Tom Green

La poética de un colgao

Cualquier intento de equiparar a Tom Green con el resto de los compañeros de generación, de Adam Sandler a Ben Stiller, nos conduciría sin remisión a un punto muerto. Hay que tener en cuenta que el estereotipo creado por Sandler y repetido mecánicamente en casi todas sus películas es, en el fondo y pese a sus esquinadas muestras de humor macabro y a su afable gamberrismo, un icono familiar y noble, que cae bien de inmediato y que no por casualidad gusta a las madres y a las chicas. Algo parecido se puede decir de Ben Stiller, quien en películas como Y entonces llegó ella (Along came Polly. John Hamburg, 2004) o la saga Los padres de ella (Meet the parents y Meet the Fockers. Jay Roach, 2000 y 2004) encarna al incómodo y simpático perdedor que todos llevamos dentro… pero que acaba por llevarse al gato al agua y disfrutar de su merecido happy end para regocijo y tranquilidad de su público objetivo. Incluso en los casos de Mike Myers y Will Ferrell la excentricidad está bajo control, compensada con un evidente poso de moral, sentido del deber y buen rollo. Nada de esto es aplicable a Green, bien una rara avis dentro de su generación, o quizá el único que se planteó llevar los presupuestos humorísticos de sus compañeros al extremo. El Green de Freddy, el colgao (Freddy got fingered. Green, 2001), que no deja de ser un trasunto del Green real, no es sexy ni noble, sólo una explosión de pura adolescencia incontrolada. De ahí que despierte el desconcierto de gran parte de aquellos que presumen de disfrutar del cine de los Farrelly o de comedias como Zoolander (Ben Stiller, 2001), pero que nunca tolerarían un gag sobre el cáncer o la zoofilia en boca de un tipo que tiene mucho más de desecho social que de novio perfecto.

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Para encontrar un modelo que preceda con cierta fidelidad la figura del cómico canadiense nos tendremos que remitir a Andy Kaufman, cuya vida y compleja personalidad fue llevada al cine por Milos Forman en la extraordinaria Man on the moon (1999). Sólo aquellos que conectaban con el humor marciano de Andy, que incluía perlas tan incorrectas como practicar lucha libre con mujeres o hacer bromas macabras en público sobre la enfermedad que acabaría con su vida, pueden llegar a entender la excéntrica comicidad del autor de Freddy el colgao, quien, en el fondo, no deja de ser una versión modernizada, juvenil y puede que aún más disfuncional y enfermiza del protagonista de la serie Taxi (James L. Brooks, Stan Daniels,
Ed. Weinberger y David Davis, 1978-1983, Paramount).

Antes de triunfar efímeramente como actor y humorista, Green fue rapero y skater, y nada hacía presagiar que se convertiría en un cómico de éxito internacional. De un programa de radio en la universidad de Ottawa pasaría a otro en la televisión local, Rogers Community 22, y de allí al estrellato a velocidad de bólido. El humor de Green podía gustar o no, pero siempre llamaba la atención. Era frontal e incorrecto en un momento en el que lo incorrecto pasaba por estar fugazmente de moda. Su fisionomía enclenque encajaba bastante bien con la mitología loser que se estaba forjando a finales del siglo pasado. Así, de Ottawa, el programa de Green pasaría a la Comic Network, y más adelante (estamos ya en 1999) a la MTV, donde se convertiría en toda una estrella mediática. Una estrella atípica, de acuerdo, pero cuya excentricidad y encanto (el cómico siempre alardeaba de vivir con sus padres a los treinta años, al igual que Chris Peterson al comienzo de Búscate la vida [Get a Life, Chris Elliot, Adam Resnik y David Mirkin, 1990-1992, Fox]) conectaban plenamente con los gustos del público adolescente de la cadena. La industria parecía haber asimilado a Green, como ya hiciera con Kaufman en su día… ahora sólo bastaba tiempo para que lo exprimiera un poco, lo justo para darse cuenta de que sus barrabasadas no eran tan inofensivas como en principio parecían, y que su personalidad única, como ocurría con Kaufman, era del todo incompatible con un éxito popular duradero.

