Todo es marketing. Si bien siempre ha existido la publicidad, ahora da la sensación de que los estudios buscan en el hype no que la gente vaya a las salas de cine, sino el hype en sí mismo; hacer viral su publicidad, que se hable de la película, asegurarse un puesto de honor en la memoria de los espectadores. Incluso si dura lo que dura la compra de la entrada. Eso conlleva que algunas películas se vean perjudicadas por el ruido que generan. Esa clase de películas, que resultan polémicas o seductoras desde su misma concepción, acaban siendo juzgadas no por lo que hacen, sino por lo que la combinación de público y marketing han decidido que debían hacer. Incluso si la realidad es otra bien distinta.

Si atendemos sólo al ruido que ha hecho, Cazafantasmas (Ghostbusters, Paul Feig, 2016) aspira a ser el epitome del feminismo contemporáneo. Una película grave, pensada de principio a fin como deconstrucción del heroísmo más rancio, donde todo está hecho para invertir los roles clásicos del cine dejando a los hombres o bien como idiotas o bien como objetos sensuales. Y si bien hay algo de eso, no es el rasgo definitorio de la película.

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Cazafantasmas es una película de aventuras. Y, al igual que en Los Cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), en ella pesa más el humor que la labor formal. Ahí reside el chiste. La película, a diferencia de lo que pronosticaron aquellos que querían ver un ataque hacia su persona que mujeres asuman un rol que consideran exclusivamente masculino, no sólo se muestra respetuosa con la original sin caer en el mero plagio, sino que también la mejora en muchos sentidos. Con menos altibajos, con un trabajo estético bastante marcado (especialmente en su recta final) y, para terror de cierto sector masculino, cierta reflexión paródica sobre género, la película es, como la original, una comedia solvente y una película de aventuras formidable.

Hasta aquí llega lo que cabe esperar de Paul Feig. La cosa se enturbia cuando, por desgracia, su reflexión de género acaba siendo tan de brocha gorda que resulta, sino insultante, si un tanto ridículo. No porque todos los hombres de la película sean idiotas, pues también lo son las mujeres —resultaría difícil hacer humor de cualquier otra manera: tomar las decisiones correctas siempre te hace posible receptor del humor, pero dificultad generarlo—, sino porque acaban cayendo en estereotipos, sean o no invertidos, para construir tanto a los personajes como los conflictos. Es innegable que la científica loca de Kate McKinnon o el secretario sexy (pero estúpido) de Chris Hemsworth son formidables, pero eso es sólo porque sus actores consiguen hacerlos creíbles, no pudiendo decirse lo mismo de los demás: con Kristen Wiig hace de «personaje de Kristen Wiig en una película de Paul Feig» y Rowan North haciendo de fracasado con traumas adolescentes intercambiables, acaba imponiéndose la necesidad de abstraerse ante la acumulación de lugares comunes.

Eso, que sería condenable de forma absoluta en cualquier otra película, aquí se disculpa por un único motivo: es rabiosamente divertida. Resulta difícil no reírse todo el tiempo. Tal vez Feig no haga un trabajo de dirección espectacular y el guión se sostenga sólo a través de la pura excusa argumental sin verdadero desarrollo narrativo, pero consigue mantenernos pegados a la butaca.

Cazafantasmas es un ejemplo práctico de perfecto cine de entretenimiento. No cine ideológico, no cine artístico, no cine como algo más; sólo cine veraniego, algo con lo que desconectar el cerebro poco más de hora y media. Exactamente lo mismo que era la película original.

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Sería injusto culpar al estudio por el debate que ha generado la película. Incluso si la propia película tiene el germen del mismo en su ADN. Lo que es innegable es que, sin la rémora del hype y la necesidad de proveer de material promocional hasta destripar cada segundo, hasta aprovechar cada polémica subyacente que pueda surgir, Cazafantasmas habría tenido un público menos entregado a que no le gustara. Especialmente cuando es la película perfecta para aquellos que no son todavía objetos de la nostalgia como herramienta de mercadotecnia: los niños y niñas que podrían hacer de estas cazafantasmas sus heroínas.

Tal vez de esta aprendamos algo.