Quienes conocen mi trayectoria expositiva en esto del análisis cinematográfico, saben de mi debilidad absoluta por los arranques de las películas. Siempre me impactan profundamente y determinan en gran medida mi posterior consideración del film en cuestión. Me parece que en muchas grandes obras, esos primeros compases narrativos tienen un valor esencial en la predisposición de la audiencia hacia lo que nos van a contar. No siempre es así, y no tiene por qué. Pero reconozco que para mí son determinantes, y que algunos me han parecido de tal brillantez, desde una perspectiva estética, temática, o musical, que se han quedado grabados a fuego en mi retina.
Y para mi regocijo, ese es sin duda el caso del espectacular inicio de la película que reivindico hoy por aquí. El agente secreto, la última portentosa propuesta del magnífico director brasileño Kleber Mendonça Filho, al que recordamos por la espléndida Bacurau (2019), entre otras tantas, presenta lo que podríamos considerar un prólogo genuinamente esplendoroso. Su primera prolongada secuencia, que podría constituir un cortometraje en sí mismo, es toda una declaración de intenciones: una suerte de western a la brasileña con la tensión por todo lo alto en el que cada plano, milimétricamente compuesto, cuenta una historia, sintetiza las indispensables premisas de partida, el asfixiante ambiente socio-político que con tanta brillantez va a desarrollar desde esa primera parada del protagonista Marcelo (Wagner Moura, realmente brillante) en una gasolinera polvorienta de camino a Recife, en la costa atlántica de Brasil. Como también nos adelanta la primorosa ambientación setentera que vertebra el film de principio a fin —para mi una excelente producción de arte—. Nos situamos en 1977 durante la dictadura militar de Ernesto Geisel.
A partir de esta inauguración en la cima, la película nunca deja de volar libre. De alguna forma resulta inabarcable en su brillantez y amplitud. Considero que es a esta basta naturaleza, a la que hay que atribuir cierta inevitable sensación de incapacidad para aprehender sus esencias en un primer contacto —de hecho, alguna crítica negativa que he leído al respecto se equivoca a mi parecer por este motivo—. De hecho, asumo la confusión que va generando el desarrollo narrativo de la película como un recurso perseguido a conciencia por Mendoça Filho. La suya es una película compleja, con decenas de personajes y que conecta sus diferentes subtramas hacia el final mediante una resolución encomiable para entregar un thriller ampliamente rebasado en la etiqueta por su singularidad en la forma y el fondo.
Para centrar la acción, señalemos que el enigmático viajero, tensionado frente a un cadáver que lleva varios días pudriéndose en el suelo de la mencionada estación de servicio sin que ninguna autoridad se responsabilice de su retirada, ha dejado Sâo Paulo y regresa en un fantástico Volkswagen «escarabajo» amarillo a la calurosa ciudad playera en plena época de Carnaval. Su objetivo es reencontrarse con su pequeño hijo Fernando, que está al cuidado de sus abuelos maternos. Pronto sabremos que este hombre a la deriva es un investigador universitario y experto en tecnología, y que su joven esposa ha muerto en circunstancias violentas. Allí consigue un puesto de trabajo en una agencia gubernamental dedicada a la identificación de personas —él además está buscando información sobre su madre—. Pero su vuelta al lugar de origen está lejos de ser la esperada, a Marcelo lo persiguen unos sicarios contratados para asesinarlo por motivos que se irán desentrañando, y su único refugio será una red de contraespionaje de la resistencia que supuestamente le va ayudar a huir al extranjero junto al niño proporcionándoles pasaportes falsos, ya que Marcelo figura en una lista de disidentes que tienen prohibida la salida del país.
He aquí por tanto, la complejidad y extensión a la que me refería. Durante sus más de dos horas y media de metraje, en El agente secreto ocurren muchas cosas. El presente de Marcelo en el ominoso Brasil de 1977, se entrelaza con analepsis hacia un pasado no menos tenebroso —entonces conoceremos a quien fue su pareja y madre de su hijo—, y prolepsis que llegan hasta el año en curso, cuando unas jóvenes estudiantes investigan esos oscuros y todavía poco conocidos hechos de la dictadura militar —es inevitable aquí la conexión con la oscarizada Aún estoy aquí, de Walter Salles—.
Pero es que la plasmación fílmica de este escenario enmarañado, se resuelve con una prolífica sucesión de momentos fabulosos. Prácticamente cada escena es excelsa en cuanto a dirección, guion, interpretaciones y soluciones técnicas, permitiendo que la cámara se mueva libre de un escenario a otro contando las diferentes historias interconectadas. Se trata de la venganza atroz, del amor perdido, de un hijo sin padre, de una matanza sin sentido, y al final, de una revolución política destinada al fracaso. Por no mencionar esa “pierna peluda” devorada por un tiburón, que terminará atacando a los viandantes en un fabuloso homenaje al más glorioso cine de serie B, y con la que Mendonça Filho recupera una suerte de leyenda urbana muy extendida en Brasil por aquellos años, que son los de la infancia del director. Precisamente, otra de las virtudes del film es su capacidad para aprehender el zeitgeist de una época concreta de la Historia brasileña en amplitud de miras, pero también en un terreno muy personal, con esas varias secuencias ambientadas en el viejo Cine Sâo Luiz —que ya fue conmovedoramente homenajeado en su documental Retratos fantasma (2023)—, o las varias citas cinéfilas, así como la permanente presencia de tiburones, reales y ficticios, en referencia a la película Tiburón, de Steven Spielberg, que un niño está obsesivamente empeñado en ver. Y es que para mi el gran reto del film es la exhaustividad con la que el cineasta brasileño retrata a toda su amplia selección de personajes secundarios. Porque aunque Marcelo (Armando, en realidad) es el dueño del punto de vista, el director es esplendorosamente capaz de mostrar las idiosincrasias y peculiaridades de todos los vecinos del complejo santuario donde se refugia, de sus amigos y colaboradores de Recife, así como también de los siniestros generalifes, grupos de tarea, mercenarios, o tristes muertos de hambre, que participan en la caza al hombre. Desde luego, merece una mención muy especial Dona Sebastiana, inolvidable la veterana actriz Tânia Maria, la propietaria deslenguada y vitalista de los apartamentos refugio de alma fervientemente revolucionaria.
En conclusión, todas las inclinaciones estéticas, de género e ideológicas de Mendonça Filho se concatenan con destacado virtuosismo es este fresco de unos tiempos tremebundos. El Agente secreto es una película visual y dramáticamente magnífica, que nos remite al espíritu de los thrillers políticos y psicológicos setentistas, con sus climas enrarecidos y su tono paranoico, y que en su estructura caleidoscópica y espiralizada, pendulando entre el cine de género(s), el ensayo político y el drama familiar, consolida a Kleber Mendonça Filho como uno de los directores brasileños —y no solo brasileños— más interesantes de los últimos años. A pocas horas de la entrega de los Premios Óscar, con el film nominado en las categorías de mejor película y mejor película internacional, ¿qué queréis que os diga?, con cierto dolor de corazón por la contendiente de mi admirado Paul Thomas Anderson, no ocurrirá, pero considero esta es la mejor película a concurso.