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Durante el año en la MTV de The Tom Green Show, el futuro director de Freddy el colgao tendría tiempo para hacer algunas de sus más triunfales y recordadas bromas: cámaras ocultas en las que se paseaba por la calle protegido por una vitrina de cristal antihumo, o en una burbuja de plástico, o aquella en la que despertaba a sus padres a las cinco de la mañana con la explosión a todo volumen del clásico I like to move it, move it… aunque el hit más recordado fuera la parodia hiphopera The bum bum song (Lonely swedish), videoclip dedicado a su propio trasero que incluso disfrutó de un nada desdeñable período de gloria en las listas de éxitos oficiales. El resultado, muy particular pero aun así ajustado a las exigencias del canal, era una especie de cruce entre el por entonces exitoso Jackass (2000-2002) y una comedia juvenil de parámetros desquiciados. Todo en él quedaba justificado por la búsqueda de una risa purificadora a partir de una salida de tono amparada más en el desmadre que en el comentario social supuestamente ácido. Un cachondeo sin coartada moral que no dejaba de tener un reverso oscuro, genialmente patético, y un poso de genuina melancolía. Nada más podría explicar la decisión de Green de filmar su propia operación de cáncer de testículos e incluirla en el programa aderezada con sus bromas habituales. The cancer special no fue sólo uno de los shows más controvertidos de la televisión reciente, sino que constituye una pieza única, de sobresaliente valor, que ironiza sobre los límites del humor y sus cualidades sanadoras frente a dos de los mayores representantes del horror: la enfermedad y la muerte. La decisión de Green contaría también con un gran número de defensores, precisamente entre los principales damnificados de la enfermedad, y el humorista no dudaría un momento en recorrerse los Estados Unidos dando conferencias sobre su experiencia, de nuevo entremezcladas con muestras del humor más absurdo, y sí, también, enfermizo. Memorable, como poco, resultan aquellos vídeos en los que entona, guitarra en mano, la canción Frotad vuestras pelotas todos los días para no padecer cáncer ante un público de adolescentes sumidos en la perplejidad. Pese a tensar la cuerda hasta el límite, Green ganó la batalla, y el público encontró su broma liberadora, quizá porque partía de alguien que sufriera en su propia piel la enfermedad que convertía en objeto de mofa (imprescindible la equiparación con los chistes racistas de los Wayans, la homofobia de algunas comedias gays, o el caso de nuestro Albert Espinosa). ¿Le seguiría sonriendo de la misma forma el mundo cuando se cachondeara de temas como el abuso infantil? Previsiblemente no, tal y como veremos ahora.

Paralelamente al éxito de su programa, Green viviría una gloria fugaz en la gran pantalla gracias a sus pequeños pero relevantes papeles en títulos de éxito como Superstar (Bruce McCulloch, 1999), Road Trip. Viaje de pirados (Road Trip, Todd Phillips, 2000) o Los ángeles de Charlie (Charlie’s Angels, McG, 2000), protagonizada por la que entonces era su pareja Drew Barrymore. En ellas encarnaba al secundario cómico que compensaba la comedida trama central con breves y liberadoras muestras de humor pasado de rosca: de nuevo, el Jerry Lewis de todo Dean Martin. Vista la naturaleza de su ópera prima, no es de extrañar que este papel le fuera ciertamente incómodo al actor, que andaría deseoso por liberar sus inquietudes más salvajes sin tener que rendir cuentas al público multisalero. Tan incómodo o más que a Andy Kaufman el éxito de su papel en la teleserie Taxi, capaz de forzar su humor extraterrestre hasta convertirlo en una serie de bromas-cápsula entre una risa enlatada y la siguiente. Toda esta presión impuesta conseguiría que Green acabara por estallar del todo, y vomitara su carga de bilis y rabia en formato película. ¡Y qué película!

