Se podría intentar vender El misterio de God’s Pocket (God’s Pocket; John Slattery, 2014) como la película póstuma de Philip Seymour Hoffman, otra más de las varias que dejó en el cajón antes de abandonar el edificio. Pero no es la última. Ni siquiera fue de las últimas. Nos ha llegado muy tarde, nada más. No, El misterio de God’s Pocket es algo mejor que un obituario, es el esfuerzo común de un buen puñado de actores comprometidos en el empeño de crear. Crear, con mayúsculas. Ellos, una historia pequeña, y un millón de dólares.

John Slattery, aquel John Sterling de Mad Men, dirige a un all star de característicos de los que ya no nacen; el propio Seymour Hoffman, su ex compañera Christina “Joan Holloway” Hendricks, Turturro, Eddie Marsan, Richard Jenkins, en esta adaptación de una novela del guionista y escritor Pete Dexter. Y aunque en la vida hay pocas garantías de casi nada, si el restaurante es bueno, los cocineros saben lo que se hacen y la materia prima es de calidad, algo tiene que ir muy mal para que abandonemos el lugar insatisfechos. Así es, nadie puede marcharse de este “bolsillo de Dios”, un barrio de mala muerte, de currantes y mafiosillos de medio pelo, con la sensación de vacío en el estómago. Al contrario, la película de Slattery es ese mesón escondido, un tanto sombrío, del que alguien te habló, del que no esperabas gran cosa pero te ofreció más, mucho más de lo prometido. Porque en realidad nadie te había prometido nada, porque no sabías qué esperar. Eso, lo insospechado, es la raíz misma del goce.

el misterio de god's pocket

Volviendo al apartado de las garantías, o de las certezas, hay algunas cosas en El misterio de God’s Pocket que se pueden dar por sentadas antes de echárnosla a la cara. Seymour Hoffman, Turturro, Hendricks… ninguno de ellos renuncia a su caché para plantar un borrón en el currículum vitae. Que el proyecto debe de tener enjundia, que actores de su categoría dan lo mejor de sí mismos cuando trabajan por amor al arte, porque les queda amor al arte, eso lo firma hasta el más descreído de la sala. Tampoco conviene apostar en betandwin contra lo que un relato de Dexter —El chico del periódico, Mulholland Falls— va a ofrecer. Un conocimiento profundo de los bajos fondos americanos, de la “basura blanca”, y la inaudita capacidad del autor para ponerlo en negro sobre blanco. Que el asesinato y la violencia no son hijos de la excepcionalidad, son brutales en su naturaleza, por supuesto, pero parte al fin y al cabo del latir cotidiano de la ciudad, y que pegado a las balas, o al sonido seco del puñetazo en la cara, llegará un humor negrísimo. Con idéntica familiaridad. El mundo es así.

Los cimientos ya están bien asentados, sólidos, sobre roca dura. Entonces, ¿qué es lo que no nos cuentan los créditos de la película? El eterno rictus de “hasta los huevos de todo” de Seymour Hoffman ilustra con bastante eficacia lo que aguarda al cabo de unas calles que no han visto pasar el tiempo en 50 años. La atmósfera viciada y endogámica de un lugar donde se nace para morir, y entre un acontecimiento y otro, entre la cuna y la tumba, se llena la vida con trabajos de mierda, chanchullos y cabezadas en la misma barra del mismo bar que te ha estado devolviendo tu propio reflejo desde que tuviste edad para beber. De fondo, un acento italiano, o irlandés, las idas y venidas de pequeños jefes del hampa local embarcados en sus aún más pequeñas hazañas delictivas. Malas calles (Mean Streets; Martin Scorsese, 1973), Smoke (íd.; Wayne Wang, 1995), Una historia del Bronx (A Bronx Tale; Robert De Niro, 1993) u otras hierbas del realismo sucio de la Costa Este marcan la pauta. Nunca pasa nada pero en un segundo puede desencadenarse el armaggedon, como un efecto dominó de catastróficas desdichas que involucra a todo el vecindario.

Sólo queda picar piedra para que la tensión no se pierda en el día a día de tanta criatura dejada de la mano de dios. Guion, guion y guion. Aunque las historias sean mínimas, unos cuernos, la muerte sospechosa de un pobre diablo, una malísima apuesta en las carreras, hay que desarrollarlas, hay que cerrarlas. Slattery lo hace. Aunque los personajes valgan más vivos que muertos, hay que insuflarles oxígeno, color en la cara, matices. Slattery lo hace. Sus colegas lo hacen. Todos lo hacen bien, muy bien. Parece fácil, ¿no? Suena fácil. Y, sin embargo, qué pocos se toman la molestia de cuidar la obra. Como un hijo, aunque sea un topicazo. El misterio de God’s Pocket no encierra, en realidad, más “misterio” que ese: dar el do de pecho, no precipitarse, da igual que el tiempo y el dinero escaseen. Da igual que nadie vaya a promocionarte demasiado o que seas carne de sesión matutina en Sundance. Por amor al arte, sí. Por la satisfacción de haber creado algo que merece la pena, algo con alma. Con eso puede ser suficiente a menudo: ponle un poco de alma, amigo.