Hermanos Wayans

Cineastas de raza a golpe de canuto

Sería un error típicamente moderno reducir el cine de los Wayans a lo que parece en su superficie: una explosión hormonal y descontrolada de genuino gamberrismo, pletórico en lo sexual y escatológico pero carente del menor poso crítico o creativo. Si bien la obra de estos hermanos presenta una mayor dispersión y carece, en la mayoría de sus películas, tanto de los referentes pop de Mike Myers como de la estructura clásica de un Sandler, no conviene despreciar la rabia y el cinismo que contiene, propios del humor afroamericano que hunde sus raíces en los primeros y muy viscerales Richard Pryor y Eddie Murphy [1], pronto devenidos en iconos del cine familiar, y se extiende hasta alcanzar a los actuales Eddie Griffin o Chris Rock.

Forjados en shows televisivos de culto como In Living Color (1990-1994, Fox), los Wayans (Keenen, Marlon, Shawn, Damon, Craig y Kim) pronto mostrarían su gusto por el absurdo, el chascarrillo hiriente y el desprecio a la autoridad en cada una de sus formas. Su sentimiento racial tenía la misma combatividad, o mayor si cabe, que las mejores películas de Spike Lee y John Singleton, pero, al contrario que éstos, los Wayans sabían reírse de sí mismos: conocedores de que la propia rebeldía genera, de tomarse en serio, estereotipos aún más peligrosos, deconstruían alegremente mitos a la vez que ponían en su sitio a todos los neoprofetas, bienintencionados o no, que saltaban al ruedo cargados de un saco con soluciones y consignas mágicas. Tanto Hollywood Shuffle (Robert Townsend, 1987), uno de los primeros guiones firmados por Keenen, como In Living Color, durante sus cuatro años en antena, sentarían sus bases, con Jim Carrey como sorprendente compañero de viaje, para que más adelante incluso una familia tan bien avenida comenzara a desligarse. Damon [2] emprendería una carrera como actor en solitario en el cine serio, Craig y Kim se limitarían a roles secundarios, quedando el núcleo duro del humor Wayans constituido por Marlon y Shawn, y una nueva serie como piedra de toque: The Wayans bros (1995-1999).

No deja de ser curioso, aunque también, claro, coherente, que la primera película de Keenen como director fuera una parodia de las blaxploitation movies [3], aquellas películas que durante los años setenta crearon una mitología pulposa y fardona en torno al black power. Con Voy a por ti (obvio título para el mucho más estimulante I Gonna Git You Sucka [1988]), Wayans por primera vez revisaba en clave chocarrera y metalingüística la mitología de su raza, la misma que otros de sus hermanos exhibían con orgullo como bandera y escudo, con una mirada en todo momento muy poco complaciente y muy crítica con ese recurrente empleo de estereotipos. La película, irregular como parodia y quizá excesivamente deslavazada como comedia, contaba, eso sí, con ideas brillantes (el punto de partida: un chuloputas que fallece por una sobredosis de oro), y una lujuria por la violencia elefantiásica, el chiste sexual y el metal machacado que no podía hacer otra cosa que despertar la simpatía del aficionado, quien conectaba con el espíritu pese a reconocer que sus mayores hallazgos funcionaban mejor sobre el papel que en la pantalla.

A tal despiporre le sigue Shame, detective privado (A Low Down Dirty Shame, 1994), de nuevo en la senda de la blaxploitation narrando las desventuras de un detective negro, chulazo, bocazas y cierrabares, que se diría primo hermano del Shaft interpretado por Richard Roundtree en las películas de Gordon Parks. Más comedida de lo que cabría esperar, la película se muestra sorprendentemente respetuosa con el mito, modernizando tan sólo levemente la esencia para cubrirla de una suave capa de humor marrano. Más efectiva dentro del ámbito del thriller que meritoria como sucesión de gags, Shame parece el complemente perfecto a I Gonna Git You Sucka: ambas obras diseccionan con tino sus referentes, salvo que la primera prefiere hacerlo a cañonazo limpio antes que con la precisión quirúrgica del bisturí. El tiempo y el (relativo) fracaso de su segundo largo enseñarían a Wayans que el ruido, el polvo y la furia iban más con su rollo.

