Diderot era inmortal

Es fácil jugar al “¿era necesario?” cuando aparecen nuevas adaptaciones de obras como La religiosa. Es un juego entretenido para las tertulias de monóculo alzado que puede acabar antes de empezar, porque, sobre el papel, nada puede eclipsar ni a la propia novela de Diderot ni desde luego al impacto que tuvo su publicación en pleno siglo XVIII. Rivette, el pornógrafo Joe D’Amato, ahora Guillaume Nicloux, al ofrecer sus puntos de vista de las cuitas de Suzanne Simonin no compran papeletas para la hoguera en ese juego, Diderot sí compró. Compró las suficientes para vaciar Doña Manolita y La Bruja de Oro. Y aun así, volvemos a preguntarnos: ¿era necesario?

Sí, era necesario. Desde luego que lo era. La religiosa no es sólo la anecdótica, o mejor dicho la cotidiana malaventura de una novicia de hace 250 años y el infierno en el que convierten su vida unos y otros por bastarda y (sobre todo) por mujer. Esto es lo obvio, lo superficial. No hay ni que rascar la cubierta de la novela para comprenderlo. Son las costumbres de la época y como relato describe simplemente eso. Pero Diderot iba mucho más allá incluso de los hábitos de monja, el cilicio y la Santa Madre Iglesia. Hoy, 1 de diciembre de 2015, hay palabras que se regalan con alegría: genio, pionero, visionario. Dos de cada tres personas que te cruzas por la calle entran dentro de lo que algunos creen que es un genio, un pionero, un visionario. Si volvemos a 1750 entenderemos el verdadero significado de esos conceptos y podremos aplicárselo a quien hablaba de derechos humanos cuando tal cosa no aparecía en los libros de Educación para la Aristocracia, o de la independencia de la hembra para hacer de su capa un sayo. Aquí es donde La religiosa adquiere su carácter de obra inmortal. Por desgracia, aún es inmortal. En la moderna y libertaria Europa no hay monjas de clausura forzadas a comulgar a hierro y a fuego, pero hay trata de blancas. No es obligatorio que ellas cuenten con la venia parental para hacerse un hueco en la vida, pero a algunas el marido las mata si lo intentan. No, no hace falta hablar de yihadismo o de los fundamentalismos contemporáneos para trazar alegorías desde de la obra de Diderot. Los ejemplos los tienes a menos de un kilómetro de casa. Garantizado.

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Rivette versus Nicloux

Quizá, de poder elegir, Diderot, libertino como era, se hubiera decantado por el delirio sadomaso de D’Amato en Una monja en pecado (La monaca del peccato, 1986), al fin y al cabo él ya vivió dentro de las películas de Rivette y Nicloux, o en películas muy parecidas. Pero son Rivette y Nicloux los que juran cierta fidelidad a la obra original y, por encima de todo, hay que comprender que sin la versión de 1966 no es probable que existiera la de 2013. Cada una es hija de su tiempo pero Nicloux, como casi todos los gabachos de su generación, es hijastro de Rivette.

¿Qué ha quitado de la mesa y qué ha puesto el director de El secuestro de Michael Houllebecq? Ha quitado literatura, poesía; ha quitado la mirada ausente en dirección al patio de butacas de Anna Karina y le ha pegado un señor mordisco al metraje a base de eliminar el buen vicio nuevaolero de los diálogos eternos. Fuera la evocación, dentro el realismo. Nicloux nos deja sentir el frío de los muros de piedra que encierran a Suzanne y el frío del tacto de Isabelle Huppert, la madre Saint-Eutrope, embistiendo a la novicia con un deseo nada contenido. Lo que Rivette insiuó Nicloux lo enseña y su cinta gana en crudeza, porque él también es hijo de su tiempo, aunque elige llegar al arte por el drama y no hacer un arte del drama ni gimotear que “nadie quiere la noche”. Son buenas noticias para los amantes de la arquitectura centenaria, los rituales católicos que se pierden en las catacumbas y la luz natural. A Werner Herzog le encantará La religiosa del siglo XXI.

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Los que entiendan que el relato de Suzanne, aunque penoso, no era ningún fresco del bullying en los conventos, lo llevarán un poco peor. No se le va la mano a Nicloux por el lado de la crueldad —probablemente, seguramente, se quede corto— sino por la clase de crueldad que muestra. Sus ojos están en 1750 pero su cabeza sigue en los noticieros de antes de ayer. Son detalles tan sutiles que ni siquiera merece la pena el reproche, y aun así su madre Christine (Louise Bourgoin) parece manufactarada en Gossip Girl, sección “ultravillanas”. Ya está, tenía que decirlo. Pero seamos justos y salomónicos: la Suzanne simonin de Diderot se parece mucho más a Pauline Etienne que a Anna Karina. La palidez, el talle espigado de los 17 años, los ojos que quieren vivir y no pueden. Tranquilos todos, el mito Karina está intacto. Etienne pasará y la musa de Godard permanecerá en los pósters de Jonás Trueba y sus colegas ilusos, pero eso no convierte a Anna en mejor actriz que Pauline. La primera miraba al parnaso, la segunda te mira a ti.

También está intacto el espíritu de Diderot, su mensaje a las generaciones futuras. Y eso es lo capital, el alegato por las Suzanne sin hábito. Tanto esta como cualquier adaptación venidera que respete las líneas maestras de la novela, las tácitas y las implícitas, será algo más que el mero capricho de época para lucimiento de un buen director de arte. La película de Nicloux tardará en tener fecha de caducidad.