Comentario en dos tiempos sobre una película azul

15 de enero

«El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto». Con esta frase empieza Neuromante, de William Gibson, una de mis novelas favoritas. Al menos, una de las pocas que he leído más de una vez. Es una frase que me resulta difícil de olvidar. Supongo que es una de esas frases que decides conscientemente no olvidar. El otro día vi Blue, la última película que rodó el inglés Derek Jarman, la primera suya a la que me enfrentaba: una hora y cuarto, aproximadamente, durante la que lo único que veremos es el color azul, un color azul que no sé cuanto se parecerá al que Gibson evoca en su libro, pero que a mí, inconscientemente, me recordó esa frase. Junto al color azul, oiremos música de fondo, atmósferas cambiantes a cargo de un puñado de gente entre la que se hallan Brian Eno, Momus o Vini Reilly, junto a las voces de Nigel Terry, John Quentin, Tilda Swinton y el mismo Jarman, trayendo a la superficie pasajes de una vida que se le estaba escapando de las manos: al cineasta y activista homosexual le habían diagnosticado el SIDA en 1986, una circunstancia sobre la que siempre quiso hablar alto y claro, para que se le oyera, para combatir el estigma y el miedo de los que contraían la enfermedad.

Escribo esto en un café de paredes azules, de un azul más oscuro que el del cielo a la una y diecisiete minutos del mediodía de un domingo. Vi la película ayer, a la hora en que el cielo empieza a oscurecerse. Llevaba una bata azul, de cuadros, que alguno de vosotros quizá hayáis visto. Hay algo poderoso, primitivo, en sentarse durante un rato largo frente a una pantalla azul. Supongo que, para quien no esté metido en esto del cine, puede parecer una idea insensata. Cuando llevaba algunos minutos detuve la película para apuntar un par de frases en una libreta; inmediatamente deseché ese método: interrumpir constantemente la reproducción para ir tomando notas sería corromper la experiencia, ya algo corrompida de por sí al mostrar los subtítulos impresos en letras blancas sobre el azul. En este tiempo nuestro, parece irresistible la tentación de hacerle una foto al televisor y subirla a las redes sociales. Pensé que mejor ya os lo contaría a vosotros cuando fuera el momento. Solo paré la reproducción en una ocasión más, para ir a mear. Es interesante lo que ocurre en la pantalla: en las películas, hay que estar constantemente atento al movimiento —o estatismo— de la cámara y de los personajes, los objetos, los colores, los planos que se suceden. Aquí, sin embargo, la vista puede reposar, hundirse en el azul, incluso entornar un poco los ojos, percibir las demás formas de la habitación y cómo se tiñen sus colores. Y, sin embargo, algo nos mantiene pegados a la pantalla, los miembros distendidos, oyendo los nombres de los amigos muertos de Jarman; las siglas de otro, H. B., que sigue a su lado y a quien va dedicada la película; postales de salas de espera de hospitales, de pasillos de hospitales, de inyecciones. Hay un momento particularmente aterrador, en el que oímos una larga lista de posibles efectos secundarios del DHPG, un medicamento intravenoso al que el cineasta se sometía en el hospital londinense de St. Bartholomew, dos veces al día, para tratar de atajar su ceguera progresiva. Hay otro particularmente hermoso: Jarman describe a Miss Punch, una imponente mujer de setenta años que llegaba cada día a lomos de una Harley Davidson al Royal National Institute for the Blind, donde él trabajaba de adolescente. La primera lesbiana a la que conoció: la primera persona que le proporcionó esperanza, cuando él todavía veía su propia sexualidad como algo extraño y amenazador.

22 de enero

Han pasado siete días y vuelvo a estar en el café de las paredes azules. Hoy no me apetecía generar la ilusión de que generé este texto de una tacada. O quizá sería mejor decir que preferí, como por un capricho, hacer explícito el proceso: vuelvo a estar aquí, hace frío, puede que llueva, el interface de la página web de citas OkCupid es azul, y también lo es la portada del disco que Therese le regala a Carol en la película de Todd Haynes, que volví a ver esta semana. No consigo recordar qué disco era (ahora me dicen vía Facebook que es un disco en cuya portada, en mayúscula, pueden leerse los nombres de TEDDY WILSON y BILLIE HOLIDAY). También es azul la cubierta del último libro que empecé a leer, una novela de ciencia-ficción de Theodore Sturgeon. Era ligeramente azul, más bien un poco verde, el pelo de Ana, la amiga de Alejandra con la que el otro día vimos una película experimental. Y es azul también el color de un licor de les Flors del Remei que tengo en casa. Viene de muy lejos, pero también recuerdo a un asesino en serie con poderes mentales, en Expediente X, que vuelve locos a los policías que le custodian a base de meterles en la cabeza unas cuantas toneladas de azul cerúleo. Por mediación de la palabra, la parole que diría Eugène Green. Recuerdo la palabra inglesa delphinium, que me intrigaba cada vez que la oía en la película de Jarman, me sonaba a droga experimental pero luego supe que es una flor, una flor azul y violeta, que en español se conoce como espuela de caballero. Recuerdo otras palabras, sigo recordando la enumeración de nombres de amigos muertos, los efectos secundarios del DHPG, a Miss Punch, a H.B. y a Jarman diciéndonos, diciéndose a sí mismo, que todo esto se acaba, y que al mismo tiempo no existe nada más que todo esto. Los colores, los recuerdos, los colores, desvaneciéndose, volviendo, desvaneciéndose.