Habría que esperar dos años para recibir una nueva dosis de Wayans, esta vez de mano de Shawn y Marlon, en líneas generales mucho menos sutiles que Keenen. Porretas antes que poetas y, por tanto, mucho antes destructores que deconstructivistas, estos dos hilarían junto a Phil Beauman el guión de la que para muchos continúa siendo la más redonda comedia con el sello Wayans: Los colegas del barrio (otro título facilón para el descacharrante Don’t be a Menace to South Central While Drinking Juice in the Hood [Paris Barclay, 1996]). Los hermanos esta vez se atreven a ajustar cuentas con su propia raza, concretamente, con los dramas de denuncia firmados por los ampulosos Spike Lee y John Singleton, usando la película emblemática del segundo, Los chicos del barrio (Boyz n the Hood. Singleton, 1991) como letra principal del desmadre. A fuerza de emplear la brocha gorda, los Wayans consiguen hilar fino, pues en esta ocasión los gags escatológicos, sexuales y paródicos, tan propios de la NCA, no son más que un estribillo recurrente para un bilioso ensayo que cuestiona no sólo la pureza de cierto cine social hecho para predicar a los conversos, sino que, muy a lo tonto, llega a construir un discurso sobre el racismo mucho más consistente que el de muchas películas supuestamente comprometidas. Destacan con poderío un par de momentos memorables, como el que muestra la detención del personaje de Shawn por parte de un policía racista (y negro), o el de su posterior adiestramiento en prisión por un gurú calcado al que aparecía en Malcolm X (Spike Lee, 1992). Si en estos momentos, como ahora, la parodia corría el riesgo de degenerar en el pastiche, Los colegas del barrio le devolvían, momentáneamente, sus raíces satíricas y combativas, proporcionando al encadenado de gags un subtexto de ensayo social que casi parecía haber abandonado a la comedia disparatada.

Pero si bien en Los colegas del barrio los Wayans ajustaban cuentas con el cine de sus hermanos de piel, en la siguiente película de Keenen, Scary Movie (Keenen Ivory Wayans, 2000), iba a ser la tradicional comedia de blancos la que recibiría una minuciosa (e inclemente) puesta a punto. Porque Scary movie es mucho más que una parodia al uso. Vale que en ella tenga su peso la revisión en clave bufa de la estructura de Scream. Vigila quién llama (Scream. Wes Craven, 1996) y que precisamente estos gags, y otros que se reían de escenas de El sexto sentido (The Sixth Sense. M. Night Shyamalan, 1999) y Sé lo que hicisteis el último verano (I Know what You Did Last Summer. Jim Gillespie, 1997), fueran los que un primer momento la auparan a los primeros puestos de las listas y la hicieran merecedora de los parabienes del público, e incluso de cierta crítica especializada. A riesgo de equivocarme, me atrevo a aventurar que esta parte de la película, quizá corregida y depurada por algunas manos, es más propia de los coguionistas Seltzer y Friedberg [4], dejando para los hermanos lo que quizá resulte más interesante y convierta a Scary Movie en algo más que una parodia decente. Me refiero no sólo a aquellas bromas preñadas de mala intención que conectan directamente con el espíritu canalla de Los colegas del barrio (la camioneta del canal de la televisión negra que sale pitando tras la presencia de un crimen), sino además a toda la parte más visceral, física y escatológica, casi postfarrellyana y ligada a la veta underground (el miembro viril usado como cuchillo en el retrete, el colgajo de la profesora de gimnasia), el rollo metalingüístico menos evidente y más ladino, como la escena en el interior del cine o la broma/sorpresa final, y por supuesto, quizá la parte más memorable, todo aquello que hace referencia a la sexualidad de sus jóvenes protagonistas, mofa nada inocente del sexo limpio y puro de los blancos protestantes, un hilo vitaminado por la entregada composición de Anna Faris y coronado con una escena brillante, la de la fuente humana de semen, merecedora de pasar desde ya a los anales del género y la cultura de la trasgresión dentro del sistema, con el último Waters a la cabeza.

