De esta edición de Rotterdam 2017 salgo con una ambivalente sensación de satisfacción y de incertidumbre: la primera me la produce lo que tradicionalmente viene siendo trabajado a fondo y con bien labrado prestigio por los responsables de programación del festival: los focos dedicados a un autor (este año, el checo Jan Nemec, esencial en la nueva ola de la primavera de Praga, fallecido en 2016) o a un desarrollo argumental o de género, en esta ocasión la formidable vuelta de tuerca que se le aplica al cine noir francés de la última década, entrecruzado de implicaciones políticas conspiratorias, bajo el título Criss-Cross y el rescate de mucho cine que deja al desnudo la violencia de estado, con la recuperación de la obra maestra de Matthieu Kassovitz, L’ Ordre et la morale). En sus focos y retrospectivas, Rotterdam afina de nuevo en cuanto a rigor y olfato rastreador de alto voltaje cinéfilo.

Alguna duda más me plantea la cosecha del año presentada en el festival, sobre todo la referida a material que nace de modo estricto en el certamen; esto es, que tiene aquí su premiere mundial. Como le sucede a San Sebastián con Venecia, la sombra de Berlín es aquí alargada. La Berlinale comienza solo cuatro días después de finalizadas las proyecciones en el Doelen. Y su programa funciona como un aspirador que todo se lo lleva. Mucho más cuando las líneas de programación de Berlín, cada vez más interesado en el cine procedente de Asia, África y Latinoamérica, se solapan fatalmente con lo que suele ser el núcleo de Rotterdam.

El director del festival holandés desde hace dos ediciones, Bero Beyer optó ya el pasado año por condensar al máximo la sección de estricta competición de largos, la lucha por el Tigre. Y redujo de los doce-catorce películas habituales a tan solo 8 esta selección oficial. Es una apuesta fuerte porque eso supone una mayor exigencia al cine elegido para este concurso, en un intento por prestigiar más un premio que se había visto descafeinado por el resto de las secciones de la programación.

Rotterdam 2017: Arabia, de Affonso Uchoa y Joao Dumans

Arabia, de Affonso Uchoa y Joao Dumans

El balance de esta selección de 8 títulos este enero de 2017 es irregular: no son “las odiosas ocho”, ni mucho menos, porque en ellas hay, al menos, una película de relieve, de las que sabes que tendrá larga vida y se verá en otros foros con placer: se trata de la brasileña Arabia, de Affonso Uchoa y Joao Dumans, una obra que habla de la conciencia de una clase, la que vive del trabajo en las zonas de sombra de un país que ha sufrido una dura caída en su crecimiento económico. Arabia hace sutil y nada amanerada poética de un cine que es heredero del cine norteamericano sobre la Gran Depresión, con un protagonista como extraído de algo así como un Steinbeck en el Brasil Profundo. Película alejada de tremendismos, tamizada por una tersa utilización de la cultura popular, su música, sus costumbres ancestrales. Cine de valor intangible y honestidad egregia, bellísima road movie que huye de fórmulas y remite a pálpitos y trayectos genuinos.

Ninguna de las otras siete películas de esta selección oficial se acercan de lejos a las excelencias de Arabia. Posee cierto interés la chilena Rey, de Niles Atallah, una experimentación con inventado found footage que dibuja el perfil del explorador Orèlie Antoine des Toumens, tipo perturbado que trató de erigirse en emperador de la Araucanía en el siglo XIX. En ese trazo espectral de este Coronel Kurtz sin ejércitos a través de un celuloide quemado hay algún logro que finalmente se malogra en la desairada parte final del juego. La india Sexy Durga, de Sanl Kumar Sasidharan, que se hizo con el premio principal del palmarés, el Tigre, es un viaje nocturno en el interior de un coche, con una tensión contenida que remite a un Kinatay muy rebajado de crueldad. Pero no consigue situar con claridad sus objetivos de thriller descafeinado y, como la propia pareja semisecuestrada en el film, acaba por provocarme una cierta perplejidad.

Abiertamente fallidas son la israelí The Burglar, de Hagar Ben Asher, cuya intención de generar desazón por la tantas veces filmada insania latente en la sociedad de un país opresor, y la búlgara Light Thereafter, de Konstantin Bojanov, cansino recorrido por Europa de un joven autista, que me genera indiferencia cuando no hartazgo. La norteamericana Columbus, del coreano afincado en USA Kogonada y su drama de conflictos familiares va de intensa pero te expulsa rápidamente por su errática pretenciosidad. Tampoco conecto con el humor supuestamente absurdo de la holandesa Quality Time, de Daan Baker, pero debe de ser un problema mío porque el público local la encuentra sarcástica y bárbara. Y la hispano-colombiana Demonios tus ojos, firmada por un viejo conocido (y no de buen recuerdo) como Pedro Aguilera me lleva al cabreo ante sus intenciones de fabricar una indefendible atmósfera de morbo artificioso, en la pasión enfermiza de dos hermanos, las cintas de porno amateur que ella protagoniza (la joven Ivana Baquero de El laberinto del fauno), el voyeurismo fatuo y farruco de su hermano (Julio Perillán, insufrible actor al que desconocía) y su risible y el arbitrario guiño final al Holocausto caníbal de Ruggero Deodato. Todo el cóctel quiere colar como excéntrico cross-over moderno, pero no cuela ni con fórceps.

