¡Elecciones! Saraos encargados a productores hollywoodenses y en los que mostrar, urbi et orbe, la mejor cara del sueño marchito con globos de colores, confeti, banda sonora y tres señoras de Wyoming que sostienen en alto un cartel alentador (siempre al fondo a la izquierda, sonrientes). Inscríbete y vota: republicano o demócrata, elefante o burro, lo de antes o de antes de antes. Elige con tino, porque el resultado será un nuevo Narciso con botón nuclear integrado en maletín prêt-à-porter. Psicópatas moderados, optimistas exacerbados. Dios, patria y libre comercio (elija usted el orden).

Tradiciones americanas.

Presidentes abnegados, presidentes humanistas, presidentes santos. Porque les importa la gente. Mucho, una barbaridad. Y si hay que hacerse con los mandos del Air Force One y ametrallar a secuestradores con acento ruso… pues se hace. Porque no se negocia con terroristas (que no estén en nómina). No hay presidente que se tercie que no guarde en la pechera un folio con su discurso emotivo e intercambiable: para avisar del fin del mundo, para llamar a la resistencia contra el alienígena, para exigir un esfuerzo supremo. Triunvirato viril, ¡ahí vienen!, como los toreros muertos, con la mano en el boquete: Roosevelt en su silla de ruedas, Kennedy con manchas de carmín en el cuello de la camisa, Reagan a horcajadas sobre una ojiva nuclear. ¡Qué alegre comparsa! ¡Qué dicharacheros!

Tradiciones americanas.

Oye, que esta gente hace lo que haga falta. Henry Fonda —¿pero no había sido ya el joven Lincoln?— ordenando un ataque nuclear sobre suelo americano en Punto límite (1964). Kevin Spacey ayudando a Kate Mara a subir al metro en la segunda temporada de House of Cards. Jack Nicholson, sobrepasado y teatrero, en Mars Attacks! (1996). Ah, y Gene Hackman, ilustre caballero con algún que otro vicio —sin importancia alguna— en Poder absoluto (1997). ¡Criatura!

Pero los mejores, quizás, los que no lo lograron, los que se quedaron a las puertas. El Warren Beatty de Bulworth (1998), dispuesto a predicar a ritmo de rap. El político (1946) de Robert Rossen, tan cercano, tan populista, tan fachón. O ese Robert Redford haciendo de El candidato (1972), jovenzuelo barbilampiño dispuesto a imponer el nuevo-viejo orden. Tan californiano, tan guapo, oye.

¿Escucháis los tambores? ¿No veis los bastones de las majorettes perdiéndose en el cielo? Ya está aquí, el desfile definitivo. Presidentes ficticios, autobiografías lacrimógenas, vidas ejemplares y algún que otro palurdo bien asesorado. Lo intangible. Lo inevitable. Lo imposible.

Tradiciones americanas.

Ah, un último destello a modo de propina, acabados ya los títulos de crédito. Se ve un contubernio de guionistas frotándose las manos ante la venida del capitalista perfecto, el último gran héroe, el anti-todo, el antídoto, el anticristo. Trump. La ficción, ¡qué poca cosa! Sálvanos. De los mexicanos, de los chinos, de los árabes, de los europeos que siguen queriendo estar juntos, de la OTAN, de nosotros mismos. No les devolverá el país, no. ¡Pero qué gran momento para resucitar el indie!