CartelLa última película del director de Tropical Malady cuenta la historia de una mujer que se presenta como voluntaria en un hospital de soldados que padecen una extraña narcolepsia casi permanente y su relación con uno de ellos, a quien nadie visita, y con una joven médium que se comunica con los espíritus a través de los pacientes mientras estos duermen. Apichatpong rueda en escenarios naturales, sin recurrir a figurantes, con la gente de la calle, casi siempre con planos fijos, dejando la cámara quieta y a sus personajes que hablen, ya sea en el hospital, en un puesto de comida callejero, o en una cabaña en medio del bosque, lo que impregna la narración de realismo. Así, a pesar de que la historia se va contagiando poco a poco de un halo sobrenatural, es abordada paradójicamente por los personajes con toda la naturalidad del mundo, ya sea la sola presencia de los fantasmas, el tránsito por el mundo de los espíritus o la propia naturaleza de la enfermedad. En pocas palabras, Apichatpong rueda lo que le da la real gana. Y le queda fenomenal. No se trata ya de que se permita la inclusión de chistes sobre eyaculaciones, erecciones o un piernilingus (podríamos llamarlo así) a medio camino entre lo erótico, lo grotesco y lo directamente asqueroso. Es que nos muestra un plano de un señor cagando en medio del bosque, un plano totalmente porno, donde se ve perfectamente como sale el excremento de su ano, la mierda de su culo, los zurullos de su ojete, la caca de su esfínter (no sabía decidirme por una), para posarse en la tierra. Un plano de dos minutos de un señor que no tiene nada que ver con la historia, que de hecho no sabemos quien es porque se le ve de espaldas, y que sí, es a lo que iba, es totalmente gratuito. Bravo por Apichatpong.