Con el abandono, suerte de huida, de Seltzer y Friedberg, uno podría pensar que Scary Movie 2 (Keenen Ivory Wayans, 2001) ahondaría aun más en las raíces metalinguísticas y desmitificadoras de su predecesora, obviando el peaje de la broma oportunista e inmediata. Pero no olvidemos que los Wayans no dejan de ser unos fumetas cachondos y las secuelas son, pues eso, secuelas. Así, la película quedaba en una apretada y efectiva reiteración de las bondades y defectos del original, que evitaba su carga satírica para empatizar con una cierta esencia del spoof clásico. Y es que, vista ahora, sobre todo tras las locuras pergeñadas por sus furtivos colegas, Scary Movie 2 cae simpática por su casi conmovedora pretensión de provocar la risa con bases del terror más canónico y seriote (la mitología de la casa encantada, el mad doctor, el experimento con jóvenes como cobayas), que la acercan en mayor medida al espíritu de entrañables cult movies añejas, como Sábado 14 (Saturday the 14th. Howard R. Cohen, 1981), Reunión de clase (Class reunion. Michael Miller, 1982) o Hysterical (Chris Bearde, 1983), que a los trabajos recientes de Zucker Abrahams Zucker [5]. Y pese a alguna licencia disculpable, la película resultaba más eficaz cuanto más se acercaba a lo fisiológico y multiplicaba el grosor de su trazo: la cena de bienvenida con el mayordomo tullido al que da vida Chris Elliott, el momento de Tori Spelling con el espíritu, Marlon en plan fumador fumado…

Pero no pienso detenerme aquí. Las siguientes dos películas de Keenen Ivory en compañía de Marlon y Shawn son para quien esto escribe esenciales a la hora de entender la esencia de su cine y establecer las claves de su futuro. En un punto en que toda la NCA debe ser por fuerza multirreferencial y aglutinadora, los Wayans se muestran partidarios de la big high concept movie más básica y descabellada. La excelente Dos rubias de pelo en pecho (White Chicks, 2004) y la divertida pero decididamente menor (tal vez por las cosas del tamaño) Pequeño pero matón (Little Man, 2006) son prueba de ello: en la primera, Shawn y Wayans se han de pasar por dos rubias pijas, en la segunda Marlon es un enano que se hace pasar por un bebé. Viriles y desnudas (a Dios gracias) de cualquier coartada contracultural, puntualmente brillantes en su acelerada y escueta ejecución, puro screwball marrullero, ambas ejemplarizan con gracia el lugar que estos humoristas pretenden ocupar en la nueva comedia americana. Siguen despreciando los parámetros de la comedia tradicional blanca, con su aderezo, a veces oculto, de moral neoconservadora, y usan un humor obvio, a veces chusco, para dinamitar sus cimientos, a golpe de emulsión corpórea y gozosa sicalipsis fuera de plano. En White Chicks quedan muy cerca de lograr la comedia poligonera perfecta: lo más parecido a lo que habría hecho con su cine Billy Wilder de crecer en el guetto y desayunar cada mañana una buena ración de canuto con el inevitable juice del barrio.

Puede que Dance Flick nos devuelva a el espíritu de sus primeras películas y de sus trabajos para televisión, donde eran más hirientes y eclécticos, pero a mí me gustaría disfrutarlos en esta línea durante al menos unas cuantas películas más. Su cine ha evolucionado hacia una inmediatez que, no por gruesa, deja de perder la indispensable virtud de la honestidad. Porque los Wayans tienen ahora más claro que nunca lo que les hace reír y cuáles son los aros de fuego que no están dispuestos a saltar. Más cercanos a los Broken Lizard que a los Farrelly, parecen haber escogido un camino difícil y tortuoso, pero precisamente cuanto más simples parezcan sus obras, más interesantes resultan a posteriori, porque no hay nada más serio que mantenerse fiel a unos ideales en tiempos de tormenta bajo el turbio humo de la marihuana.