Bright Future: Razonable melting pot

El amplísimo abanico de la segunda sección en importancia, Bright Future, para primeras/segundas películas, desgranó descubrimientos notables dentro de la inevitable disparidad y la incongruencia de que, junto a premieres se ofrezcan películas ya de sobras reconocidas, caso de la griega Park, que triunfo en Nuevos realizadores en San Sebastián, o Mimosas, el film de Oliver Laxe vencedor en la Semana de la Crítica de Cannes.

Rotterdam 2017: Live from Dhaka, de Abdullah Saad

Live from Dhaka, de Abdullah Saad

Entre lo más reseñable de las propuestas está el film de Bangladesh Live from Dhaka, de Abdullah Saad, un scorsesiano after hours rodado en blanco y negro y progresivamente dantesco, dirigido con un pulso notable. La canadiense Pays, de Chloe Robichaud, es un riguroso y sutil acercamiento a la clase política de una isla irredenta, que se enfrenta a los designios de la metrópoli canadiense y que muestra un interés por el rol femenino inside the power exento de cualquier buenismo de cuota. Tambien el cine latinoamericano, el cual sale muy reforzado globalmente de Rotterdam apunta algunas de las mejores sensaciones de esta sección con las brasileñas Pela Janela, de Caroline Leone, y Antonio Um dois tres, de Leonardo Moiramateus, las mexicana de tremendismo mesurado Extraño pero verdadero, de Michael Lipkes y William, el nuevo maestro de judo, de los celebrados autores de Navajazo, Omar Guzman y Ricardo Silva; y la argentina Los decentes, de Lukas Valenta Rinner, valioso ejercicio que remite a los ambientes de Yorgos Lanthimos y solo se ve lastrada por una tosca resolución final.

En la sección Voices celebramos el retorno de un viejo conocido, Michael Almereyda, con su nada vacuo fantastique de salón Marjorie Prime, que protagoniza otra resurrecta espléndida, Geena Davis, junto a Tim Robbins y Jon Hamm. De Chile llega la cáustica Vida de familia, de Alicia Scherson y Cristian Jiménez, brillante comedia de identidades impostadas. El sobrio drama turco Ember, de Zeki Demirkubuz, el correcto noir noruego A Hustlers Diary, de Ivica Zubak merecen también subrayado. Decepciona Lucas Belvaux, de cuyo retrato ficcionado de las maneras de Marine Le Pen se esperaba bastante más de lo que ofrece Chez Nous.

La película de la edición: La flor

Sin duda, la gran obra vista en Rotterdam 2017 lleva la firma del argentino Mariano Llinás. Claro, eso siempre que no se tuviese ya conocimiento de la película de Llinás por su presencia en el festival de Mar del Plata, en donde, por cierto, la crítica argentina fue —en algunos casos— incomprensiblemente displicente.

Y es que La Flor (Volumen 1, porque las casi cuatro horas de metraje pertenecen a un proyecto de 12 horas en total, que seguirá viendo la luz a medida que Llinás termine este proyecto formidable) es un prodigio que —sin que suene a boutade— parece situarse aún por encima de la ya sublime Historias extraordinarias que hace nueve años consagró al entonces treintañero cineasta. En común con aquella posee La Flor la capacidad de volar libre entre géneros, de mixturar una trama de terror y momias con un melodrama feroz y sublimado en el que una historia propia del Duo Pimpinela deviene poema de cine mayúsculo en las manos de Llinás. Habrá que ir siguiendo este entrelazado mágico en sus dos restantes entregas que anuncian una obra eminente de nuestro tiempo.

Rotterdam 2017: La Flor, de Mariano Llinás

La Flor, de Mariano Llinás

La carcoma de los grandes hits de otros festivales

Es una corriente en alza la de que un festival internacional de prestigio sustente uno de sus pilares de programación en una sección que se limite a alinear a los grandes hits de la temporada. Cuando esto sucede, caso de Rotterdam, en enero-febrero, el mal es ya un desatino. Ignoro el panorama de la distribución en el circuito de salas comerciales en Holanda. Pero programar en el festival títulos como Paterson, Personal Shopper, American Honey o Raw, que provienen de Cannes, —nada menos que con 8 meses de lapso— o La región salvaje o Jackie, provenientes de Venecia, es un error que eclipsa lo que debería ser el epicentro de un festival. Y, mucho más, cuando en esa interacción de un festival tan viral como éste, uno puede asistir en la propia pantalla de la sala como los comentarios mayoritarios del público hablan de las obras de Jarmusch, de Assayas o de Escalante. Flaco favor que se hacen.

Junto a ese dislate corregible, hay que resaltar dos decisiones del equipo de Bero Bayer: potenciar las masterclass de cineastas, este año con presencias como Olivier Assayas o Bèla Tarr. Y volver a centralizar la topología del festival al contar con las reabiertas salas Kino, que ya fueron históricas en otros tiempos en este certamen, y que permiten obviar los desplazamientos a las alejadas salas del Lantarem.