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Freddy el colgao es el reverso de la comedia políticamente incorrecta digerida por el sistema, que ejemplificaba, sin ir más lejos, Road Trip. Aquí el pirado no es el secundario, sino el héroe, y su conflicto interior, trágico bajo la capa de humor bestia, es lo que nos interesa. No es difícil ver en el guión, coescrito por el propio Green, una biografía camuflada del humorista convertido en realizador, y una muy personal y sentida parábola sobre el triunfo y la lucha por los sueños. La historia nos presenta a Gord, un aspirante a dibujante de cómics que vive con sus padres a los treinta años y que tiene que cargar con un denigrante empleo en una fábrica de sándwiches de queso. Gord sufre la incomprensión de su familia debido a su inclasificable sentido del humor, que en ningún momento sabemos si es brillante o simplemente histérico, y su comportamiento al borde de la demencia. Green nos muestra esta personalidad dislocada, y aun así simpática (al menos desde su punto de vida, que pretende osadamente que sea también el nuestro) en la segunda secuencia de la película: el protagonista atraviesa un descampado en su nuevo y flamante coche y se detiene embobado tras la visión de un caballo de portentosa verga. No puede evitar frenar en seco, bajarse del auto, acercarse al animal y masturbarlo. Tras este comienzo francamente rompedor, el film inicia una andadura no menos novedosa y suicida: Gord fracasará una y otra vez al intentar vender sus cómics, y ni siquiera el encuentro de su media naranja —una atractiva paralítica obsesionada con el sexo oral y de tendencias sadomasoquistas que, al igual que él, persigue un sueño casi imposible: construir una silla de ruedas impulsada por cohetes— conseguirá calmar un poco la tensa relación con su padre, que sólo pretende que su hijo se emancipe de una vez y se olvide de sus garabatos. La intensidad del enfrentamiento dramático será tal que Gord llegará a acusar a su padre de haber abusado sexualmente de su hermano Freddy, sólo dos años menor que él. En este punto, muy avanzada la historia, encontramos la razón del título original, Freddy got fingered (algo así como A Freddy le metieron el dedo, nada que ver con una traducción española que no sólo es estúpida, sino que nada tiene que ver con el argumento de la película, en la que el tal Freddy no es ni por asomo el protagonista).

Resulta curioso cómo, contando con tantos elementos ensombrecidos en su desarrollo (quizá la cumbre sea el momento en el que el padre, borracho y decepcionado, proponga a Gord que le dé por el culo mientras la madre los espía) y jugando con temas tabú, más en la comedia, como el incesto o la pederastia, el conjunto no trasmita tanto mal rollo como debería. La razón la hallamos en la abrumadora eficacia de muchos de sus momentos de puro humor, sobre todo durante la primera media hora, que consiguen, a la chita callando, convertir la película en una experiencia liberadora antes que en un título enfermizo. Pese a sus fallos menores, plenamente disculpables en una primera película, Green se revela no sólo como un pirado nato, sino como un notable director y un excelente humorista, capaz de dosificar bien los gags y de entremezclar con habilidad lo naif, lo negro y lo puramente dramático, sin descuidar una mirada muy personal y un respeto a la caracterización de cada personaje.

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Sobre esto último pueden apuntarse varias cosas. La principal es el evidente desprecio que Gord/Green siente por todos aquellos que renuncian a sus sueños para abrazar la rutina del sistema. Desde su mejor amigo hasta el petimetre de Freddy —que trabaja en un banco pero va a comer a casa de sus padres porque no gana lo suficiente—, pasando por la madre, a la que propone abandonar el nido y tener sexo con jugadores de baloncesto como muestra de rebelión. Pese a todo, el antagonista principal es la figura del padre, un hosco y severo gordinflón que no aguanta que su hijo tenga una vena creativa que no le lleva a ninguna parte. Es obvio que Green está hablando de una historia que conoce muy bien. Razón por la que no es extraño que mire con tanta simpatía a su protagonista, del que, como apuntábamos más arriba, no nos importa si es en verdad brillante —esto hubiera convertido la película en el retrato hagiográfico y autolaudatorio que no es en absoluto—, sino la fe que profesa por la realización de sus sueños, o a su novia paralítica, esa chica a la que le gusta que le azoten en las piernas con una vara de madera. Al margen de su idealismo, el interpretado por una excelente Marisa Coughlan es un personaje que en una película como Road trip hubiera desempeñado un papel secundario, desahogo cómico de un gag no superior a los cinco minutos, antes de que el protagonista encuentre a su amor verdadero personificado en una chica decente y con la cabeza en su sitio. Porque si la comedia gamberra nunca ha amado realmente a los pirados, mucho menos ha sentido el mínimo respeto por las piradas, especialmente dentro del universo juvenil. Sin embargo, aquí la pirada es la chica de la película, la novia del héroe, ni más ni menos. Y cuando Gord/Green, llegando al clímax final, le pide perdón contratando un helicóptero para alcanzar su azotea y entregarle su corazón, ella se niega en redondo: lo único que quiere es chupársela. Con esta escena, Green parece querer escupir violentamente sobre la tradición romántica de la comedia usamericana (el fondo musical de When a man loves a woman resulta a este respecto tan malicioso como revelador), que salpica también al humor supuestamente incorrecto: para él, la mujer alcanza mayor autonomía siguiendo a pies juntillas el dictado de sus propios deseos que oficiando el papel de cosificada dama que tan sólo sirve para enmendar el camino del protagonista, tal y como sucede en las comedias de Sandler, Myers, Ferrell o Stiller, e incluso en las de los Farrelly y Parker y Stone.