[1] No vendría mal descubrir o revisar shows como Delirous (Bruce Bowers, 1983) o Eddie Murphy’s Raw (Robert Townsend, 1987) para comprobar que el encantador ‘chico de oro’ también podía ser el cerdo más misógino y deslenguado del planeta. Cierto que el actor y guionista no olvida sus orígenes y de vez en cuando nos regala encantadoras barrabasadas como Norbit (Brian Robbins, 2007).

[2] Escribiría y protagonizaría Más pelas (Mo’ money, Peter Macdonald, 1992), parcialmente contagiada por el humor de su show televisivo e impulsada por la comicidad de su hermano Marlon, para luego hacer lo propio con dos comedias pseudofamiliares que lograban un punto intermedio, atinado pero no memorable, entre el tono naif y el humor fumeta: Mi hermano el chiflado (Blankman, Mike Binder, 1994) y Major Payne (Nick Castle, 1995).  A partir de entonces, crearía su propia teleserie, la frustrada Damon (1998, Fox), y tocaría techo con una estimable interpretación en una de las mejores películas de Spike Lee, la tramposa Bamboozled (2000), que llegaría pareja al triunfo masivo de las películas de sus hermanos, que a estas alturas ya representaban la otra cara de la moneda de la combatividad afroamericana.

[3] Aunque hoy día (casi) todo el mundo recuerde a Shaft, a Blácula y a Foxy Brown, incluso a Cleopatra Jones y a Superfly, como iconos de este alucinante subgénero, me siento obligado a incluir en esta notilla algunas de mis negropelículas favoritas: Hit man (George Armitage, 1972); Coffy (Jack Hill, 1973); Vudú sangriento (Manuel Caño, 1973); The mack (Michael Campus, 1973); Black Mama, white mama (Hill, 1973); Coonskin (Bakshi, 1975) y, por encima de todas, El padrino de Harlem (Black Caesar. Larry Cohen, 1973), la mayoría de ellas llevadas a cabo, paradójicamente, por directores blancos.

[4] Entrañables parásitos de la comedia disparatada moderna, estos dos individuos tendrían la culpa de la trivialización del subgénero spoof a ojos de los fieles exentos de alma, o bien de su inevitable postmodernización hacia el terreno del collage propio de la era Youtube, el Twitter y el Cut and Paste, para los pocos desahuciados capaces de confiar en que, muy a lo tonto (no podría ser de otra forma), algún día darán con un logro objetivamente importante. Hasta ahora, ahí queda esta lista de infrapelículas rodadas casi consecutivamente para aprovechar el tirón y provocar que el espectador ingenuo se rasque los bolsillos para luego maldecir a la salida de su centro comercial: las desangeladas y puntualmente nocivas Date Movie (2006), Epic Movie (2007) y Casi 300 (Meet the Spartans, 2008), y la muy reinvidicable, de puro aparatosa, inconexa, mongoloide y, a su modo, radicalísima Disaster Movie (2008), en la que hasta una desmelenada Nicole Parker llega a superar en muecas y entusiasmo a la casi siempre idónea Faris.

[5] Pena que precisamente David Zucker fuera el que tomara el relevo de la saga, desnudándola del todo de su mala baba y envolviéndola en una atmósfera de white comedy del todo inofensiva y sólo superficialmente iconoclasta. Quizá Scary movie 3 (2003) y Scary movie 4 (2006) representen justamente el tipo de humor que los Wayans habían pretendido poner en su lugar con el film fundacional, aunque los fanáticos de la gloriosa Faris, de sus sexuados tics y muecas, con todo, las disfrutamos con gusto en su momento. Pero, ay, nunca repetimos.