Exótica

Exótica, de Atom Egoyan

Buscando el interior

Volvamos a la pregunta que encabezaba el artículo sobre Persona (Ídem, 1966): ¿qué es un clásico?.

En la actualidad, y salvo en el ámbito del cine puramente comercial, existe una marcada tendencia a buscar nuevas formas de expresión que hagan reaccionar espectador de una manera activa, no como simple mirón que absorbe la historia, sino como participante de ella, en el sentido de dar un significado propio en función de tu propia inteligencia o sensibilidad. En la época clásica, y salvo excepciones como la ya comentada Persona, todas las semillas que se iban sembrando durante la trama de la película acababan teniendo su lógica en la estructura narrativa, respetando la relación causa-efecto. Las motivaciones de los personajes siempre eran claras, y un tanto estereotipadas, casi siempre relacionadas con alguno de los siete pecados capitales

Mucho ha tardado el cine en buscar una mayor y más real complejidad en la psicología de los personajes, en darse cuenta que no existe en general la maldad o la bondad, sino una mezcla de ambas que toma partido en la propia visión del que actúa y/o en la de quien contempla. La aparente indefinición moral de los personajes de la película que ahora nos ocupa, que no se llega a comprender hasta los minutos finales, es un claro ejemplo de que, como en la vida real, no se puede juzgar sin la suficiente información, y aun así a menudo nos equivocaremos.

El canadiense Atom Egoyan es uno de los directores que más ha luchado por tener una visión personal del cine, sin comparación posible en la historia del séptimo arte (al menos, desde mi punto de vista limitado y particular). En sus películas la fragmentación temporal y la superposición de tiempos narrativos producen en el espectador una sensación de falta de información que aumenta su tensión y le obliga a reconstruir la historia a partir de hechos aislados y deslocalizados. Las relaciones entre los personajes no están claras y en la mayor parte de su cine no sabes lo que está pasando hasta los últimos minutos de la película, necesitándose varios visionados para abarcar todos los detalles. Esta tendencia se ha roto sólo en parte en sus dos últimas películas estrenadas (aun no ha llegado la última, Ararat), la genial El dulce porvenir (The Sweet Hereafter, 1997)y El viaje de Felicia (Felicia’s Journey, 1998), películas más accesibles, aunque sin renunciar a sus características peculiares, en las que por primera vez ha trabajado sobre historias ajenas, las novelas homónimas de Russell Banks y William Trevor respectivamente.

Para comprender una película tan compleja como Exótica, el director nos da la clave en la primera secuencia. Esta se produce en la aduana de un aeropuerto. Allí, tras entrar un personaje que luego reconoceremos como uno de los protagonistas, un aduanero experto le dice a otro más joven: no te fijes en el aspecto ni en lo que hacen, mírales a los ojos y allí verás lo que las personas ocultan. Y es que a lo largo de la película se corre el peligro de ver sólo el aspecto exterior, la fachada de los personajes, pero la película entra hasta el fondo de ellos. El hecho de que se desarrolle en un club de striptease y en numerosas ocasiones nuestra mirada de voyeur se llene de sensualidad podría impedirnos fijarnos en lo que realmente importa. Como tales nos hará sentir la fuerza expresiva de Egoyan.

En el club Exótica trabaja Christina, interpretada por la joven y sensual Mia Kirshmer. Todas las noches acude al local Francis, un maduro inspector de hacienda, a que Chirstina baile para él. La extraña y emotiva relación entre ellos data de muchos años atrás, y no se nos terminará de descubrir, al igual que las de los demás personajes, hasta los últimos minutos de la película. En el local también trabaja Eric como animador y pinchadiscos. Él y Christina se conocieron tiempo atrás, durante la búsqueda de una niña desaparecida. El local pertenece a Zoe, una mujer embarazada interpretada por Arsinée Khanjian, presencia imprescindible en todas las películas de Egoyan. Por su parte Thomas regenta una tienda de animales y además trafica con especies exóticas, y entrará en la trama obligado por Francis que le está realizando una auditoria. Una amplia variedad de personajes secundarios relacionados sobre todo con Francis nos ayudará a descubrir cómo ha llegado este hombre hasta aquí.

El argumento no se puede contar en sentido lineal, ya que nosotros llegamos en algún momento indeterminado y vamos dando saltos entre las vivencias de los distintos personajes que aparentemente no tienen nada que ver unas con otras, mezclando el presente o recuerdos del pasado cuando los protagonistas los evocan, y sólo ya bien avanzada la película descubrimos que esas historias aparentemente inconexas han confluido en algún punto del pasado, aunque algunos personajes lo ignoran, y volverán a entrelazarse en el futuro al final de la cinta. Uno no puede dejar de sentir un escalofrío al descubrir de donde viene la relación entre la bailarina Christina y el maduro y solitario inspector de hacienda Francis, que no se descubre hasta la última secuencia de la cinta.

La película es inabarcable, llena de detalles que se escapan al primer y al segundo y al tercer visionado (la curiosa relación de Francis y su sobrina, o entre Eric y Zoe, o la complejidad de esta última), que hace que la película aguante cuantas veces quieras verla, sin fisuras en un guion tan perfecto y tan bien engrasado que ni en los sextos sentidos más retorcidos se llega a tal grado de sofisticación y redondez. La capacidad de comprensión hacia los personajes, que al principio nos parecen absurdos y superficiales como casi todas las personas que conocemos y cuya vida real ignoramos, pero que se nos van presentando con profundidad y empatía hasta llegar a amarlos y entenderlos sin olvidar sus muchos defectos, la sitúa muy por encima de producciones mucho más ambiciosas y que se pierden en maniqueísmos y superficialidad. El cine de Egoyan no se puede entender sin esta faceta de contraste entre la apariencia exterior y la compleja realidad interior de sus personajes, especialmente en sus últimos tres trabajos, este que nos ocupa, El dulce porvenir y El viaje de Felicia.

La fotografía es del operador más en forma en la actualidad, Paul Sarossy. Este nos introduce en un mundo onírico de colores cálidos y poderosos, haciendo del local que da nombre a la película un autentico paraíso para nuestros sentidos, que nos atrapa desde la secuencia de los títulos de crédito, con un travelling lateral sobre la exótica decoración del local. Y siempre magistralmente apoyado en la música suave y envolvente de Michael Danna, que alterna una partitura de registros suaves e hipnóticos imposibles de olvidar y que nos quedarán asociados indudablemente a la película, con algún corte electrónico como los que suenan en la ambientación del local. Ambos dan a la cinta un aspecto audio-visual sensual, irreal y estilizado, de una belleza fascinante que contrasta con la historia colaborando en el desasosiego del espectador, y que en muchos momentos hace de duro contraste con las historias de los personajes, cuyo dramático recorrido vital se nos va descubriendo lentamente bajo ese velo de perfección.

Hasta que punto ha llegado Egoyan al límite de sus posibilidades está aun por ver (al parecer su última película ha defraudado en Cannes, donde se participó fuera de concurso, y según creo estaba ultimando otro proyecto que quizá presente también este año). En sus nueve películas hasta la fecha y varios cortometrajes y trabajos para televisión ha impulsado una corriente de renovación y aire fresco en el cine sólo comparable a la del iconoclasta Lars von Trier. El tiempo nos dirá si pervive o muere como otros intentos de renovación de un arte esclavo de distribuidoras cuyo único objetivo es el negocio fácil y sin riesgo, y que asesinan a un arte que como tal debe evolucionar o morir.

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