Otro punto interesante es el uso que hace Green del humor físico. En palabra de Chris Columbus: «Si a una persona le tiran una tarta en la cara, yo no lo encuentro gracioso. Si en lugar de una tarta es un ladrillo, sí que le veo la gracia, siempre, claro está, que no sangre o se le caigan los dientes». Esta acertada plasmación de la evolución del humor ‘de golpe y porrazo’ tenía un fiel reflejo en una divertida escena de Sólo en casa 2: perdido en Nueva York (Home alone 2. Lost in New York. Columbus, 2002), en la que Daniel Stern recibe un ladrillazo tras otro en plena jeta. Pero, como lo que a Green le interesa es mutar en una especie de cartoon realista, bastante más sucio y epatante, para él la sangre y los dientes rotos son imprescindibles. En su película tenemos a un muchacho de unos diez años que, como en Baseketball (Zucker, 2002) o en las claramente inofensivas Scary movie 3 (Zucker. 2003) y Casi 300 (Meet the spartans. Friedberg y Seltzer, 2008) , irá recibiendo golpes durante todo el metraje, para finalmente caer preso por las fauces de una turbina de avión… pero en esta ocasión y a diferencia de las películas arriba mencionadas, sí que vemos la sangre, el dolor, la piel morada y el llanto del pequeño. Green quiere hacernos estallar de risa, pero le interesa aún más que la carcajada se congele en el momento álgido del desparrame.

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Teniendo en cuenta esto no debería llevarnos a error el hecho de que Green recurra a un tradicional final feliz para poner el broche a su opera prima. Y es que, contra todo lo imaginable, Gord saldrá victorioso de su aventura: se quedará con la chica, triunfará en el mundo de la animación y conseguirá la admiración de su padre («así que lo de los garabatos iba en serio…»), que no tendrá más remedio que aceptar la peculiar furia creativa de su primogénito. Por una parte Green no es tan cobarde como irónico terminando así su película, y por otra pretende ser coherente con sus intenciones originarias: al fin y al cabo está contando su propia historia, disfrazada de fábula tragicómica, y el humorista se encontraba en la cúspide de su carrera cuando escribió el guión de Freddy el colgao. Con toda seguridad, muy diferente sería la conclusión de la película de haberla escrito uno o dos años después de su estreno, que le supondría, entre otras cosas, un descalabro crítico (la película arrasó en los Razzies de ese año, y Green, por supuesto, acudió a la ceremonia), un fracaso comercial (antes de su estreno, la versión original del film ya recibiría la NC-17 por parte de la puritana MPAA, cuyos miembros quedarían estupefactos con el resultado; Green les enviaría en consecuencia un montaje de tres minutos con ánimo de que su película fuera calificada como para todos los públicos) y un destierro que le mantendría alejado de las producciones de las majors, e incluso de las independientes con prestigio, durante más de cinco años. Ahí es nada.

Porque si Freddy el colgao se abrocha con el clásico final feliz, el triunfo de los sueños más alocados de Gord, la historia de Tom Green, no. Al menos por el momento. Declarada persona non grata después de su estreno, el humorista sería marginado por la misma industria que lo había llevado a probar las mieles del éxito, y hasta su propio público le daría la espalda. Se inicia, por tanto, la inevitable etapa de supervivencia alimenticia en producciones infantiles (Bob the butler. Gary Sinyor, 2005), cortos de producción propia, documentales de fans y roles secundarios en comedias inanes (Un diploma muy caro [Stealing Harvard. McCulloch, 2002]), una maldición de la que no se recuperaría, y todavía está por ver, hasta mucho más tarde.

Con todo lo apuntado, podemos concluir aduciendo que el calificativo de película adelantada a su tiempo, tópico a más no poder, pocas veces logra un reflejo tan adecuado como en el debut de Green como realizador. La radicalidad de la propuesta y su medular incorrección no podían otra cosa que toparse de bruces con la incomprensión y el desconcierto de un público adocenado. Aunque sólo sea por esa visceralidad y la honestidad a corazón abierto con la que está concebida, Freddy el colgao merece un puesto destacable en la historia de la comedia contemporánea, y Green un lugar de honor entre los cómicos más rompedores e insobornables de su generación. Sí, señores, un auténtico colgao, pero en el mejor sentido.