360: Juego de destinos

Relaciones internacionales

Resulta que es una de las palabras más utilizadas en este siglo, palabra que de tanto usar se ha desvanecido su significado, quedando solamente la sintaxis, una unión de letras que forman una palabra que todo el mundo conoce y sabe de qué va pero que resulta difícil definir. Según el Drae, la globalización es la «tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales». Pero en el habla cotidiana y en la perversión del lenguaje procedente de numerosos periodistas y contertulios, la globalización lo abarca todo y sirve para hablar de todo y, por tanto, hablar de nada, o sea de todo con superficialidad. Y como yo también estoy pervertido de este vaciamiento y/o retorcimiento improductivo del lenguaje podría definir que hay una corriente de cine de este siglo que requiere de un concepto que lo aglutine y que podría ser el de la globalización de las relaciones.

En la década de los 90 una serie de películas se construyeron sobre la idea de la comunidad. City of Hope (John Sayles, 1991) y Vidas cruzadas (Short Cuts, Robert Altman, 1993) serian dos de las más representativas. En ellas las relaciones, de forma directa o indirecta, se armonizaban sobre un espacio limitado (una urbanización, un bloque de viviendas). En Happiness (Todd Solondz, 1998), Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), Traffic (Steven Soderbergh, 2000), y Tú, yo y todos los demás (Me and You and Everyone We Know, Miranda July, 2005), películas finiseculares las tres primeras y con unos elementos profundamente renovadores la cuarta, el foco se agrandó hacia el de varias ciudades y/o países con habitantes en relación, con elementos de comunicación que ya no son únicamente el contacto físico. La televisión, los correos electrónicos, el teléfono y los diversos chats eran parte del entramado emocional. Pero el límite espacial seguía existiendo.

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Es entrado el siglo XXI cuando el efecto mariposa se hace patente, hasta el punto de crear una corriente de películas en donde hilos invisibles unirían a cada ser humano que habita el planeta. Ya no hay límites, o por lo menos, el planeta Tierra parece el umbral, y el acto de alguna persona en Japón puede repercutir en turistas estadounidenses visitando el norte de África. Hablo de Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006), una película, tres continentes.

Esa comunión de espacios alejados geográficamente, que relacionan a ciertas personas conlleva que los altares de estos lugares impersonales catalizadores de nexos sean los aeropuertos y los hoteles, vértices que ayudan a que personas que nunca llegarían a conocerse de no ser por estos espacios lo hagan y gracias a las argucias de un guión, se produzca alguna intromisión de la vida de uno en otro que lleva a que, cuando se separen unas horas después, algo se haya modificado en la vida de los mismos. La terminal (The Terminal, Steven Spielberg, 2004) sería la película sobre este espacio indefinido que es el aeropuerto, en donde Spielberg planteaba una relación, evidentemente imposible. Una visión diferente sobre estos lugares desconectados del visitante quedaba reflejada en Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003), fábula desencantada sobre la imposibilidad de la comunicación en esos espacios despersonalizados.

La ultima película de Fernando Meirelles retoma esa idea primigenia de Griiffith en Intolerancia (Intolerance, David W. Griffith, 1916), en donde un sentimiento, el que da título a la película, recorría la película a través de numerosos pasajes bíblico-históricos. Poco que ver tendría con una película con la que se la relaciona, La ronda (La ronde, Max Ophüls, 1950), donde es el azar el que abraza a sus personajes. Aquí, Meirelles utiliza una estructura de yoyo para señalar cierta repetición de los sentimientos y de las acciones, pero amparadas por una sensación de esperanza en sus personajes. Hay, empero, una sensación de que las acciones son inevitables y que éstas conllevan una concatenación de sucesos que me molesta en exceso, porque parece que, al contrario que en La ronda, el azar está abandonado y hay un deus ex machina bastante insoportable. Eso querría indicar, no únicamente, que Meirelles sea un moderado pesimista, pues cuando el yoyo vuelve a su origen y es lanzado otra vez, suponemos que otras vidas se moverán. El problema es que creo que lo harán en la misma dirección.

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Viena, París, Londres, una prisión en Colorado, el aeropuerto de Denver, Londres y otra vez París son los espacios donde se encuentran los diversos personajes de 360: Juego de destinos. Una fotógrafo saca unas fotografías a una joven a la que promete trabajo como acompañante de ejecutivos; la joven viaja de Viena a París para encontrarse en un hotel con un marido desencantado, cuya esposa en Londres se ve con un hombre que abandona a su novia brasileña, que decide retornar a su país y se encuentra en el avión con un pobre hombre que ha perdido a su hija hace años; la joven se encoña de un estadounidense en libertad provisional por ser un violador, mientras el pobre hombre se ha desintoxicado en una clínica donde también lo ha hecho una mujer despechada por su novio, guardaespaldas de un mafioso al que asesinan, a la par que un dentista musulmán de París decide reprimir sus sentimientos hacia su ayudante recientemente despechada, y la prostituta de Viena inicia un nuevo camino cuando un fotógrafo saca fotos a una joven para iniciarla en la prostitución con ejecutivos. Y volvemos a comenzar…

Esos lazos comunicativos son tan impersonales, que se se reflejan igualmente en la superficialidad de los sucesos: un matrimonio no se resuelve solo porque un hombre se vaya o no de putas, o una mujer decida dejar en segundo plano al amante. Resulta que hay algo más, mucho más que nos vemos obligados a rellenar y que no se intuye ni se refleja. es decir, que tenemos que construir la película para que sea válida esa esperanza que planea en la misma. Y no me da la gana…