Todo tiene sus ciclos. Aunque si bien es cierto que existen formas de representación que sólo se dieron en una ocasión o en una coyuntura específica, no es menos cierto que casi todos los gestos artísticos se circunscriben dentro de un movimiento cíclico. Si se aboga por el mito o el naturalismo, si se da mayor peso a la ironía o la seriedad, si el pensamiento dominante es científico o humanístico, son conflictos que van escorando hacia uno u otro lado de la balanza según la coyuntura de cada tiempo, conformándose diferentes movimientos o reacciones según qué lados de la balanza sean predominantes en cada ocasión. De ahí que se pueda decir que el punk está muerto y que no lo está en la misma frase sin que sea una contradicción: dependiendo de lo que entendamos por punk —si ciertos rasgos inherentes a las vanguardias artísticas o un movimiento con identidad propia—, estará vivo o muerto.

¿A qué viene hablar sobre punk? Que Green Room (Jeremy Saulnier, 2015) es la película más punk que se haya podido ver en años. No sólo porque transcurra en su totalidad en un local repleto de neo-nazis donde ha ocurrido un crimen en el cual se ve implicado un grupo de hardcore que poco o nada tiene que ver ideológicamente con sus anfitriones, sino por cómo decide presentarnos la historia Jeremy Saulnier: en algún punto entre la ironía, la boutade y la solemnidad.

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Eso no sonará desconocido para cualquiera familiarizado con su carrera. Con otras dos películas a sus espaldas, su obra se define a través del uso de materiales de derribo para conformar historias humanas, trágicas, pero nunca exentas de humor y mucha mala baba. Algo patente en la irregular, aunque no sin encanto, Murder Party (Jeremy Saulnier, 2007), donde consiguió darle una vuelta al concepto clásico del slasher al situarlo en el contexto del mundo del arte —posiblemente, el entorno con más inseguridades suicidas en forma de farsantes y genios de cuantos uno pueda encontrarse en nuestra sociedad— con un humor negro que no siempre llega en el momento justo. Prácticamente en sus antípodas estaría Blue Ruin (Jeremy Saulnier, 2013), historia de venganzas de un preciosismo indiscutible que podría ser una adaptación de Sentencia de muerte (Death Sentence, James Wan, 2007) dirigida por Nicolas Winding Refn de no ser por las aberrantes salidas de tono que suponen sus dos o tres escenas más humorísticas o directamente desquiciadas. Y de ese modo, entre el acierto parcial y el fracaso tampoco estrepitoso, ha ido dando tumbos hasta hoy.
Afortunadamente, todos esos problemas se han visto resueltos de forma ejemplar en Green Room. Aquí no encontramos ni la simpleza rayano la idiotez de su primera película ni las salidas de tono de la segunda, manteniéndose en todo momento en un desarrollo ejemplar que consigue conjugar una estética cuidada con una tensión constante que no sólo no se ve interrumpida por sus dejes humorísticos, sino que gana enteros precisamente al saber insertar con precisión ese humor en el núcleo duro de su narrativa. A fin de cuentas, hablamos de una película donde un grupo de hardcore punk (de izquierdas) abre un concierto en un local de skinheads (neo-nazis) tocando Nazi Punks Fuck Off de los Dead Kennedys. Y nada de eso impide que nos creamos que, más tarde, esos mismos nazis que no los han matado sobre el escenario no tendrán problema en hacerlo en la habitación verde por razones menos ideológicas, más que ver con la coyuntura estructural de sus necesidades sociopolíticas.

Tampoco es que falte ideología en la película. Dado que todas sus escenas están atravesadas de ese espíritu punk —o dadá o romántico o cualquier otro movimiento que conjugue la pasión artística con la actitud combativa—, su acercamiento hacia el material que trata no sólo es irónico, sino también profundamente político. Tan profundo, que está soterrado en las propias imágenes. Ni los neo-nazis son caricaturas de seres humanos con media neurona en su haber ni los punks son agentes heroicos (ni arrastrados de nefanda figura) que representan todo lo que es bueno (ni todo lo que es malo) en la humanidad. Mas al contrario, los primeros son villanos con una hoja de ruta bien planificada, siempre más preocupados de mantener un perfil bajo que cualquier otra cosa, mientras los punks son idiotas grandilocuentes demasiado pagados de sí mismos como para no acabar metiéndose en problemas, pero también con sus propias inseguridades.

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Eso no significa que Saulnier simpatice con los nazis. Dado que la película está construida a partir de sus propias vivencias en la escena hardcore de Washington D.C., lo único que hace es retratar, con verosimilitud narrativa, cómo podía ser el encuentro fortuito entre un grupo de punks con ganas de tocar los cojones y un grupo de extrema derecha preocupado por no llamar la atención de la policía o la gente de los alrededores. De ese modo, la película mantiene en segundo plano toda su carga política a través de una tensión creciente que se da en los intereses encontrados de los grupos involucrados: salvo excepciones, quienes toman la iniciativa violenta es el grupo protagonista. Haciendo la versión de los Dead Kennedys, encerrándose en la habitación verde, tomando la iniciativa del asalto cuando es evidente que la policía no llegará nunca. Ahí radica lo realmente político. No en la batalla ideológica, sino en los pequeños detalles que nos dan a entender lo que ocurre en el local, aunque nunca se diga nada explícitamente: el laboratorio de drogas, los planes del dueño del local (que incluyen desde clases de autodefensa hasta varios estrategias de contingencia para deshacerse de cualquiera que cause problemas), el sistema perfectamente organizado al estilo paramilitar de las fuerzas de choque.

Todo queda oculto, sólo insinuado, para mostrarnos el horror inherente al de cualquier organización fascista. Mientras que el grupo protagonista es anárquico, retrasando toda toma de decisiones al máximo y teniendo que improvisar siempre en el último momento, el grupo de los villanos es autárquico, regidos por un sistema del terror de un hombre que no puede sostener su poder cuando se desvelan sus mentiras o su poder queda relegado. De ahí la reflexión política, que es elegante en su propia sutilidad, pero también el terror, pues el contraste entre un sistema justo, pero con problemas de eficiencia, contra un sistema injusto, pero tremendamente eficiente, es lo que acaba produciendo no sólo la tensión, sino la carnicería posterior.

Green Room es una película para congraciarse con el terror. Iconoclasta, desquiciada, fuera de todo canon, algunos querrán verla cerca de lo que denominarían «terror posmoderno» cuando está mucho más cerca del espíritu punk que retrata su grupo protagonista que de cualquier relativismo cultural de segunda al cual se aplique una etiqueta que no le corresponde. Porque Saulnier ha hecho de la ironía, la política y la sensibilidad artística un modo de retorcer la caduca narrativa del terror.