en sí misma al abrazar por completo un monólogo alarmista por parte de un histriónico y carismático (como siempre) Sam Rockwell que se prolonga en su discurso durante varios minutos. Cada “capítulo” ofrece su propia historia para comentar sobre el catastrófico destino al que vamos encaminados la humanidad, sirviéndose de una ciencia ficción que se asoma dentro de un mundo de lo más normal. La tecnología, más avanzada de lo que se ve a simple vista, se convierte en esa amenaza invisible que conecta las películas de este texto, con una ligera diferencia, y es que en el guion de Matthew Robinson las personas se dejan llevar por voluntad propia, ajenos a que las tentadoras comodidades y mundos alternativos que ofrecen los avances tecnológicos, basados en la farsa y el control, están acabando con ellos. Pese a su alarmista discurso, Verbinski lo trata desde el humor constante y la sensación de aventura de un viaje imprevisible por lo variado de su propuesta, llegando a imágenes sobresaturadas de elementos y sin renunciar a excesos de epicismo.
Saccharine, de Natalie Erika James
De primeras, es difícil ver Saccharine y no pensar inmediatamente empezada la proyección en La Sustancia (The Substance, Coralie Fargeat, 2024), sin embargo la película australiana sabe encontrar su propio camino para explorar las problemáticas que acarrea la obsesión con el físico. En el film de Natalie Erika James, la ansiedad de Hana (Midori Francis) por perder peso la lleva a aceptar una “medicación” con la que obtiene milagrosos resultados, pero a su vez comienza a acosarla un fantasma hambriento que solo es visible en el reflejo de superficies cóncavas. Con esta premisa, Saccharine trabaja las escenas siempre en busca de la tensión que suscita una amenaza invisible, incrementando progresivamente su presencia y los peligros que supone. El sonido o los efectos físicos de una corporeidad que no puede verse se convierten en las herramientas principales para situar al fantasma en las imágenes, con puntuales apariciones escalofriantes en reflejos. En general, la película es una interesante propuesta de terror que no reinventa la rueda, pero sabe encontrar su personalidad propia y consigue ofrecer algunas escenas realmente efectivas, y si bien es muy reiterativa sobre una misma idea a lo largo del metraje, Natalie Erika James consigue servirse del género para formar una metáfora eficaz.








