Corazón asocial

Si a Amèlie Poulain la engordáramos hasta los 200 kilos, le pusiéramos testículos y la enviáramos rumbo a Islandia, a vivir con su madre, es muy probable que su estampa terminara siendo la de Fúsi, el protagonista de Corazón gigante (Fúsi; Dagur Kári, 2015), que encuentra en la entrega incondicional a un amor no correspondido la válvula de escape para una vida que, a sus 43 años, se le escurre entre los dedos de las manos sin ni siquiera haberla desprecintado.

A la reinvención personal por la empatía hacia los que están más jodidos que uno mismo. Esa es la clave. Ayúdame y te habré ayudado. Un cliché explotado hasta la saciedad urbi et orbe. Nada nuevo bajo el sol. El propio Kári ya se enredó en mimbres similares con su cinta más conocida hasta la fecha y su primera incursión en Hollywood, Un buen corazón (The Good Heart; Dagur Kári, 2009), donde Paul Dano, algo perdido en esto de hacerse mayor y arrancar a vivir, se daba de bruces contra con un huraño Brian Cox. Otra alma que rescatar, aunque por diferentes razones de las que Corazón gigante plantea. Ahora Kári reflexiona sobre el precio que hay que pagar a cambio de no cumplir —voluntaria o involuntariamente, eso es lo de menos— con los convencionalismos sociales. Y no sale barato. Ese “corazón gigante” del horripilante título español acaba convertido en una “montaña virgen”, como reza el aún más penoso título inglés.

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El mayor acierto de Corazón gigante, ya que la originalidad queda fuera de la ecuación, estriba en no poner demasiado énfasis en lo obvio, la pena de no amar ni ser amado, la soledad y demás canciones tristes, y centrarse en una cuestión a menudo soslayada: ¿Fúsi es infeliz porque no encaja en la sociedad o es la sociedad la que insiste en hacerle infeliz por no encajar en ella? Este trabalenguas encuentra una respuesta directa y simple en los primeros compases de la película. Fúsi tiene el cuerpo de un cuarentón que se cuida poco pero la mentalidad de un adolescente tímido y apocado hasta el paroxismo que huye del mundo en cuanto tiene oportunidad. El mundo, que probablemente no haya cambiado nada para él desde que paseaba por el instituto la obesidad que ahora pasea por las bodegas de carga de los aviones. Si te gustó el colegio, te encantará el trabajo, decía aquel, y Fúsi, como aquel, no hace más que repetir patrones y constatar que los patrones se repiten a su alrededor, en el trabajo como en el colegio. Las mismas bromas sobre gordos, sobre follar o no follar, sobre encontrarse o no el “pito” al mear, el mismo bullying, y el run for safe, a su casa, a sus juguetes, a su madre amantísima.

Cualquier paso que aleje a Fúsi dos metros de su burbuja es traumático. Pero la pregunta vuelve una y otra vez: ¿tiene miedo a vivir o a vivir una realidad muy concreta y absolutamente estereotipada en los personajes que le rodean? No importa. Las cosas, claro, van cambiar. O no habría película. Es otro cliché, que las cosas para alguien así tienen que cambiar, pero Corazón gigante ya es lo suficientemente espartana en sus formas y escueta en su contenido como para despojarla además de unos mínimos giros argumentales. Queda el paseo por el alambre de las películas de un solo personaje, si consiguen o no conectarnos con él, y de ese trance el director islandés sale más que victorioso con la elección del actor perfecto, Gunnar Jónsson. La antipatía que proyecta a primera vista, cargada de (nuestros) prejuicios, enseguida muta a pura empatía. Otro lugar común: el mastín bonachón. Pero es ahí donde la cinta duele de verdad, esa es la conexión que interesa con el espectador; ahí suenan los lamentos del monstruo de Frankenstein cuando buscando cariño sólo encuentra espanto, o Bestia, soñando a Bella. De entre los paisajes helados y el vaho emerge la ternura que Jónsson se encarga de transmitir, apelando con enorme eficacia a unas pasiones bajas pero legítimas. No hay nada de malo en convertirnos durante hora y media en los mejores amigos (en teoría) de ese a quien ni miramos a la cara durante cinco mil días de clase. Luego volvemos a casa y aquí paz y después gloria. Fúsi por su lado, nosotros por el nuestro.

La suma de comunes denominadores de Corazón gigante arroja, como era de esperar, otro denominador común. Uno más grande, quizá; pero común al fin y al cabo. Kári, como Fúsi, también está entrenado en el run for safe, y se le da bien. Muy bien. Porque ningún tratado de cine exige inventar la rueda. Porque no se puede inventar la rueda a estas alturas. Porque a veces con saber hacerla rodar es más que suficiente.